Primera certeza: Javier Marías Franco (1951-2022) está muerto. Se fue hace ahora cuatro años. De repente. Sin avisar. Su tumba, situada en el cementerio sacramental de San Isidro –la prosa burocrática lo sitúa en el Paseo de la Ermita del Santo–, es una formalísima sepultura de granito gris, para que resista el deterioro del tiempo y la corrosión de la lluvia y el calor, con una cabecera de mármol negro, hecha al modo de las cubiertas de los libros de su editorial –Reino de Redonda–, que evoca su efímera monarquía y reproduce el lema latino (ride si sapis) de su dominio insular. Segunda convicción: Marías (Javier) está vivo, del mismo modo que también lo están otros grandes escritores que persisten y subsisten, aunque sea en términos simbólicos, gracias a sus libros.
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