El tiempo, como dejó dicho en algún sitio Agustín de Hipona, es siempre algo más. Algo más que tiempo, quiero decir. Las horas, al menos así se me figura desde siempre, son un concepto disfrazado: una idea bajo la que cada uno cobijamos los asuntos que no sabemos bien cómo denominar, esa suerte de fogozanos repentinos. Así, cuando hablamos de los años tenemos la sensación de hablar de algo que se ha ido. De algo que no siempre ha sido bueno.
Disidencias
Anarquismos
Un escritor que se precie de serlo tiene alma de ácrata. O, al menos, debería tenerla. Por salud mental, mayormente. Por supervivencia, me atrevo a afirmar. Incluso por afinidad. Pocos consuelos quedan hoy para poder soportar la rutina de la vida moderna, donde todo es consumo, invento fugaz y café americano, que cierta actitud de acracia estética, anarquismo pseudoliterario, esa sana costumbre de mirar las cosas con cierta distancia y saber aplicar el grado exacto de desapasionamiento que necesitan las cosas.
Prosa retentum, venenum est
Vivir de escribir no es que sea un sacerdocio o un capricho. Es que es imposible, un puro milagro, un deseo nada pragmático en los tiempos que corren, que han corrido siempre. Sólo hay un método: la prostitución literaria. En ésas andamos: escribiendo artículos, reportajes, análisis, biografías, retratos, reseñas, cosas, lo que caiga, algo hay que hacer, coño, algo hay que hacer. Peor es quedarse quieto. Prosa retentum, venenum est. A veces la prosa surge como un metal noble ardiendo: líquida, fluida, cortante a ratos, con imperfecciones, pero propia, distinta, viva.
Desvarío y bendición
El esqueleto esencial de estas disidencias son los recuerdos. La memoria. A medida que van pasando los años es más selectiva y frágil, pero sigue contaminada por el vicio de la literatura, por lo que, a estas alturas del sendero, cabe dudar de que se sostengan solas, sin necesidad de un bastón. De ahí que cada cierto tiempo reincidan, como los delincuentes, en los libros de lance, los viejos libros antiguos que, sin ser medievales ni estrictamente clásicos, desaparecieron demasiado pronto de eso que los periodistas llamamos la actualidad.
‘Return to classics’
Remando al viento, que no es cosa fácil, uno termina casi siempre volviendo a los clásicos. En materia de elección literaria la libertad es la única norma que uno está dispuesto no sólo a respetar, sino a pelear con pacífica violencia. Hay quien considera que reincidir en los clásicos es un defecto snob, algo elitista, artificial incluso. Es la idea de quienes creen que todavía quedan ínsulas por descubrir. En literatura está todo dicho. La innovación consiste en decirlo de otra forma. Quien ha leído bien a Cervantes sabe que ninguna de las novedades editoriales, que se suceden en exceso incluso en estos tiempos de carestía, puede superar la inteligencia y la ironía de nuestro novelista mayor.
