Se dice de los poetas: personajes sin juicio, con escaso seso y sorbidos por la literatura, como Alonso Quijano. Gente con un inefable sentimiento que los conduce, como si su caminar discurriera por el sendero de un erial, hacia el sufrimiento, la bilis, el desconsuelo, la amargura más negra. Al abandono, destinados están, los hacedores de libros. Los literatos tienen fama de sufridores ilógicos. Ellos mismos se ven como reos, cautivos por las cadenas que Baudelaire fijó –para siempre– en su Spleen de París. Es el hastío, como un túmulo de media tarde en cualquier cementerio de provincias o la muerte, como una nube que pasa.
Disidencias
Gardel, el poeta
La historia, esa maldita dama que transforma las cosas en función de su capricho, nunca del nuestro, resucita estos días la figura del más grande cantante de tangos que han visto los siglos pasados y verán los venideros: Carlos Gardel, el poeta. De su naturaleza lírica no cabe duda. Lo dice el callejero de la calle Suipacha, el Buenos Aires arbolado de las esquinas, el arrabal convertido en pieza de ficción sentimental. Como todos los grandes poetas, Gardel vivía el desconsuelo de estar vivo, ese desengaño que consiste en levantarse todos los días sin motivo para certificar –nada más hacerlo– que más valdría no haber salido de la cama. En unos tiempos en los que los poetas dan por sentado que son verdaderos genios –incluidos los vates de provincias, que son los más pesados de la tribu– resulta no sólo gratificante, sino pertinente volver los ojos sobre el gran mito popular del Buenos Aires idealizado de principios del pasado siglo.
Tango de vuelta
Algunas mujeres son como paraísos turbios. Nunca se saben si son una salvación o una condena. Hay mujeres que uno intuye pero no comprende. Féminas a las que se ama por su capacidad para apaciguar ese sonajero que todos llevamos dentro y todavía llamamos alma. De lo femenino existen tratados y abundante literatura –más o menos galante– que ciertos hombres, enamorados o desengañados, que viene a ser lo mismo, porque ambas cosas son preludios sucesivos, han ido escribiendo a lo largo de la historia. También lo han hecho, por supuesto, las propias mujeres. Pero, al igual que los mejores retratos sobre lo masculino proceden de su anverso, el dibujo de lo femenino adquiere un color diferencial cuando lo firma un escritor en vez de una escritora. Son cosas que ocurren: uno no puede decirlo todo de uno mismo sin faltar, en algún momento, a la verdad.
Fe de erratas
No existe, salvo milagros contados, libro, periódico, revista o publicación impresa sin su ración de erratas. Los malpensados creen que son las hijas de la torpeza del escritor, errores de escritura del arriba firmante. No les falta algo razón, aunque sea sólo una parte de todas las causas posibles. Las erratas son consecuencia de una transcripción apresurada, de reescrituras que empeoran lo ya escrito, el fruto agrio de las habituales confusiones ante la máquina de escribir que llamamos ordenador. Son como las heridas que llevan los libros en la piel. Cicatrizan cuando el lector es piadoso. Cuando no nos da este gusto se vuelven costurones en la mejilla de un libro, al que arruinan el rostro, la imagen, la carrera –si es que los libros todavía van a alguna parte– y cualquier estimación posible.
Barojiana (obituario sostenido)
La muerte de un gran escritor es la excusa perfecta para escribir sobre literatura. Sirve, por ejemplo, para darse golpes en el pecho. Y también permite, en caso de necesidad, revolcarse en la arena de una playa desconocida lanzando carcajadas. Reírse de la muerte, igual que de tantas otras cosas de la vida, es una costumbre saludable. Incluso aunque sea en el último instante. Otros, en semejante trance, prefieren blasfemar. La elección individual la determina el carácter. Supongo que la última aspiración de un escribano difunto debe ser burlarse de su propio deceso. Sobre todo cuando tu obra se ha convertido en el abono del árbol muerto que servirá para que crezca otro. No se puede dejar mejor herencia: prolongar la condena –que también es paraíso– de la escritura en los demás.
