Creer en una nación es sencillo: consiste en tener fe ciega en un determinado relato de la historia, generalmente manipulado. Sevilla debe ser una nación no declarada, sin ningún estatuto que la avale, porque sin creer excesivamente en sí misma -para hacerlo tendría que ser capaz de mirarse de cuerpo entero en el espejo del desencanto- no deja ni un solo día de reivindicarse con la intensidad de las viejas aldeas, encerradas en un bucle infinito. Es un mal parecido al del Kurtz de Conrad: ¡el horror!
La Noria
La democracia aérea
JOSEP PLA escribió que la Segunda República española empezó con un gobierno liberal a la francesa, que creía en los negocios y en el confort burgués, encarnación de la Tercera España fallida de Chaves Nogales, y terminó convertida en un régimen populista. Llegó tras unas elecciones locales.Desde entonces nuestra cultura política cree que los comicios municipales son un termómetro social infalible. Es cierto. Antes de un terremoto se producen temblores previos, avisos. En política son las tendencias de voto.
Elogio del periodismo indígena
[Los marineros toman el barco]
“¿Quién es más feliz, el que se ha enfrentado a la tormenta de la vida y ha vivido o el que se ha quedado en la seguridad de la orilla y se ha limitado a existir?”.
Hunter S. Thompson. The Proud Highway.
Saludos jacobinos.
Bienvenidos a la Facultad de Comunicación, antes llamada Facultad de Periodismo. Por cierto, ¿Por qué diablos le cambiaron el nombre? ¿Era acaso un mal augurio? La muerte comienza por un deceso terminológico. Después viene el asesinato conceptual. Por último llega el silencio. Hunter S. Thompson, un periodista al que si todavía no han leído deberían comenzar a devorar de inmediato, sostenía allá por los años sesenta que el fin (del periodismo) era inevitable. Ha llovido mucho desde entonces. Pero sí, quizás estamos ya con el pie definitivamente en el estribo, que diría Cervantes, que a su manera era otro periodista prematuro, de antes del periodismo.
Altadis, los dichos y los hechos
Era cuestión de esperar. El augurio estaba escrito. Por el cauce habitual de la filtración interesada (e inexacta) el alcalde ha anunciado esta semana un principio de acuerdo con Altadis para recalificar los terrenos de su fábrica en Los Remedios. La operación se pinta como un logro del regidor, se supedita a la autorización de la Junta (dentro de la estrategia del gobierno local de culpar a los demás de su incapacidad) y, de postre, se adoba con un llamativo detalle cofrade –la salvación de la capilla de Las Cigarreras– para que nadie ose discutir la gesta.
La Sevilla de Ocaña
Stevenson lo dejó escrito de forma muy hermosa. “No pido riquezas, ni esperanzas, ni amor, ni un amigo que me comprenda; todo lo que pido es el cielo sobre mí y un camino para mis pies”. No se me ocurre mejor definición de la libertad, el viento caprichoso que mueve toda nuestra existencia. La libertad tiene un alto precio: la incomprensión. Y un coste terrible: la soledad. De ambas debió aprender bastante Ocaña, el heterodoxo pintor de Cantillana, uno de esos sevillanos extraños que el azar insiste en poner en el sitio equivocado en el momento más inoportuno. ¿O acaso no sea su historia exactamente así?
La industria de la aldea
Sir Francis Bacon decía que los viajes, durante la juventud, son una parte de la educación, mientras que en la vejez constituyen una prueba de la experiencia. Si fuera cierto, cosa que a nosotros nos parece indudable, bien podría decirse que en Sevilla no tenemos demasiadas letras ni la experiencia, al contrario de lo que dice el refrán, es siempre un grado. Por lo habitual, en esta ciudad se viaja poco y mal. Hasta hace unas décadas nuestras élites apenas si salían de los estrictos límites hispalenses. Ahora, cuando las nuevas generaciones se marchan a buscar el incierto futuro fuera a falta de sustento patrio, se viaja por obligación, igual que si fuera una condena. Alejarse de Sevilla para crecer en lo personal y profesional, un cursus honorum que todos deberíamos hacer al menos una vez en la vida, sigue viéndose como una maldición en lugar de como un regalo que nos permite aprender, comparar las enseñanzas adquiridas y reformular nuestra propia idea del terruño.
