Nació, según confesión propia, en una casa oscura donde para ver la luz del día había que trepar hasta la azotea. Murió dejando 50.000 libros, acaso más, distribuidos por siete estancias diferentes y una legión de discípulos. También de lectores. Porque de las múltiples herencias que devienen de la actividad intelectual de Castilla del Pino –aquejado del complejo de Prometeo: la búsqueda del eterno conocimiento– sobresale su producción literaria, enfocada salvo obras puntuales (El discurso de San Onofre o La alacena tapiada) en busca de una suerte de memorialismo agrio (sus recuerdos dieron para dos magníficos volúmenes: Pretérito Imperfecto y Casa del Olivo, escritos con ocho años de diferencia) en el que hacía suya la frase de Ortega y Gasset: “Un espectador es aquel al que casi todo le mueve a reflexión”.
Disidencias
Memorias cruentas del Trópico
Virgilio Piñera decía que la literatura no es sólo una cuestión de estilo, sino que tiene que ver con la respiración. El estilo, en el fondo, es eso: una forma determinada de respirar, un movimiento propio, intransferible, único. Piñera, homosexual dramático, dramaturgo aún por descubrir, olvidado genio de la literatura cubana, es uno de los personajes que Guillermo Cabrera Infante se encarga de recuperar en el compendio de biografías nostálgicas que forman Vidas para leerlas, una reunión de textos en la que el ilustre exiliado cubano, Quevedo transterrado con habano y monóculo británico, hierático modelo de sí mismo, recupera una parte de la vida que conoció en la Isla antes de que la revolución castrista se hiciera estalinista y dejara de ser cubana; esto es, antes de que el sueño de libertad se enquistase y el paraíso en la tierra se convirtiera en un reino de represión y dogmatismo.
Crónicas bíblicas del continente negro
África, con sus matanzas y su sangre derramada, con sus misterios y su suavidad, tan próxima a la brutalidad repentina, es, en cierto sentido, un camino de vuelta a la infancia. Extraña perífrasis nostálgica. Para Alfonso Armada, autor de los Cuadernos Africanos (Altaïr/ Península), dramaturgo y periodista, es radicalmente así. En el continente negro el escritor encuentra el mismo color de la tierra de su Galicia natal, lo que, además de certificar que en África el sufrimiento es más frecuente de lo que cuentan los periódicos del Primer Mundo,un lugar común, le sirve para hacer un viaje al interior del corazón de las tinieblas –Conrad, junto a Camus y Kafka son algunas de sus referencias narrativas– que casi siempre es el corazón humano. Especialmente el propio.
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Final de viaje #1
Los finales tienen mala prensa. Y fama de tristes. Pero a uno siempre le han gustado los finales, las estaciones término, las metas, el último tramo de las escaleras y los precipicios. Supongo que se debe al pavor ancestral que inspiran las cosas que aspiran a ser eternas, rotundas, indestructibles. La primera condición de los seres inteligentes consiste en evidenciar que en la vida absolutamente todo es finito. La muerte es la única cosa perdurable que nos concede el destino. Todo lo demás es temporal: la familia, los hijos, el trabajo, la salud, la rabia y hasta el espanto. Todos estamos encadenados a esta premisa fatal. Es un hecho: la vida se termina.
Relecturas
La relectura de libros antiguos es uno de esos placeres secretos que, con fidelidad recurrente, practica este articulista. Otros vicios son inconfesables; en cambio, éste puede ser proclamado sin que la reputación –herida ya desde hace tiempo– se vea afectada. Volver a leer las obras literarias que en algún momento nos deslumbraron es un divertimento propio de un rumiante descontento, una forma de escapar a la dictadura de la mesa de novedades, desconfiar de la promoción editorial y huir de la necesidad de estar al día, editorialmente hablando. Digamos que es un valor casi seguro: releyendo te arriesgas quizás a una decepción –no se lee igual un mismo libro– pero es bastante más improbable que te topes con un irremediable desengaño.
