La historia es generosa en paradojas extraordinarias, como que alguien que toda su vida intentó –sin excesivo éxito– obtener poder y notoriedad, acabe alcanzando ambas cosas y, casi setenta años después de su muerte, por una especie de obstinación, conserve una suerte de inmortalidad, aunque sea debido a la sangre ajena. Es el caso de Gonzalo Queipo de Llano, uno de los militares golpistas que participaron en el alzamiento del 18 de julio de 1936. Ocho décadas después, su figura sigue dividiendo en Andalucía a los partidarios de la memoria histórica y a los herederos de quienes vivieron (entre los vencedores) la Guerra Civil. Tras el traslado de los restos de Franco desde el Valle de los Caídos a Mingorrubio, donde reposan en una tumba del Estado, el enterramiento de Queipo, rival al tiempo que conmilitone del último dictador de todas las Españas, se ha convertido en la postrera anomalía de un tiempo en el que a los asesinos se les daba sepultura con todos los honores públicos, igual que a los antiguos condotieros italianos, en suelo consagrado.
Andalucía
Dos ‘diavolos’ en la carretera
«¡Un caballo, mi reino por un caballo!». Eso gritaba, en mitad del campo yermo, Ricardo III en la tragedia de Shakespeare. En la República Indígena, a falta de retórica tan ilustre, debemos conformarnos con una variante menor, mayormente vulgar: «¡Un coche compartido, mi dieta (parlamentaria) por un Blablacar!». Dos diputados, dos, uno naranja y otro morado, han dimitido en menos de una semana tras conocerse que ambos, con un sentido empresarial admirable, sacaban tajada económica de los viajecitos, cartas iban y venían, entre Jaén, Almería y las Cinco Llagas, donde cobraban envidiables gastos de desplazamiento -incluso sin desplazamiento- al mismo tiempo que arrendaban sus vehículos en internet. Economía colaborativa, lo llaman: pagamos todos; ellos se apropian de los beneficios. ¿Sorpresa? No.
Las Crónicas Indígenas en El Mundo.
La memoria reversible
Es costumbre atribuir a Aristóteles la frase que dice que el hombre es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios. En la República Indígena, reino de la doblez, tenemos una variante: los susánidas y los escabechistas, la misma cosa con máscaras diferentes, son esclavos de sus mentiras y señores de sus olvidos. No hay día sin un episodio que nos confirme esta máxima. Lo asombroso no es que ambas tribus políticas simulen una coherencia que no practican, sino que lo hagan poniendo carita de buenas personas. Tras la jubilosa exhumación de Franco, Su Peronísima (destronada) y la corte de San Vicente organizaron -aprovechando la visita del ministro Ábalos a Sevilla- una lacrimosa ante las murallas de la Macarena para decirnos que, consumada la expulsión del dictador de Cuelgamuros, el próximo debería ser Queipo de Llano, el militar genocida que reposa, con la connivencia de la Iglesia y la Hermandad de la Macarena, en la basílica de la virgen más reverenciada del orbe cristiano. ¡A buenas horas!
Las Crónicas Indígenas en El Mundo.
Andalucía y la herencia envenenada
Cicerón, el gran orador romano, decía que equivocarse es un hecho natural entre los hombres, pero persistir en el error es cosa de locos. La máxima puede aplicarse –sin riesgo– a las tres derechas que gobiernan Andalucía, que a unas semanas para las elecciones de noviembre se han encontrado con el inesperado rebrote de las protestas en demanda de mejoras sustanciales en la sanidad regional. El asunto es inquietante. En términos políticos es lo más parecido a una auténtica bomba de relojería. El deterioro de la sanidad andaluza, que comenzó cuando la socialista María Jesús Montero, ministra de Hacienda en funciones, era consejera de Salud, y continuó cuando pasó a ocuparse de los presupuestos regionales, es la primera de las causas, entre otras muchas, todas intrínsecas, que precipitaron la salida de los socialistas del Quirinale de San Telmo. Antes del fatídico adelanto electoral del 2D, que supuso el hundimiento del PSOE en el Sur, el malestar ciudadano ante los recortes asistenciales ya había provocado innumerables mareas blancas en todas las provincias andaluzas, algo nunca visto durante casi cuatro décadas de autonomía.
Los Cuadernos del Sur en La Vanguardia.
El fin es el principio
La política, en contra de lo que algunos creen, no es una línea recta, sino un circuito lleno de curvas donde el punto de salida suele coincidir con la meta. Que esta última estación término sea lo primero, o lo segundo, depende únicamente de la convención social que impere en cada momento. En la Marisma, donde los meandros mentales históricos impiden avanzar, esta ley se cumple de forma casi exacta. Fíjense, si no, en la autoenmienda que los escabechistas -sociedad en comandita del Reverendísimo Bonilla y el Adelantado Marín para gobernar Andalucía con un cambio que no es tal- han hecho a sus propios presupuestos, los primeros celebrados como la señal (milagrosa) de la famosa estabilidad institucional. El gran Chema Rodríguez lo ha contado en El Mundo y, en un ejercicio piadoso por el que se ha ganado el cielo, también ha iluminado a la leal (es un decir) oposición, que sigue en su particular nube.
Las Crónicas Indígenas en El Mundo.
