No es propio de un concejal interestelar, como es el caso del edil de Urbanismo de Sevilla, Maximiliano Vílchez, convertirse en un rebelde, un antisistema, un anarquista. Mucho menos si lo hace en nombre de un gobierno de orden que, aunque perjura que no es de derechas ni de izquierdas, sino de Sevilla, bien mirado quizás no sea ninguna de las dos primeras cosas, pero tampoco la última. Y, sin embargo, sucede, que diría Neruda.
Urbanismo
El poblado ibero
No sé si se han fijado, pero de un tiempo a esta parte casi todas las exposiciones que se celebran en Sevilla están promovidas por la Caixa. Antes y ahora. El relativamente reciente redescubrimiento sevillano de la escultura urbana, que es una cosa muy vieja que viene de los clásicos, pero que teníamos bastante olvidada por estos pagos tan calurosos, se lo debemos, por ejemplo, a la institución catalana. En su día cedió a Monteseirín una serie de grandes piezas escultóricas –se dijo que muchas de ellas se compraron, pero nadie sabe exactamente dónde se guardaron– para que el ex regidor dispusiese del paisanaje cultural necesario para parecer europeo, sin serlo, cada vez que inauguraba alguna de las nuevas ágoras del centro, que él creía jalones de su gestión. Ejemplos de la nueva Atenas sevillana.
El caballero desesperado
Caballero viene del latín caballarius. Es el término que define a aquel que cabalga, ya sea a lomos de un rocín o de una mula. Igual da. La palabra se aplica también a las personas obstinadas que no se dejan persuadir. Éstos son los denominados caballeros en propósito, en empeño, en porfía o en opinión. Como la montura es lo que da nombre al personaje completo, el sustantivo se usa como sinónimo para los rasgos de nobleza. La hidalguía, que se decía en la España del Siglo de Oro; donde carecer de montura era una desgracia. Quizás por eso, porque sin el pedestal equino algunos se sienten como si les faltara algo, el alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido, ha decidido que él va a seguir montando a lomos de su propio corcel. Literal y metafóricamente.
El fin de la comedia
Tengas pleitos y los ganes, dice el refrán. Es justo lo que ha ocurrido. El Ayuntamiento de Sevilla ha vencido en el litigio judicial que desde 2006 mantenía con el Gobierno central por el control patrimonial de los terrenos del antiguo cauce fluvial de Los Gordales que, entre otros usos, permiten a la ciudad ubicar allí desde hace décadas el recinto de la Feria de Abril. La ciudad efímera de todas las primaveras.
La ley de la gravedad
Dos años después de la épica mayoría de los veinte empezamos a asumir la realidad. Ya era hora. El alcalde, cuyo mandato ha sobrepasado el ecuador, ha querido celebrar su segundo aniversario pidiendo más paciencia al respetable –que empieza a cansarse– y simulando dar un golpe en la mesa del urbanismo sevillano al anunciar una “actualización” del Plan General. No parece propio de alguien que lleva tanto tiempo en la Alcaldía incurrir en contradicciones de este tenor. El regidor hispalense se mueve como un péndulo: de un extremo al contrario sin dar señales de saber situarse en algún punto intermedio. Mala cosa.
La ciudad abrevadero
La retórica de la estampa sevillana identifica la felicidad en la tierra con la imagen de alguien sentado en un velador, con los amigos, una cerveza en la mano y, al fondo, el perfil de la Giralda sobre un cielo profundamente azul. De tal metáfora ha hecho tradición la estirpe –menor– de los costumbristas hispalenses, aquellos que se creen poetas a pesar de no haber escrito más que de cofradías y anuncios patrocinados de cerveza. Pues bien: todo esto es mentira. O mejor dicho: es una media verdad donde el exceso, tan sevillano, tiene una de sus más sólidas embajadas.
