Se nos ha muerto Bukowski, el último Henry Miller, poético y ácido, rotundamente brutal, de lo mejor que nos había dado en mucho tiempo la literatura norteamericana; un genio, vamos. Hablo en plural porque, siendo el tema la muerte de un individuo, se trata de un pérdida colectiva, aunque este artículo –un obituario de urgencia– no se escribe con ánimo lacrimoso. Todo lo contrario. Bukowski era un despojo viviente desde hacía ya varios años y a pesar de reformar su vida y aburguesarse –tampoco era demasiado difícil; cualquier mejora ya era un progreso en la escala social–, su final, el cáncer, la raspadura de sus entrañas, era su previsible destino. Demasiado aguantó aquella vida mítica de bebedor inmortal, aquella existencia golpeada y las estampas de perdedor con encanto, abrazado a un fracaso estético, candidato acelerado a la cirrosis, berbiquí sexual en sus largas noches de imaginación.
Incursiones & excursiones
Las drogas están ligadas a la literatura desde su origen. Homero y Virgilio escribieron sobre ellas. Otros escritores se rindieron ante su imperio, que es longevo. En los escritos de nuestros clásicos grecolatinos el consumo de sustancias extrañas o mágicas está asociado a las ceremonias de índole religiosa, son remedio para curar las enfermedades o presunto atenuante ante los sufrimientos físicos y mentales. El veneno, a veces, cura matando. En la Edad Media las drogas podían ser santas o materia de brujería: filtros secretos, plantas mágicas, sustancias alucinantes y alucinógenas pueblan un mundo de monasterios, abadías, campos oscuros y hogueras.
En el principio fue el plagio
[De cómo empezó todo esto]
La literatura es un bebedizo extraño. Un licor. En mi caso fue un jarabe de la infancia. La culpa de las lecturas hasta el amanecer, o hasta el anochecer siguiente, la causa de la orgía perpetua de los libros, el pecado mortal de la lectura que cometo todos los días, la tuvo un padre sabio que sin inculcar demasiado –no era su carácter– iba por los pasillos con un libro en la mano. El padre, aquel padre, caminaba por la casa –hipotecada; igual que la vida de casi todos– sin portar bastón alguno, que falta no le hacía, y con el único asidero de un viejo libro de ensayos. Subrayado con hasta cinco colores distintos. Uno encima del otro. Hasta anular el resalte cromático que debía contribuir a dar sentido a las frases preferidas. Antes o después todos necesitamos un sitio donde apoyarnos para sostener el alma, que se derrumba. Mi padre usaba un libro. De filosofía, de poemas o una novela de esas que son como las drogas: las que permiten la evasión sin moverse del sitio, gracias a la recreación de nuestros males. Pura catársis clásica.
Todo está permitido
Te despiertas y te encuentras con el vacío. Debes llenarlo. Tienes donde elegir: puedes leer, dejarte caer por el mercado, tomar el sol en un parque sucio, maldecir a los vecinos o preguntarte a quién diablos te toca atracar hoy. La crisis nos ha convertido a todos en asaltantes de caminos: salimos a la calle como tiburones pacíficos en busca de un alimento llamado porvenir que la realidad insiste en negarnos. Es lo propio de estos tiempos mezquinos: los hombres buenos se convierten en santos; los malos, en miserables. Hay gente que incluso vuelve a creer en Dios. Pero nadie puede huir infinitamente del destino ni del tiempo: cuando las cosas se ponen difíciles el índice de la moral propia se relaja, las normas se relativizan y empiezas a ver a esa gente que, mirando al suelo y con cara de beato, te dice que te va a asesinar dentro de un rato, pero que no es nada personal. Ni siquiera son ya negocios, sino supervivencia. O caes tú o los tumban a ellos.
El mundo es ‘ansí’
Fernando Savater, el filósofo, escribió una vez que la enseñanza es inútil si no existe una verdad cierta que transmitir, si todo es más o menos verdad, o si cada cual tiene su verdad igualmente respetable y no se puede decidir –racionalmente– entre tanta diversidad de opiniones. Parece cierto: las jerarquías intelectuales existen aunque la mal entendida política de igualdad a veces insista en confundir las oportunidades con los resultados. No son lo mismo. Todos deberíamos tener en nuestra vida las mismas opciones, pero el resultado de nuestras hazañas dependerá de cómo seamos y del azar, la máquina que mueve el tiempo.
