Los políticos suelen decirle a la gente aquello que desean oír para llegar al poder y, una vez allí, terminan haciendo lo contrario. Entre las necesidades generales y las particulares, que básicamente son las suyas, no dudan: su interés está primero. Las generaciones más recientes de esta estirpe -hablamos de una clase endogámica que se perpetúa a sí misma- tienen además un pánico ancestral al riesgo. Sus mayores podían ser mejores o peores, ladrones u honrados, pero en mayor o menor medida asumían algún tipo de responsabilidad por sus actos. No es el caso de los benjamines: la posibilidad no ya de perder unas elecciones, sino de no gozar de la popularidad que ambicionan -que es toda- les convierte en conservadores prematuros. Si hay riesgo, hay vida (inteligente). Sin atrevimiento sólo cabe la rutina.
Las pensiones ‘low-cost’
Baroja dejó dicho que los españoles tienen una solución infalible para todos los problemas: ignorarlos. Se trata de una fórmula tan eficaz como terminal. Muerto el perro, ya no hay rabia que le sobreviva. La frase describe con milagrosa exactitud la conducta de nuestros políticos ante el último gran asunto nacional; obviando, claro está, el serial catalán. Se trata de la decisión del Gobierno de pedir un préstamo de 15.000 millones para pagar este año las pensiones. La decisión confirma los peores augurios: la Seguridad Social carece de fondos suficientes con los que asumir sus compromisos (a corto plazo) con los mutualistas públicos, que suman 8,6 millones de personas, el 18% de la población. Este jubiloso club consume el 40% del gasto social, según el presupuesto de 2017. Sus nóminas equivalen al 11% del PIB.
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Unamuno, un ‘punk’ contra el nacionalismo
Unamuno y el tiempo nunca se entendieron bien. Probablemente porque el escritor vasco, famoso por el hondo sentimiento de angustia que tenía ante la muerte, que no es más que las horas detenidas, el tiempo sin tiempo que a todos nos alcanza, era demasiado rotundo para entender la relatividad inherente a este concepto. El estilo literario de Unamuno, hijo de la retórica del español de entre siglos, no ha envejecido excesivamente bien. Sobre todo en comparación con algunos de sus coetáneos, como Baroja, que pese a sus críticos ha sido quien mejor ha soportado los castigos del calendario. La antirretórica, atributo del estilo barojiano, es el mejor conservante literario que existe. Y Unamuno, igual que Ortega y Gasset y otros titanes de lo que antes se conocía como pensamiento español, es retórica, divulgación rotunda, personalidad y categoría. Sus ideas, en cambio, se han conservado mejor que su prosa. Especialmente en lo que se refiere a la crisis española del 98, con la que la España actual puede establecer diversas analogías que, como tales, nunca son totalmente exactas.
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La Roma del ‘susanato’
La historia es la mejor maestra que existe. En la vida y en la política. Se atribuye a Edward Gibbon, el primer historiador moderno, la enseñanza de que las virtudes de la fortuna no perdonan a nada ni a nadie. Igual te sitúan en la cúspide (aparente) que pueden hacerte caer a un pozo negro. Todo depende de cómo sople el viento. Si es que sopla. El escritor británico, autor de un monumental relato en seis volúmenes sobre la decadencia y la caída del imperio romano, fue un consumado maestro en el arte de los augurios. Su sabiduría procedía de la observación y de la lectura atenta del pasado, que casi siempre se hace presente por analogía.
Feudalismo en Los Palacios
Los políticos indígenas, que no son precisamente una raza en peligro de extinción, sino que gozan de una salud envidiable, son seres muy apegados a los valores de la tierra. Tanto que no han abandonado, a estas alturas del siglo, su afición por el materialismo agrario. Hemos visto un ejemplo hace unos días en Los Palacios (Sevilla), donde los tres únicos concejales que le quedaban al PSOE en el Ayuntamiento, enfrentados a la dirección del partido en la localidad, se han exiliado voluntariamente al grupo mixto, abandonando la organización bajo la que se presentaron a las últimas elecciones municipales. Nada extraño. Los dimitidos, que seguirán como concejales no adscritos, mantienen un enconado litigio con la actual dirección local de los socialistas, que no levantan cabeza desde 2011, cuando, tras más de dos décadas y media de gobierno, tuvieron el mérito de llevar al Consistorio, y también a la Mancomunidad de Municipios del Bajo Guadalquivir, a la ruina más absoluta, previa pérdida de la Alcaldía.
