El español –decía Julio Camba, el maestro del periodismo gallego– es poco amigo de pensar, pero cuando piensa entonces no existe más opinión que la suya. Me acordaba de la frase el otro día cuando las gacetillas locales –los periódicos, al parecer, han muerto definitivamente– glosaban las primeras conversaciones que los grupos políticos del Ayuntamiento han iniciado en busca de un unicornio azul denominado Pacto por Sevilla: un acuerdo institucional para atenuar los males (casi bíblicos) que castigan a esta ciudad de pecados múltiples. La idea, según leo, parte de Juan Espadas, el portavoz socialista en la Plaza Nueva, que intenta marcarle el paso al alcalde –Zoido (Juan Ignacio)– con una oferta política propia, aunque sea sospechosamente similar a la que en el ámbito autonómico cada cierto tiempo plantea cuando se queda sin margen real de acción el político de turno. Griñán, en este caso. Todos aplican el mismo protocolo escolar: insistir en que es necesario firmar un acuerdo que dé la impresión a los ciudadanos de que los políticos piensan en sus problemas. Cándida ingenuidad.
Urbanismo
Un improbable regalo de Reyes
La antigua comisaría de la plaza de la Gavidia, uno de los escasísimos edificios del movimiento arquitectónico moderno en Sevilla, una ciudad mucho más dada a inventarse sin demasiado rigor su propia tradición arquitectónica que a acoger de buen grado experimentos ajenos, cumple ahora casi una década cerrada. Desde que el Ministerio del Interior la clausuró oficialmente hace un decenio (tras utilizarla durante demasiado tiempo sin invertir lo suficiente en su conservación) la estructura de este singular inmueble, que hasta 1992 fue la sede central del cuerpo nacional de seguridad en Sevilla, no ha hecho más que debilitarse, poniendo en peligro cada día que pasa su propia conservación, una tarea obligada al tratarse (aunque algunos ni siquiera lo sospechen) de un edificio con un alto valor patrimonial, reconocido además desde el punto de vista legal. Firme.
