Va siendo hora de que alguien lo diga: en Sevilla no tenemos alcalde. Lo sé: piensan que me equivoco. Miran la web del Ayuntamiento y allí, retratado y sonriente, sale Juan Espadas, nuestro querido quietista, con el título de regidor pacífico; oficialmente es socialista pero tiene querencia por la derecha sociológica. Se debe a la serenidad de la poltrona: enseguida asumes aquello que criticabas -como hacen todos los grandes conservadores- y te convences de que lo mejor que puede hacer uno para no tener problemas es no ir ni al baño. Ya lo dice el sabio refrán: camarón que se mueve, se lo lleva la corriente. Es cierto: los signos exteriores indican que nuestro admirado mosén es el alcalde de la Muy Leal y Muy Noble. Lo sabemos perfectamente. Pero no es cierto: nuestro primer edil es una estatua.
El Mundo
La cornada de la financiación
Los susánidas, tribu de naturaleza belicosa, son especialistas en coger banderas, convocar a la gente para que las agiten al viento en un campo preñado de girasoles -al estilo del documental de Carlos Cano que en los setenta rodaron los narcisos- y, a continuación, dejarlas tiradas en el suelo. Es una prerrogativa del dogma de la Santa Autonomía: lo público siempre empieza (y acaba) por ellos mismos. No hay más. Por supuesto, no se trata de algo personal. Sólo son negocios. Las convicciones resultan ser malas compañeras en la industria de la intermediación política. Es mejor cambiar de utopías. Ya lo hicieron -en su día- con el espíritu del 4D, que llevan decenios manipulando en su beneficio particular. Más tarde lo extendieron a otras cuestiones, desde la convergencia europea a la ordenación del territorio, pasando por la sanidad que -según su relato ficcional- por lo visto en España no existía antes de 1982.
Las Crónicas Indígenas del sábado en El Mundo.
La Sevilla superlativa
Cada vez que uno oye decir a algún pregonero que en la capital de la República Indígena existe una extraordinaria calidad de vida muere un poco la (escasa) inteligencia disponible. Adam Smith, el filósofo que estudió la riqueza de las naciones, escribió: «No puede existir una sociedad floreciente y feliz cuando la mayor parte de sus miembros son pobres y desdichados». La única excepción a esta norma es que los habitantes de esa nación sean unos perfectos ignorantes o unos absolutos inconscientes. Parece ser nuestro caso. De dar credibilidad a esta máxima, Sevilla, que ya sabemos que no es ni Muy Leal ni Muy Noble, sólo puede defender a su favor el título de Muy Mariana. Aquí a algunos les entusiasman las vírgenes de cera, lo que no quiere decir -ni de lejos- que sean buenos cristianos. Católicos, quizás sí. Porque ilustres creyentes sevillanos tienen entre sus virtudes sociales una capacidad infinita para la hipocresía y la ceguera ante aquello que tienen delante de los ojos.
La Noria del miércoles en elmundo.es
La melodía austrohúngara
Cuentan los edecanes del Quirinale que en San Telmo han aparecido copas rotas y cristales quebrados en los espejos con cornucopias, que es donde el poder, que siempre es pasajero, por mucho que se crea eterno, se contempla ensimismado mientras suena una melodía austrohúngara con aire de tango. La reconquista está en marcha. El salvoconducto es: «Que vaya donde tenga que ir y haga lo que tenga que hacer». Las estrellas lo auguraban, los profetas lo predijeron y la hora ha llegado. Va a ser así, va a ser aquí y va a ser ahora. El ungido por la fortuna acaba de nombrar embajador en la República Indígena a un virrey –Celis, el profesional– cuyo ascenso a más de uno (y de dos) le ha hecho dar un mordisco a la mesita de caoba que tiene en el despacho oficial: «¡Maldición, habíamos dicho que queríamos a alguien neutral!». Niente. Queda inaugurada la amable reanudación de las hostilidades.
Las Crónicas Indígenas del sábado en El Mundo.
Cabrera, el inquietante
Todos los gobiernos del mundo, desde las más altas magistraturas de las naciones hasta los consistorios de los más humildes villorrios, tienen algún político inquietante. Uno de esos personajes que no se sabe bien si hacen de malos -en el sentido cinematográfico del término- o es que realmente lo son. Pasa en los ejecutivos de izquierdas y en los de derechas. También en los de extremo centro. Incluso en los gobiernos quietistas, como el que preside como alcalde nuestro querido mosén, Juan Espadas. ¿Quién es semejante concejal en la corporación de Sevilla? Diríamos, sin duda, y por supuesto sin intención de faltar, sino impelidos por la urgente necesidad periodística de ser descriptivos, que el edil de Seguridad Ciudadana, Movilidad y Fiestas, Juan Carlos Cabrera, que se incorporó al equipo municipal del PSOE desde las filas del monteseirinato, aquel quattrocento que nunca fue tal. Cabrera ha pasado toda su vida pública al amparo de las instituciones. Ahora es uno de los hombres fuertes del Ayuntamiento sevillano, donde llegó después de estar apesebrado en la Diputación Provincial (Sevilla Activa).
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