La política no es inocua. Deja cadáveres dentro del armario. Cuando de repente salen de lo profundo algunos los reciben con sorpresa. No sé muy bien los motivos. Desde Maquiavelo sabemos que la mayoría de los gobernantes prefieren que los teman a que los quieran, cosa que en su fuero interno ven como una debilidad. En los deseos no se manda. Y el rechazo no es sino un deseo altamente perjudicial que llamamos odio. Hace más daño a quien lo siente que a aquellos que lo reciben, pero, sorprendentemente, en esta sociedad tan políticamente correcta todavía provoca cierto escándalo.
Las facturas de Zoido
Pues sí: lo mejor estaba por llegar. Y parece que viene de camino. La imagen política del alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido, ha empezado a hacer aguas a los dos años justos de su mandato como regidor por culpa de un asunto altamente delicado: su honorabilidad.
El fin de la comedia
Tengas pleitos y los ganes, dice el refrán. Es justo lo que ha ocurrido. El Ayuntamiento de Sevilla ha vencido en el litigio judicial que desde 2006 mantenía con el Gobierno central por el control patrimonial de los terrenos del antiguo cauce fluvial de Los Gordales que, entre otros usos, permiten a la ciudad ubicar allí desde hace décadas el recinto de la Feria de Abril. La ciudad efímera de todas las primaveras.
La ley de la gravedad
Dos años después de la épica mayoría de los veinte empezamos a asumir la realidad. Ya era hora. El alcalde, cuyo mandato ha sobrepasado el ecuador, ha querido celebrar su segundo aniversario pidiendo más paciencia al respetable –que empieza a cansarse– y simulando dar un golpe en la mesa del urbanismo sevillano al anunciar una “actualización” del Plan General. No parece propio de alguien que lleva tanto tiempo en la Alcaldía incurrir en contradicciones de este tenor. El regidor hispalense se mueve como un péndulo: de un extremo al contrario sin dar señales de saber situarse en algún punto intermedio. Mala cosa.
La ciudad abrevadero
La retórica de la estampa sevillana identifica la felicidad en la tierra con la imagen de alguien sentado en un velador, con los amigos, una cerveza en la mano y, al fondo, el perfil de la Giralda sobre un cielo profundamente azul. De tal metáfora ha hecho tradición la estirpe –menor– de los costumbristas hispalenses, aquellos que se creen poetas a pesar de no haber escrito más que de cofradías y anuncios patrocinados de cerveza. Pues bien: todo esto es mentira. O mejor dicho: es una media verdad donde el exceso, tan sevillano, tiene una de sus más sólidas embajadas.
