Las ciudades son destinos universales. Y, al mismo tiempo, locales. Entre ambos territorios, el lejano y el cercano, reside el dominio metafísico de las grandes urbes literarias. Dicen aquellos que han estudiado el fenómeno que las ciudades son como los seres vivos: tienen un periodo de esplendor, corto y deslumbrante, rodeado de un camino iniciático previo y un sendero –inevitable– hacia la decrepitud. Primero está la ciudad adolescente, impúber, la ciudad de los orígenes. Después un buen día aparece la ciudad senil, la ciudad retirada, como una momia vetusta, envejecida, vencida por el tiempo. Por carácter, uno siempre ha preferido las segundas: las ciudades decadentes. Hay otros que, sin embargo, sueñan con vincularse en algún momento de su existencia a las ciudades emergentes, las que viven en su propio cenit. Es el caso de la Florencia del Renacimiento, la Sevilla de Indias –que se confunde con la falsa ciudad barroca–, el Cádiz del XVIII, la Granada nazarí o la Córdoba califal. Madrid, de ser algo, sería una ciudad atroz y decimonónica. Barcelona, en cambio, parece eterna: casi nunca dejaron de suceder cosas en ese rincón del noreste peninsular.
Antes de la tempestad
Los sondeos electorales del 26J, cuya fiabilidad siempre es relativa, coinciden en inclinar el dedo pulgar hacia abajo -pollice verso- para el socialismo indígena. Los susánidas no terminan de dar crédito al augurio y se hacen -en bucle- la misma pregunta de la canción de Fito Páez: «¿Qué ha pasado en este barrio/tan tranquilo, tan callado/Quién dio la orden de cambiar el mundo?». Vargas Llosa expresó esta misma incertidumbre vital por la persona interpuesta del protagonista de Conversación en la Catedral, que nos dejó para la posteridad de los siglos venideros aquel sublime interrogante metafórico: «¿Cuándo se jodió el Perú?». Zavalita, el personaje de la novela, era un periodista de clase acomodada que se alejó de sus raíces familiares para enrolarse en un grupo clandestino de izquierdas. Su historia contiene todas las analogías literarias que explican por qué el PSOE, cuyos éxitos durante el felipismo estuvieron ligados a las capas medias de la sociedad, parece sentenciado.
Las Crónicas Indígenas el viernes en El Mundo.
Discursos y gaitas
Escribir discursos es una tarea complicada. Conseguir que además sean interesantes es tan difícil como enamorarse o carecer de miedo ante la muerte. Y, sin embargo, son legión los discutidores que llenan las páginas de los periódicos ansiando legar a la posteridad la primera idea que les pasa por la cabeza. Por tradición, en ciudades como Sevilla es donde más se da este fenómeno del rapsoda gritón, vehemente y ridículo. Quiero decir: en el Sur es habitual, corriente, encontrar a alguien que emite palabras sin saber ni escribir ni expresarse. A ráfagas. En Sevilla hay días en que o das un pregón o te lo dan. También ocurre, con otras variantes distintas, en Madrid, donde las tareas de la Corte y sus foros exigen un sinfín de alocuciones hueras y laterales. Raro es que encontremos un discurso basado sólo en el relato de hechos desnudos, que es el único que vale la pena escuchar. Estamos rodeados de propaganda y ríos bíblicos de prosopopeya.
Los pies sin suelo
Sevilla tiene una extraña fascinación, casi diríamos que una obsesión, con las barreras. No sólo en términos mentales, sino estrictamente físicos. En esta ciudad hay vallas por todas partes: olvidadas, abandonadas, de distintos colores y tamaños; reutilizadas a capricho según las necesidades de los operarios de carga y descarga, los camareros y los albañiles, que son los que mandan en esta ciudad donde la Policía Local, salvo excepciones, no sale del coche. Te encuentras vallas al caminar por calles secundarias, en las obras a medio hacer, en las esquinas por las que en algún momento ha pasado -o va a pasar- una cofradía y una cruz de mayo y, por supuesto, en el espacio común que ocupan ilegalmente los hosteleros sevillanos, cuya condición europea ponemos seriamente en duda.
La Noria del sábado en El Mundo.
La utopía familiar
Inmerso en el humo espeso de sus puros, y tras escuchar las convulsas historias que salían de su diván cubierto de terciopelo y alfombras, Sigmund Freud explicaba que los seres humanos inventamos nuestro linaje del mismo modo que los escritores crean a sus antecesores: por una cuestión de supervivencia. No es tarea fácil. Los neuróticos fracasan en el intento. Y quienes consiguen culminar el proceso creen -de forma ingenua- que han superado los interrogantes de la existencia. En política sucede algo similar: quien camina por libre termina ajusticiado por la horda circundante; en cambio, los que son incapaces de hacer autocrítica se camuflan en la tribu para reforzar una identidad que explica su presencia en la cúspide, pero no arregla nada. Es lo que la Querida Presidenta, que se ha bautizado esta semana a sí misma como «la ayudante», ha hecho al definir al PSOE como «una gran familia», profundizando así en uno de los rasgos del peronismo rociero: los individuos no existen, lo único trascendente es la grey que camina a través de las arenas hacia la Tierra Prometida de la marisma.
Las Crónicas Indígenas del viernes en El Mundo.
