Las autonomías políticas exudan épica. Casi siempre, de color sepia. El mayor pecado social imaginable allí donde germinan consiste en cuestionar la naturaleza de epopeya con la que sus hacedores –los padres de la patria, sea ésta grande o minúscula– acostumbran a presentarlas, codificando (en su beneficio) un relato lineal que rara vez se corresponde con los hechos históricos. La verdad tiene la forma de un río lleno de meandros. Lo excepcional es que discurra en línea recta y en dirección ascendente. Andalucía celebra este viernes el 28F, la fecha (mitológica) en la que se votó el referéndum de autonomía que, según el relato oficial, trajo el autogobierno a la gran región de la España meridional, secularmente castigada por el subdesarrollo. Han transcurrido cuarenta años y la narración de la supuesta gesta ha perdido todos sus matices para convertirse –en el imaginario popular e institucional– en un bloque de mármol. Sin fisuras. Sin grietas. Sin dudas. Configurando un monumento rotundo.
Cuadernos del Sur
Canal Sur, la maldición y el deseo
Sostiene Chomsky, tan querido por los profesores de Comunicación que se consideran a sí mismos héroes en fiera y desigual lucha contra el capitalismo mediático, que la propaganda en una democracia ejerce una función equivalente al uso de la fuerza en un Estado totalitario. La diferencia, básicamente, consiste en el método: con una porra se golpea el cuerpo; con la propaganda, en cambio, se sacude al cerebro. La tesis es exacta, sobre todo, en el caso de las televisiones públicas, que han sido –y aún son– los grandes medios de masas, con permiso de las redes sociales. No existe ningún gobierno, del signo político que sea, que no crea que es una cuestión capital para llegar al poder, primero; y para retenerlo, después, utilizar de forma partidaria las corporaciones audiovisuales nacidas al cobijo del marco autonómico.
La escisión de Podemos en Andalucía
Los trotskistas, esos poetas insensatos que defienden la teoría de la revolución permanente, tienen una cualidad única: nunca llegan a nada en política porque su purismo los conduce, de forma irremediable, a la división constante. Vargas Llosa lo explica, con los argumentos infalibles de la ficción, en Historia de Mayta, la novela que cuenta una revuelta campesina en Jauja, una localidad de la sierra andina, en aquel tiempo casi prehistórico en el que en el Perú existían setenta partidos marxistas-leninistas arrogándose ser representantes de la ortodoxia roja. Aquellos ingenuos, entre los que había ignorantes, santos, laicos, dogmáticos y asesinos, ignoraban –escribe el Premio Nobel– que “la revolución es una larga paciencia, una infinita rutina, una terrible sordidez, las mil y una estrecheces, las mil y una vilezas”.
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La balsa de las derechas en Andalucía
Una megalografía es una inmensa pintura, generalmente mural, que adornaba las villas y los salones de la aristocracia de Roma con escenas históricas y mitológicas. Su función consistía en representar las aspiraciones de grandeur de la dinastía correspondiente. Sólo los patricios elegidos podían permitirse habitar entre estas insignes estampas artísticas, haciendo creer a sus invitados, y probablemente también a sí mismos, que su fortuna no era un suceso pasajero, sino algo perdurable. Eterno. Si tuviéramos que representar la situación política de Andalucía un año después de la victoria (parlamentaria) de las tres derechas, el símil pictórico más exacto sería una de ellas: La rendición de Breda, de Velázquez, donde la victoria de la monarquía de los Austrias frente a la casa de Orange se inmortaliza por vez primera prescindiendo de la humillación de los derrotados, tan propia de los litigios de armas.
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La guerra cultural de Moreno Bonilla
En uno de sus gloriosos artículos para las gacetillas británicas, G.K. Chesterton, cuya lectura siempre es una fiesta del ingenio, decía que los sacerdotes antiguos se aprovechan de la simplicidad de la sociedad, mientras que los nuevos prosperan debido a su complejidad. Si damos por buena esta máxima, el presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla, acaba de situarse (voluntariamente) dentro del primer grupo. Básicamente porque esta semana ha anunciado en el Parlamento que su gobierno va a abrir de forma inminente una embajada en Barcelona “para respaldar la cultura andaluza en Catalunya y atraer a los empresarios” que huyan de la inestabilidad permanente que supone la crisis política catalana.
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