Ha sido una conversión súbita. Similar a la que la Biblia adjudica a Pablo de Tarso justo después de caerse del caballo y antes convertirse en San Pablo. Sospechosa, por tanto. El presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla, sorprendió esta semana a los extraños –es de suponer que los propios estuvieran al tanto– con una declaración de corte ecologista con motivo del 50 aniversario del Parque de Doñana, una de las joyas ambientales de España. La proclama tenía un indudable aroma electoral –se vota el 10 de noviembre– y perseguía dar un golpe de efecto que diluyera las voces (crecientes) que hablan de un cierto estancamiento –en realidad es puro continuismo– en la gestión del tripartito andaluz.
La Vanguardia
La campaña imposible
En el amor y en la guerra (casi) todo vale. Si esta regla se extiende a la política, que es una forma de conflicto originado por el desamor mutuo, encontraremos un acertado diagnóstico del contexto en el que el PSOE está haciendo la campaña electoral del 10N en Andalucía. Si el Sur es el laboratorio de los fenómenos más estelares de la política española, el augurio de las urnas de noviembre no es precisamente favorable a Pedro Sánchez. Los inconvenientes ambientales no cesan. Se multiplican. En primer lugar, entre el electorado tradicional de los socialistas se percibe un hastío cósmico debido a una repetición electoral cuyo coste en votos es una absoluta incógnita. Parte de las huestes socialistas, incluidos los vietcongs, los más fieles de entre los fieles, pueden quedarse ese día en casa, como sucediera el 2D. Otros quizás ocupen la jornada electoral con el derby sevillano –el Betis-Sevilla–, que coincide con la nueva llamada a las urnas. Y hasta cabe la posibilidad de que otros, especialmente los votantes de izquierda más jóvenes, se decanten por opciones como Podemos o Más País.
La juez Alaya y el Caballo de Troya
La justicia, que según la alegoría clásica es una mujer que sostiene una espada en una mano, lleva una balanza en la otra y tiene los ojos vendados, es –y debe ser– ciega. Según los hermeneutas mitológicos, esta imagen simbolizaba la ausencia de condicionantes que debía prevalecer a la hora de emitir cualquier sentencia. No está escrito en ningún sitio que también pueda ser contradictoria y voluble. Y, sin embargo, lo es. Basta ver el caso que esta semana ha obligado a dimitir –tras una imputación formal– al presidente de la Sociedad Estatal de Participaciones Industriales (SEPI), Vicente Fernández, un alto cargo de la Administración del Estado que, antes de acceder a este puesto, hizo una carrera triunfal como funcionario de élite en la Junta de Andalucía, pasando por distintas consejerías, empresas públicas y organismos como la Agencia Tributaria. Entre 2012 y 2016, durante los gobiernos de Susana Díaz, fue número tres del departamento de Energía, antes de ocupar la Intervención General, el órgano máximo de control económico de Andalucía.
La ‘bomba racimo’ de los ERE
El otoño es la estación del año que se asocia al crepúsculo. Metafóricamente, según la cultura occidental, encarna ese inevitable periodo de decadencia con el que terminan todas las existencias, incluidas las de los grandes hombres públicos y también la de los privados, que, al menos en España, históricamente vienen a ser casi lo mismo, pues la distinción entre el espacio íntimo y el político nunca ha sido una virtud ibérica. Este otoño, que oficialmente comenzó en los postreros días de septiembre, está previsto que la Audiencia de Sevilla dicte por fin la sentencia de la pieza política de los ERE, que ha sentado en el banquillo a dos expresidentes de Andalucía –Chaves y Griñán– y a buena parte de la aristocracia del socialismo meridional, seis exconsejeros y trece altos cargos. La generación que gobernó Andalucía durante decenios y que tuvo en sus manos todo el poder posible en una autonomía de sesgo presidencialista que funcionaba como una corte absolutista del Antiguo Régimen.
La extrapolación andaluza
¿Habrá un eclipse Sánchez? Las encuestas y los estudios de opinión, cocinados casi siempre al gusto, venían a decir (hasta el martes) que este escenario era remoto –de ahí la obstinación de los socialistas en no rubricar un acuerdo con su izquierda– pero no necesariamente imposible. El hartazgo popular, que es transversal y profundo, ha convertido los comicios de noviembre en una incógnita creciente, casi desatada. A una cita electoral uno puede intuir (espejismos aparte) cómo entra, pero nunca tiene la seguridad completa de cómo saldrá. Si es que sale entero. En Andalucía, en los famosos idus de diciembre que cambiaron el mapa político reciente, sucedió algo equivalente: todos creyeron en las encuestas hasta que las evidencias se impusieron. Los nuevos comicios de otoño tendrán un efecto diferido en la política meridional. No van a provocar ninguna crisis inmediata pero señalarán cuál es el nuevo marco de juego y, en cierto sentido, pueden abrir otra etapa distinta, más compleja, en el experimento de cohabitación entre las tres derechas.
Los Cuadernos del Sur en La Vanguardia.
