La vida es como una antigua cinta de cassette. Se llena de polvo, suena mal y, en ocasiones, sobre todo a medida que discurre el tiempo, se sale de sus propios ejes, desparramándose. Y, sin embargo, encierra en su interior algunos tesoros que nos han hecho seguir adelante. En el acelerado proceso de rebobinado al que la crisis actual nos está sometiendo a todos, que es bastante parecido a lo que hacíamos cuando queríamos escuchar otra vez una canción y el mundo todavía era analógico –nunca dejará de serlo, en realidad–, estamos viendo determinadas escenas que, desgraciadamente, se parecen demasiado a la vida de nuestros padres. Incluso de nuestros abuelos.
El cuadro de la abuela
Píndaro, el poeta griego, aconsejaba a un interlocutor desconocido en un hermoso poema:
“Sólo hay dos cosas que, en verdad, sustentan/ las más dulces esencias de la vida:/ gozar de una fortuna floreciente/ y escuchar los clarines de la fama”.
Si damos estos versos por ciertos, está claro que lo de Sevilla es una extraña anomalía. La fama nos sobra –o eso creemos– pero la fortuna no nos acompaña ni en el ámbito económico ni en el político. Tampoco en lo social. Llueve y el Gobierno es más maldito que nunca, como dicen en Italia. Esta semana, mientras la Junta se desdecía de sus promesas sobre las Atarazanas y entregaba la escasa dignidad que le queda a la autonomía a cambio de una línea de crédito con la Caixa cuya contraprestación consiste en renunciar a una inversión millonaria y desistir de un pleito ganado de antemano, dos cuestiones de índole patrimonial han pasado como asuntos secundarios por la agenda política: la petición del Metropolitan para exponer algunas piezas del tesoro fenicio del Carambolo y la solicitud del Hermitage ruso y el Correr de Venecia para tener en préstamo una de las vistas generales de Sevilla que el Ayuntamiento cobija en su sede de San Francisco.
El ruido indígena
En Sevilla somos europeos sólo para lo que nos interesa: el dinero. En el resto de asuntos, especialmente los culturales, seguimos ejerciendo de indígenas. Esto es: no tenemos remedio. No sé si lo recordarán, pero durante la pasada campaña electoral de las municipales –la carrera hacia la cima de Zoido– una de las promesas electorales del ahora regidor consistió en adecuar las pautas de gestión municipal para que la ciudad fuera un destino recurrente de los programas de inversión europea. La idea no era ni mucho menos nueva. Pero no sonaba mal y era gratis. Mientras los fondos de cohesión de la UE durasen, Sevilla aspiraba a continuar captando parte de estas ayudas para financiar proyectos propios. Algo razonable y extraordinariamente importante en un contexto de ruina económica sostenida. Que es en el que vivimos.
Revisionismo in fieri
La historia es una ciencia imperfecta. Nunca termina de escribirse. Lo cual, en cierto sentido, siembra dudas sobre su validez: al estar abierta a un proceso de evaluación sus conclusiones jamás pueden ser tenidas por inmutables. En ocasiones este cuestionamiento apasionado del pasado tiene elementos positivos: gracias a la aparición de datos y documentos la visión sobre los hechos que nos preceden cobra una perspectiva distinta. Otras veces sucede lo contrario: el interés político inmediato, que suele ser nefasto, interpreta a capricho el pretérito para fabricarse una línea de autoridades. Es lo que está ocurriendo en Sevilla desde que Zoido accedió a la Alcaldía hace ahora casi dos años.
La deconstrucción municipal
Todos los indicios nos conducen por la senda del Armagedón. El Papa ha decidido renunciar –las discusiones de los católicos al respecto son estériles; ellos mismos consideran que Su Santidad es infalible, lo que anula controversia alguna– y los meteoritos del espacio exterior han empezado a caer con estrépito sobre la otrora tierra de infieles, Ucrania, ahora convertida a la fe ortodoxa tras décadas de sufrir el comunismo, esa religión (materialista) de los ateos. Si es realmente o no el fin, lo veremos pronto, pero las señales no dejan lugar a dudas: en Sevilla cada vez que los de siempre piensan en montar una nueva verbena cofrade el cielo amenaza lluvia. Dios, probablemente, ha dejado de estar con nosotros. Quizás le hayan aplicado (a él también) la reforma laboral y anda en la cola del Sepes, antiguo Inem. Mientras todos estos signos anuncian un posible apocalipsis, el Gobierno de Rajoy ha decidido –por fin– sacar de la caja de los secretos la reforma de la administración local. En su contexto, es más o menos similar al final de los tiempos. Al menos, para los ayuntamientos.
