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The Objective

Semprún y los espectros de la resistencia europea

carlosmarmol · 21 marzo, 2026 ·

Cuando don Francisco de Quevedo y Villegas, desde el ostracismo de la Torre (de Juan Abad, su modesto señorío agrario), escribió aquello tan célebre de que en mitad de los desiertos manchegos estar rodeado de pocos pero doctos libros le ayudaba a vivir “en conversación con los difuntos” y a escuchar con sus “ojos a los muertos” no estaba construyendo sólo dos versos prodigiosos y rindiendo honores a la capacidad redentora de la lectura ante las constantes calamidades del mundo. Defendía también la importancia de la tradición –en este caso, la de los clásicos– y advertía, para quien supiera descifrar los matices de su escritura, que a veces quienes arrojan más luz sobre el presente no son nuestros estrictos contemporáneos, sino muchos autores que ya no están entre nosotros. Es una reflexión bella y exacta. Y puede extenderse a otros campos del conocimiento. Un ejemplo lo tenemos en la figura histórica de Jorge Semprún (1923-2011), que fue comunista (en la clandestinidad) antes que ministro (socialista) y escritor antes y después de su paso por el campo de concentración de Buchenwald (Weimar). En la obra de Semprún, marcada por su obstinación política y la mirada singular que le otorgó el hecho de nacer en España, educarse en Francia –y en francés, su primer idioma– y conocer en primera persona los dos grandes totalitarismos de la pasada centuria (el nazismo y el comunismo), palpita una constante cultural.  Es un viejo sueño y un anhelo nuevo: Europa.

Las Disidencias en The Objective.

Rafael Azcona y la España cruel, tierna y descarriada

carlosmarmol · 14 marzo, 2026 ·

No podríamos decir con seguridad qué fue antes, si la España cruel, tierna y descarriada que sufrieron los hijos de nuestra posguerra incivil, ese tiempo oscuro de fríos, canalladas y hambre, o la obra (colosal) de Rafael Azcona (1926-2008), el mejor guionista español de todos los tiempos. Incluso quien llegó a conocer aquella época lejanísima de primera mano queda a menudo asombrado al ver las películas que el escritor riojano escribió para Marco Ferreri, Berlanga, Saura, Cuerda o Trueba, entre otros cineastas, al contemplar, sin llegar a esperarlo por completo, un retrato tan exacto de lo que un día fuimos y, en muchísimas cosas, todavía somos.  Azcona, al que le horrorizaba que le llamasen genio o artista –siéndolo sin querer–, siempre fue un realista devoto. Un gran observador. Un hombre de la calle con un oído absoluto para captar el ruido de la vida. Su trabajo en el cine (España, Francia, Italia) ha sido celebrado con profusión –casi se diría que hasta con fastidio suyo– como antológico. Nadie se acuerda, sin embargo, que muchas de estas míticas películas, obras maestras de nuestra incipiente cinematografía, no tuvieron en su día excesivo éxito ni tampoco el apoyo decidido y entusiasta de la crítica y el público. Existe una razón poderosa de esto. Las historias de Azcona –filmadas por los directores con los que colaboró– eran mecanismos incendiarios camuflados bajo el disfraz de la comedia de costumbres. Un espejo social demasiado sincero. 

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Sánchez-Ostiz y el flujo de (in)consciencia de la Santísima Transición

carlosmarmol · 7 marzo, 2026 ·

La anécdota, que es además una categoría, la refiere Umberto Eco en una entrevista. París. Interior tarde. Pablo Picasso, príncipe del arte moderno, termina su célebre retrato de Gertrude Stein, escritora y mecenas de artistas instalada en la capital francesa. Cuando la millonaria norteamericana contempla el lienzo del pintor malagueño le dice: “No se parece a mí”. Picasso responde: “No se preocupe, ya se parecerá”. Es una salida irónica que encierra una verdad invisible: el tiempo, que trastocaría sin remedio el aspecto de la modelo, condenada a envejecer, se encargaría de que la imagen de Stein que perdure no sea la de su rostro, sino la fijada en el cuadro. Su perfil carnal cedería su lugar al artificial. La realidad –viene a explicar Eco– no es como es. Es como la recordamos. Algo equivalente cabe decir de la extraordinaria novela de Miguel Sánchez-Ostiz (Pamplona, 1950) que la editorial Malas Tierras acaba de rescatar del olvido. Una obra maestra. Un libro excepcional que, simplemente por contraste, muestra la decadencia narrativa que las constantes novedades editoriales son incapaces de disimular. 

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Los juegos florales de Aena

carlosmarmol · 3 marzo, 2026 ·

Decía Rafael Sánchez Ferlosio, Premio Cervantes, a quien los hijos de la posguerra y el primer tardofranquismo reverenciaron con un entusiasmo similar a la devoción que la generación anterior profesase por Ortega y Gasset, y al que hoy no podrían leer nuestros escolares, y aún menos muchos adultos a los que una frase subordinada –“larga y con final en cola de pescado”, como decía el mestre Josep Pla– causa fiebres y sudores fríos, que “toda conmemoración es, por su propia naturaleza, apologética”. Lo cual invalida por completo la posibilidad, incluida hasta la más remota y vaga, de que exista un serio devaneo crítico en la vida cultural oficial, además de comprometer la condición artística de todas las obras que suelen ser agraciadas (término nada inocente; la gracia es una merced, no un mérito) con esa lotería de Babilonia que siempre es un galardón literario. Decimos lotería a conciencia y sin huir de la interpretación irónica, pues ya se sabe que los sorteos del Estado (y sus asimilados y colonias) reparten un trigo que no es exactamente suyo a cambio de que el ungido con laurel predique alto y con poderoso entusiasmo lo que sea menester predicar. París, ya se sabe, bien merece soportar una misa.

Las Disidencias en The Objective.

El mal y otras catástrofes

carlosmarmol · 28 febrero, 2026 ·

Todos los grandes conceptos culturales encierran en su interior un misterio que, a lo largo del tiempo, que en este caso es también el curso de la historia, intentamos desentrañar. No sabemos quién es Dios –los creyentes otorgan verosimilitud a una ficción consoladora– y describimos a la muerte mediante una ausencia o negación –aquello que ya no está vivo– porque se trata de una experiencia individual e incomunicable. Algo similar sucede con el mal, cuyo arco semántico incluye desde las calamidades naturales o las desgracias personales a actos tan abyectos como el terrorismo, la tortura o la crueldad gratuita. Lo maligno, cuya representación alegórica dentro del paradigma occidental es el personaje diablo de la Biblia, señor de todas las pestes, es una invariante de la existencia que, lo que no deja de ser una paradoja, nunca deja de mutar. El mal medieval no es idéntico al de los modernos. Las desgracias antiguas difieren en su significado –aunque no en su capacidad quebranto– de las contemporáneas. Casi cabe decir que a través de la idea del mal y sus sucesivos cambios pueden reconstruirse las distintas edades del hombre.

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Ilustraciones: Daniel Rosell