Cuenta la filosofía popular, ésa que ha hecho de Cataluña una Europa en pequeño, salvo cuando prevalecen los habituales delirios tribales, que estaba ese prodigio del Ampurdán que fue Josep Pla, autor de la prosa más seductora que se ha escrito en España en mucho tiempo, orinando en un muro cuando uno de sus incondicionales se le acercó, intentó más o menos emularlo –miccionando también en la pared– y, sin respeto a las circunstancias, ni a la edad, ni al talante singular del escritor, le espetó:
El párrafo infinito
Algunos nos estamos quedando sin oficio. Otros ya no lo tienen. Muchos no lo han tenido nunca. Escribir, novelar, hacer periodismo, son actividades que han dejado de cotizarse en la vida real. Sólo se conjugan –como verbos muertos– en los libros. A quienes nos ganamos el pan –magro pero nuestro– con las palabras nos han condenado al exilio. La sentencia es: muerte o exilio permanente. No hay perspectivas. Ni horizonte. La ley de Murphy es exacta: todo va a peor. Escribir sólo sirve para certificar –ante uno y frente a los demás– el fracaso que siempre se había sospechado y que, en realidad, requería toda una vida de paciente espera.
La pulpería de Nicolás
“No ignoro que estos versos repugnarán a muchas personas porque hablan de negros y del pueblo”. No se equivocó. La maldita profecía se cumplía a diario. Existen muchas personas a las que –a estas alturas– les disgusta la poesía de Nicolás Guillén, cubano de Camagüey, en el centro mismo de la Isla, nacido en una fecha indeterminada –en realidad fue en 1902, pero eso importa poco– y pregonero de mulatos, prietos y sones. De Guillén siempre se ha dicho –para su mal– que era un escritor político, como si tal adjetivo restara valor a sus dotes líricas. Los más exaltados llegaron a llamarlo poeta panfletario. Es cierto que su ceguera ideológica –en realidad sus afectos– le hizo no cumplir con la obligación de contar ciertas cosas, no precisamente buenas, del régimen revolucionario que se hizo con el poder en Cuba en 1959. También es verdad que cometió el mismo pecado que Neruda: hacerle versos amables a Stalin. Pero ni una cosa ni la otra restan a su obra su gran mérito: transmitir la humanidad en su variante caribeña, que siempre es una humanidad cercana, derrochadora de vida, excesiva, sublime.
La triste monotonía
La diferencia esencial entre el peronismo (rociero) y la socialdemocracia consiste en que el primero basa su dominio en la tribu mientras que la segunda cree en la libertad de la sociedad. Obviamente, son conceptos incompatibles. No debe pues extrañar demasiado que el primero haya visto el dictamen de las urnas como un refrendo a las decisiones personales de la Reina de la Marisma, al contrario de lo que hubieran hecho los auténticos socialdemócratas, que habrían escuchado a sus conciudadanos. Sólo cinco días después del 26-J confirmamos, no sin cierto espanto, que Su Peronísima ha perdido la noción de la realidad hasta el punto de hacernos hasta caso, cosa que desde aquí, con el pie en el estribo, pero tan libres como el primer día -los muertos que vos matáis gozan de buena salud-, le agradecemos.
Las Crónicas Indígenas del viernes en El Mundo.
El infierno, tan temido
«En los negocios humanos existe una marea que, aprovechada cuando está en alza, conduce a la fortuna; pero, si es omitida, hace que esta vida esté circundada de bajíos y miserias. Flotando estamos en este mar». Shakespeare puso estas palabras en boca de Bruto, el traidor que instigó la conspiración contra Julio César. Las palabras del poeta inglés resultan exactas para explicar el impacto político del 26-J. Especialmente para Su Peronísima, que ha tropezado -puede que definitivamente- en su carrera hacia la cúspide de Ferraz. Disculpen la franqueza, pero lo diremos en términos indígenas para que se nos entienda: igual que una herida mortal por asta de toro, la cornada electoral que ayer recibió Susana Díaz tiene dos trayectorias.
Las Crónicas Indígenas del 26-J en El Mundo.
