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José Carlos Llop y el sagrado espíritu del ocio

carlosmarmol · 24 julio, 2026 ·

El tiempo, ese efebo que se hace viejo sólo un instante antes que nosotros, y que es de siempre, y que es de ahora, pasado que se fue y presente que todavía es, antes de dejar para siempre de serlo, ha situado a José Carlos Llop (Palma de Mallorca, 1956) en la cúspide de la setentena, una edad ilustre e inquietante por igual que sólo conocen aquellos afortunados a los que el vendaval de la vida todavía no ha podido someter por completo. Más que celebrar su cumpleaños –“¡Saravá!–, procede conmemorar aquí el fecundo espíritu de su obra literaria, que desde la periferia insular –la ciudad de Palma, que tan bien retrató en En la ciudad sumergida, y Mallorca, cuya topografía física en su caso es también sentimental– se ha convertido, gracias al tesón, la coherencia y a una cierta obstinación –una virtud en estos tiempos de conversiones súbitas–, en uno de los legados artísticos mejor conectados con las tradiciones culturales europeas. En los libros de Llop, que tocan todos los géneros de la prosa y el verso, a excepción del teatro, que únicamente ha cultivado de forma circunstancial con la obra La nit de Catalina Homar, palpita una singular mezcla de cosmopolitismo y de raigambre mediterránea.

Las Disidencias en Letra Global.

Miedos y odios (socialistas) en un Senado convertido en refugio

carlosmarmol · 24 julio, 2026 ·

Para describir el grado de sofisticación, y también la idea de hipocresía, de cualquier sociedad no existe nada mejor que observar a sus élites. En la Antigua Roma ocupar un puesto en el Senado exigía ser patricio o un plebeyo rico, tener rectitud moral y fortuna personal, poseer propiedades agrarias y urbanas, haber ejercido una magistratura pública, no dedicarse ni al comercio ni a la usura –actividades ambas prohibidas por ley– y no haber sido condenado por delitos graves, como dejar de pagar las deudas. A cambio, los romanos de tan insigne sanedrín podían vestir de púrpura para evidenciar su status, calzar sandalias rojas y lucir un anillo de oro. Los senadores –clarissimus– tenían espacios de honor reservados en el teatro y en el circo, no pagaban tributos municipales, ejercían en régimen de monopolio los cargos políticos más lucrativos y gozaban de un fuero particular. Un senador únicamente podía ser juzgado por otros senadores.

Los Cuadernos del Sur en La Vanguardia.

La Guerra Civil española: óleo de sangre sobre lienzo

carlosmarmol · 23 julio, 2026 ·

La historia de la cultura está llena de grandes ambiciones que duran un día y de (supuestas) gestas cuya reverberación no se extiende más allá de una semana. Véase el caso de las vanguardias: movimientos artísticos de vida breve y generosa prosopopeya que proponían refundar del mundo desde cero y alcanzar el infinito de la creación por esa vía, tan desahogada, de hacer tábula rasa con el pasado para crear una tradición de nueva planta. Sin despreciar la originalidad que estos ismos tuvieron en su día –el caso de los furiosos surrealistas quizás sea el más meritorio–, la mayoría de sus manifestaciones, incluso las que estuvieron concebidas con talento y un indudable encanto irónico, sólo pueden enjuiciarse ahora como un capítulo más, seductor pero pasajero, de la insigne arqueología de las artes. Hijas de un futuro que hace ya más de un siglo que es pretérito (sus manifiestos cantaban a la velocidad, elogiaban el poder de las máquinas y establecían las leyes de un porvenir glorioso), todas las vanguardias son hermosos objetos de museo.

Las Disidencias en The Objective.

