La crónica literaria, que es el artefacto que aspira a interpretar lo que sucede en la república de las letras, parece encaminarse por la veta de las necrológicas, las palabras de despedida y los artículos –por lo general lacrimosos– en los que se alaba la humanidad y los méritos del escritor que nos abandona después de una existencia consagrada al arte y a sus distintas suertes. La muerte es la que guía la pluma de los que nos dedicamos a manchar hojas volanderas. Una veces la causa es el destino; otras, algún accidente. Las menos, esos episodios en los que un demente –que quizás esté cuerdo– hace algo tan literario como volarse los sesos.
Los humores y las primarias
Mi admiradísimo Roberto Arlt, soberbio periodista atorrante, escribió que el poder consiste en engañar a los desgraciados y hacer temblar a la gente que tiene sirvientes y automóviles de gran cilindrada. Pese a las apariencias, no son colectivos distintos, sino complementarios y, en ocasiones, idénticos.
Las Crónicas Indígenas del lunes en El Mundo.
Tres
A Bertrand Rusell, el gran filósofo lógico, le preguntaron una vez las razones por las que no creía en Dios. Su contestación fue la siguiente: «Si algo es verdad, lo es; y si no lo es, no lo es. Si es verdad debes creerlo; si no lo es, no debes creerlo. Si no sabes si es verdad o no, deberías posponer tu opinión. Lo que es deshonesto y dañino para la integridad intelectual es creer en algo sólo porque te beneficia y no porque pienses que es verdad».
La Noria del sábado en El Mundo.
Diccionario de un viejo escéptico
Eduardo Haro Tecglen, escritor descreído, un habitual del terno del escepticismo irónico, tenía una de las prosas más caprichosas de las que se publicaban, en artículos, en los periódicos. Era su único patrimonio, junto con la firma y la memoria, de la que hizo un oficio deslumbrante y molesto. Las tres cosas las vertió en un libro ejemplar –Diccionario Político– que venía a ampliar un glosario sobre la misma materia anterior, publicado a mediados de los años 70, cuando en España no vivíamos en democracia.
Lunes de gloria
La exégesis es el arte que interpreta las señales que nos ofrece la realidad. En literatura puede tratarse de un texto. En historia, de un suceso. La sonámbula disciplina de la traducción obra este mismo milagro sobre un idioma ajeno. Un traductor es una suerte de traidor, pero nunca llegará al nivel de un político en activo horas después de una jornada electoral.
Las Crónicas Indígenas del lunes en El Mundo.
Desiderata
Charles Bukowski, el gran poeta de la vulgaridad, escribió que la diferencia esencial entre una democracia y una dictadura es que en democracia puedes votar antes de obedecer las órdenes. Con una dictadura no tendríamos elección: las órdenes llegarían antes y los votos serían prescindibles, aunque, como nos enseña la historia, todos los regímenes de poder absoluto intenten dotarse de un teatro de legitimidad vistiendo el muñeco plebiscitario.
La Noria del sábado en El Mundo.
