Existen, con variantes, dos estilos de periodistas. Dos, digamos, estirpes. Una: la de aquellos que hablan de sí mismos y, por extensión, de sus amigos, que es otra forma redundante de hablar de uno. Gente que parece estar en el oficio de paso, aunque logren perdurar en el tiempo, con las miras siempre puestas en algún otro sitio, además de en su ombligo. A principios del pasado siglo, éstos eran los periodistas que ambicionaban dar el salto, vivir ese tránsito que consistía en ir desde el periódico a la política, entendida ésta como el ejercicio de un cargo. Igual que antaño se soñaba con ser gobernador civil, ahora hay quien aspira a ser dircom (director de comunicación) o pontificador de cuadrilla. Cuestión de sofisticación. Nombres diferentes para la misma conducta: ir por la vida haciendo lobby, soltanto la vieja frase aquella de «usted es que no sabe con quién está hablando» y mostrándose en los múltiples escenarios del lugar.
La presidenta multitarea
Su Peronísima está en plena fase mística. No molesten, por favor. Desde hace semanas anda silente y rodeada de extrañas contradicciones. Su estado anímico es similar al célebre poema de Teresa de Jesús donde la ilustre santa dice –en cada verso– una cosa y justo su contraria. Espera el momento de la ascensión definitiva. Pero, en su infinita bondad, ha querido hacernos saber, a través de los intermediarios habituales, que se va pero sin llegar a marcharse por completo. Exégesis necesaria: seguirá con mando absoluto en el Quirinale del Paseo de las Delicias, pero desplazándose todas las semanas a Ferraz. O viceversa. Tiene el don de la ubicuidad. Ha decidido ser una presidenta multitarea: dícese de aquella gobernante que no resuelve nada pero insiste en seguir controlándolo todo. Los ciudadanos deben estar preguntándose en este punto algo obvio: ¿Pero esta mujer ha gobernado en algún momento?
Las Crónicas Indígenas del sábado en El Mundo.
Hosteleros con rostro
Desde que a algunos políticos, incapaces de cambiar la realidad social de Andalucía, les dio por llamar empresarios a los dueños de los bares –toda la vida se les había considerado cantineros, que es un oficio dignísimo–, algunos de ellos empezaron a considerarse a sí mismos la crema y nata de la economía sevillana, los herederos locales de dinastías industriales equivalentes a la de los Ford o los Rotschild. Como los términos economía y sevillana son un oxímoron, igual que el pensamiento navarro al que aludía Baroja, convendría que algunos se bajaran del caballo y volvieran a la superficie terrestre. No es difícil: basta con quitarse la corbata de nudo gordo y olvidarse por un momento que en sus tarjetas de visita han escrito, obviamente en un arrebato de presunción, que son CEO (Chief Executive Officer).
La Noria del miércoles en El Mundo.
Apocalipsis, Año V
El difunto David Bowie, redescubierto por los más jóvenes tras su muerte, abría en 1972 el más grande de sus discos —The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars— con una canción titulada Five Years. Era el augurio de una distopía planetaria. Arropado por un cuarteto de cuerdas y un piano categórico, Bowie anunciaba que a la humanidad le quedaba apenas un lustro de plazo hasta su extinción. La Tierra estaba condenaba. Todo iba a saltar por los aires. El Armagedón no llegó, por fortuna, pero los apocalipsis cotidianos, que son los peores, se han sucedido sin cesar desde entonces en distintos tiempos y espacios.
Los Aguafuertes del lunes en Crónica Global.
Esquinas rotas y geografías tristes
Montevideo es una urbe extraña. Triste, brumosa, algo desvencijada. Con ese marcado e intenso olor a humedad que, en especial en el Río de la Plata, tiene todo aquello que está viejo no tanto por el mero paso del tiempo, sino porque acaso se haya usado en demasía. Montevideo sufre de a ratos, como diría Cortázar, los hondos males de la garúa(vocablo que viene del portugués, pero que desde hace décadas es término lunfardo; el código rotundo del tango) y padece cierta e injusta condición de periferia.