Salvador Illa, los españoles malos y ‘els bons catalans’

carlosmarmol · 19 julio, 2026 ·

“A los cincuenta años cada uno tiene la cara exacta que se merece”. George Orwell, el escritor que, sin duda, mejor ha descrito nuestro presente (desde el pasado), anotó esta frase el 17 de abril de 1949 en un cuaderno durante su convalecencia en el sanatorio de Cranham. Menos de un año después, sin cumplir la fecha de su propio augurio, estaba muerto. Tuberculosis. ¿Qué quiso decir con esta reflexión? Que todas las vivencias, emociones y reacciones a los sucesos que nos depara la vida terminan fijándose, igual que hace un arado de madera al abrir surcos en la tierra, en nuestro rostro. Salvador Illa (La Roca del Vallés, 1966), exministro de Sanidad con Pedro Sánchez durante la pandemia y presidente de la Generalitat por la mínima, merced al apoyo (fenicio) de ERC y de los Comunes, tiene la cara de quien, sin hablar, parece decir lo mismo a todo el mundo: “Yo no he sido”. El suyo es un rostro en apariencia inofensivo, que parece expresar una disculpa continua o rogar la comprensión de todo aquel que se le acerca. Hay quien afirma que es un tipo afable y pacífico. Puede ser.

El Bestiarium en The Objective.

Sánchez y la paradoja (judicial) de Zenón de Elea

carlosmarmol · 18 julio, 2026 ·

El tiempo, que como escribió Quevedo nunca vuelve ni tropieza, avanza sin descanso por el sendero prefijado. Las sentencias condenatorias contra el entorno del Gran Insomne se suceden sin que, de momento, se divise un claro en el bosque infinito de sumarios, abogados, testigos, fiscales, reos y pruebas que, en lo esencial, vienen a dar la razón –como era previsible– al trabajo de los jueces instructores. Hay quien afirma que el cerco judicial contra Sánchez se estrecha. Sería mucho más correcto describir la situación de otra manera: la verdad, sencillamente, emerge. Y no es nada bonita. Si alguien rodea al inquilino de la Moncloa no es un ejército de golpistas, como ha dicho nuestro desahogado ministro de Transportes, que hace escaso honor al literal de su apellido (Puente) y acaso sea el representante perfecto del servilismo cesarista que se ha instalado, desde hace ocho años, en la cúspide de un PSOE sin contrapesos democráticos, largocaballerista, cuyas menguantes bases –tan responsables como sus dirigentes de la actual deriva populista– no reaccionan ante el principio de realidad y se refugian en la demagogia para justificar la constante lluvia de sentencias judiciales.

Las Crónicas Indígenas en The Objective.

Kafka y sus traductores

carlosmarmol · 17 julio, 2026 ·

Si la traducción, ese arte secreto, solitario y sin laureles que impide que muchos lectores nos sintamos huérfanos y, lo que es peor, confinados en ese estrecho territorio, generalmente insular, de las literaturas escritas en las respectivas lenguas maternas, que a partir del siglo XIX, merced al surgimiento de los nacionalismos culturales, empequeñecieron el arte y a sus autores al clasificarlos en función de su lugar de nacimiento, o de su idioma, cercenando así la condición universal que siempre tuvo la poesía entre los clásicos, se parece a algo es a un largo tornaviaje. El autor hace la singladura de ida y corresponde al traductor encontrar el camino de vuelta para terminar en un puerto que no es el mismo, pero sí semejante.Salvo para quienes dominan a fondo otro idioma –no basta con hablarlo y escribirlo; la lectura en una lengua ajena requiere distinguir un sinfín de matices y saber percibir los efectos de la escritura artística– todos necesitamos de ese puente maravilloso que es la traslación literaria. En realidad, traducir literatura consiste en una forma de reescritura porque, como ya explicase Borges, dos palabras no significan nunca lo mismo, incluso en un mismo idioma: “Es español” –aseveró– “no es lo mismo decir que algo es azul que calificarlo de azuloso o azulado”.

Las Disidencias en The Objective.

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Ilustraciones: Daniel Rosell