Cortázar dice en uno de sus relatos que para él era una especie de distracción. Salir a la calle en busca de enemigos a los que cazar. Uno de esos pasatiempos a los que nos consagramos no sabemos muy bien si porque en ellos encontramos el equilibrio que a diario nos niega la vida o por pura indolencia, esa enfermedad de los domingos después del almuerzo, cuando la sobremesa no es un regalo, sino una condena. En los tiempos modernos, las distracciones son legión. Hay opciones múltiples y absurdas. La gente, por supuesto, hace lo que quiere. Faltaría más. Otros nos conformamos con lo que buenamente podemos: la frontera entre los deseos de tiempo libre y su ejercicio efectivo, como casi todo, la fija el dinero. La oferta es tan extensa que hay que seleccionar. Y, aunque la lectura sólo es una más de las opciones posibles, sigue siendo nuestra fórmula preferida: es un vicio relativamente barato, duradero y satisfactorio.
Disidencias
Las partidas
El perfume de las partidas –o de las despedidas, según la terminología corriente– oscila entre la nostalgia y la incertidumbre. A mitad camino entre ambas cosas. Llega un día en el que la gente que tenemos a nuestro alrededor desaparece, se va, se esfuma. Nos pasamos la vida despidiéndonos de gente y de cosas y, paradójicamente, el ritual todavía nos causa sorpresa (en el mejor de los casos) o devastación (en el peor). Probablemente estén pensando ustedes en la muerte, esa noche oscura del alma en la que se nos arrebata todo. Lo mismo sucede en vida: la existencia es la mayor destructora de sueños que existe. Un derribo en cámara lenta, aunque para atenuar sus inevitables efectos utilicemos eufemismos, como la consoladora idea del cambio.
Historias del páramo
Desde Virgilio, y quizás porque en nuestros genes, además del idioma, exista algún elemento inequívocamente terrestre, el campo ha tenido una lectura (literaria) de corte amable y, con frecuencia, bucólica. Uno siempre ha creído lo contrario: el campo es un territorio imposible, inhóspito, un tirano que arranca la piel a tiras a los agricultores, que son los únicos capaces de domesticarlo. Por supuesto, éste es el sentir de los niños urbanos, ajenos por completo al paso de las estaciones –en mi ciudad sólo hay dos–, ignorantes del nombre de los árboles, alérgicos al olor de los arbustos.
La madre muerta
Hay muertes florecientes. No es una exageración. Tampoco una metáfora. Es una evidencia: un deceso, en ocasiones, es como un ramo de flores; con su presencia provoca en los que se quedan que brote aquello que dormía en su interior, ese agujero negro que llamamos intimidad, el refugio de nuestras penas, construido con libros, sinfonías y las voces cercanas. La muerte, sobre todo cuando es rotunda, nos recuerda lo que escribió Benedetti: el sufrimiento es un ilustre apellido que usamos todos, un título de armas que comparte desde la nobleza más decadente a la masa más populista.
Los grilletes del tiempo
El calendario es una forma secreta de asesinato. Especialmente cuando se queda sin hojas. El sentido del tiempo, ese devenir que no podemos detener, la sensación de que la vida no es más que un gran salto al vacío que siempre sale mal, se afila las uñas con el correr de las estaciones y los días, establecidos entre los horarios laborales y los festivos. Todo día puede ser un día de trabajo. Cualquier jornada puede ser festiva. Depende de nosotros. No hay muchas cosas que atenúen con eficacia la sucesión de las horas: las drogas, ciertos alcoholes, algunas mujeres y, por supuesto, un ramillete de excelentes libros. En estos tiempos de neoliberalismo y caldos espesos, cuando la ideología se ha reducido a un eslogan, cuando las cosas carecen de importancia, cuando los principios más sagrados han sido borrados por una lluvia sin piedad, la única revolución posible es la personal. El milagro de no sentir el precipicio cronológico; saber eludir el tránsito de los minutos, los días, los meses y los años.
