Gimferrer, al principio, era una melena rebelde, la melena de un joven y extrañísimo poeta. Ahora, con el pelo cortado a la manera de los catedráticos eméritos, pero con la misma parsimonia de los grandes escépticos, parece un filósofo centroeuropeo: atento a todo y, al mismo tiempo, con un cierto aire de despiste, entre dandy y cercano. Es un sabio porque siempre se ha dedicado a lo que más le gusta –los libros, el arte, la música– y no le ha ido demasiado mal, quizás porque aprendió muy pronto que la vida es demasiado corta para desperdiciarla haciendo aquello que no quieres o pretendiendo conseguir lo que no tienes. Hace unos días le han dado –porque los premios se otorgan, no se ganan– el García Lorca de Poesía, un galardón que el Ayuntamiento de Granada instauró en 2004 para conmemorar al escritor de Fuentevaqueros y celebrar la poesía, ese pan tan escaso.
Letra Global
El ensayista Gil de Biedma
Gil de Biedma era un tipo extraño: se hacía preguntas en un país más bien dado a las proclamas identitarias y solía matizar mucho sus opiniones en lugar de lanzarlas, como cuchillos, en dirección a la yugular del interlocutor. Ambas cosas, unidas a algunos excelentes poemas y a su leyenda de homosexual y noctámbulo, ejecutivo de una compañía de tabacos en horario diurno, hicieron lo necesario para situarlo entre los mejores escritores en español de la segunda mitad del pasado siglo. Su obra, que una parte de la crítica sitúa como antecedente de la llamada poesía de la experiencia, aunque algunos de sus más significados nombres dejaran de tenerlas hace tiempo, es sin embargo un monumento –anómalo dentro de la tradición española– al prosaísmo poético, en este caso en su variante más elegante.
Unamuno, un ‘punk’ contra el nacionalismo
Unamuno y el tiempo nunca se entendieron bien. Probablemente porque el escritor vasco, famoso por el hondo sentimiento de angustia que tenía ante la muerte, que no es más que las horas detenidas, el tiempo sin tiempo que a todos nos alcanza, era demasiado rotundo para entender la relatividad inherente a este concepto. El estilo literario de Unamuno, hijo de la retórica del español de entre siglos, no ha envejecido excesivamente bien. Sobre todo en comparación con algunos de sus coetáneos, como Baroja, que pese a sus críticos ha sido quien mejor ha soportado los castigos del calendario. La antirretórica, atributo del estilo barojiano, es el mejor conservante literario que existe. Y Unamuno, igual que Ortega y Gasset y otros titanes de lo que antes se conocía como pensamiento español, es retórica, divulgación rotunda, personalidad y categoría. Sus ideas, en cambio, se han conservado mejor que su prosa. Especialmente en lo que se refiere a la crisis española del 98, con la que la España actual puede establecer diversas analogías que, como tales, nunca son totalmente exactas.
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La torre y el vigía
Sucedió en 1967. El día sexto del mes de noviembre. Hace ahora cincuenta años. Medio siglo justo. Lugar: el estudio A que Columbia tiene en la ciudad de Nashville (Tennessee), la capital de la música country & westernnorteamericana. Bob Dylan entró allí con el único apoyo de su guitarra y su armónica, sin más acompañamiento musical que una discreta base rítmica de bajo y una batería primitiva que casi parece estar improvisando, y grabó con apenas tres músicos más (Charlie McCoy, Kenny Buttrey y Pete Drake) cuatro estrofas –las dos primeras de cuatro versos, las dos últimas de dos líneas–, con rima consonante, donde se cuenta la misteriosa historia de un bufón, un ladrón y una enigmática torre vigía en un poema enunciado al ritmo de una progresión de tres acordes básicos de guitarra, una cadencia replicada después por el guitarrista Jimmy Page en Stairway to Heaven.
El retablo del desengaño
La sátira es la invención de un cínico: Menipo de Gandara, un tipo de cuya vida se sabe poco o nada y cuya biografía oficial responde más a la imaginación que a los hechos ciertos. Según las referencias, no siempre fiables, de los cronistas clásicos, fue un esclavo liberto que se enriqueció gracias a la usura y terminó suicidándose tras perder su fortuna, cosechada mediante el sacrificio de los demás. Fue también uno de los más desinhibidos hibridistas de su época: en sus violentas diatribas morales mezclaba sin problemas la prosa con el verso, lo trágico y lo risible, lo bello y lo vulgar. Velázquez lo pintó, muchos siglos más tarde, vestido como un mendigo con cara de truhán, embozado en una capa anacrónica, con la nariz de un borrachín y esa expresión de relatividad de quien sabe –porque lo ha vivido en sus carnes– que la vida no es más que una sucesión de aspiraciones pasajeras y que hasta los mayores señores del orbe son capaces de pedir fiado, como pordioseros, para costearse sus vicios.
