Ahí lo tienen: quieto, seco de carnes, enjuto. Con un leve estrabismo antiguo, perceptible a través de las negras gafas de pasta. Los viejos anteojos de siempre. Con el sombrero ladeado, como el Sam Spade de las novelas de Dashiell Hammett, una de sus pasiones, junto al whisky, favoritas. “Soy perezoso. Sólo aspiro a que me dejen en paz”, confesaba en una de esas encuestas apresuradas a las que a veces se someten los escritores para parecer condescendientes con los periodistas. Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909; Madrid, 1994), escribidor maldito y precursor –junto a Carpentier y Borges, acaso también con Rulfo– del celebérrimo boom de la literatura hispanoamericana, y por eso mismo descolgado –dada su condición de pionero– del fenómeno editorial que marcó la segunda mitad del pasado siglo en español, cumpliría un siglo si aún estuviese vivo. Cien años de incertidumbre.
Cortázar, el escritor pop
Toda la historia de la literatura, igual que el jazz, es una sucesión de variaciones alrededor del yo, un misterio con apenas dos letras. Para los clásicos el sujeto literario existe en la medida en que representa un arquetipo comunal. El Romanticismo, en cambio, convierte al individuo en el Dios de un mundo sin deidades. Los modernos dan el gran salto al vacío: la personalidad individual explota en una sucesión de fragmentos, igual que las estrellas de una lejana galaxia. Éste es el caso de Julio Cortázar, el escritor que mejor representa el espíritu cosmopolita de su generación, marcada por las utopías políticas y los desengaños vitales. En su obra todas estas teorías se desmienten y se afirman en un proceso simultáneo, conviviendo sin problemas.
Una crónica (disidente) para El Mundo.
Los adolescentes cachorros
El mecanismo narrativo de las películas de mafiosos está sumergido, oculto, lejos de la vista. En ellas no pasa nada hasta que -de repente- irrumpe la violencia: golpes, disparos, cristales rotos, el infierno. Al final, el silencio de los muertos. La política en la República Indígena sigue un modus operandi similar, aunque sin el rango excelso del arte. La guerra entre el militante Sánchez y Su Peronísima venía discurriendo hasta ahora en dos espacios paralelos: por un lado, las razzias orgánicas; por otro, el amedrentamiento institucional. Los ajusticiamientos ocurrían tras las cortinas del teatro. A días de la batalla definitiva, ambos planos empiezan a confundirse y las amenazas son directas. Lo hemos visto esta semana cuando la Reina de la Marisma ha entrado en un cuerpo a cuerpo con Celis, convertido -a última hora- en el embajador meridional del sanchismo. El director de los puertos andaluces dijo en la radio que Díaz va a las primarias sin convicción y que «su proyecto en Andalucía no está consolidado». Lo primero es cierto. Discutible nos parece lo segundo: la decadencia del peronismo rociero no se debe a la falta de consolidación, sino a la ausencia de sustancia.
Las Crónicas Indígenas del sábado en El Mundo.
¡El dragado ha muerto, Viva el dragado!
Sevilla es una ciudad donde el carácter suele estar en venta y los principios son un estorbo. Se preguntarán ustedes el porqué. Yo también. Algunos ilustres doctores en el arte de marinear por los círculos concéntricos de la estructura social sevillana, denominación que pertenece a Pepote Rodríguez de la Borbolla, según nos contó él mismo en una de las míticas entrevistas impertinentes -aquí termina el spam-, sostienen que no hay más remedio. Para prosperar aquí conviene que ser flexible. Mucho. Demasiado. Hasta arrastrarse. Para otros, en cambio, las mudas de opinión son un ejercicio de cobardía, una muestra evidente de interés fenicio.
La Noria del miércoles en El Mundo.
Puros, hermosos, inútiles
El sueño ha terminado. Podemos abandona definitivamente la regeneración transversal y se convierte en una fuerza neomarxista. Ellos, obviamente, no lo cuentan con estos términos. Tienen los suyos: hablan de construir un bloque político basado en el Poder Popular, concepto cuyo sentido no llegamos a entender por completo pero cuya orientación intuimos con cierta inquietud. Todos los poderes populares de la historia han terminado degenerando en caudillajes que, amparados en la representación ficcional del pueblo elegido, pretendieron adecuar la sociedad a sus deseos, que no es exactamente lo mismo que cambiar el mundo.
Los Aguafuertes del lunes en Crónica Global.
