Es seguro. Casi ninguno respondería si nos oyeran decir su nombre. Por prevención ante la ley o por una simple cuestión de carácter. Lo suyo era otra raza. Mejor usar un mote, un apodo. Ser apenas una sombra. Dioses negros encarnados en la piel de sencillos aparceros, jornaleros, contrabandistas. Buscavidas, balas perdidas, vagabundos. Carne de cañón. Su origen exacto no siempre está claro. Su pasado acostumbra a ser difuso, cuando no inquietante. Mejor así: todo facilita la leyenda. Procedían de un mundo antiguo, comunal. Viejo y raro. Trasterrado, reinventado una y mil veces en otros espacios: las cabañas de las plantaciones, las celdas de los presidios, oxidadas estaciones con trenes herrumbrosos a punto de salir, decrépitos almacenes de ladrillo roto, depósitos de material desfasado.
Literatura
Max: el periodista 1.176
Lección primera: “Un periodista no puede quedar a merced de la primera autoridad que se sienta agraviada por sus escritos”. Miguel Delibes dejó esculpido este principio, esencial en el oficio, en una carta que redactó en defensa de Manuel Fernández Areal, al que en 1964 le hicieron un consejo de guerra en Valladolid por proponer en un artículo la reducción del servicio militar. Entonces estaba en la cima: había sido la cabeza visible de El Norte de Castilla, el periódico en el que entró como dibujante un día extraño de 1941 y que, con intervalos, dirigió hasta en dos ocasiones (primero de forma interina; después con todos los honores) y donde hizo de todo. Entre otras cosas, cobijar y formar a periodistas que después hicieron época, como Manuel Leguineche, César Alonso de los Ríos o Francisco Umbral. Instituciones del periodismo español.
Estampas sobre el delirio
Se tienen que tener las cosas muy claras para mandar al diablo la teoría de la pirámide invertida. Cinco preguntas no sirven para contar la verdad. Tomás Eloy Martínez (Tucumán, 1934-Buenos Aires, 2010) hizo este ejercicio disidente con grata rebeldía y pertinaz vocación. ¿Beneficiarios? Sus lectores, a los que nos deja buenas novelas y un soberbio corpus de artículos y crónicas de nuevo periodismo –el de siempre: andar y contar– donde los recursos literarios, las licencias, no tienen otra misión que decirte lo que pasa. Señores, el periodismo es una cosa seria.
El amor es un perro del infierno
Probablemente no fuera Dios, salvo que Dios sea un borracho de suburbio. Más bien se asemejaría a su opuesto: un sindiós. Un outsider. Pero, al igual que ocurre con Dylan (que no era santo de su devoción), a veces tiene un cierto aire. Alguna semejanza. Por fuera se nos presenta como una especie de deidad tronante. En la intimidad posiblemente fuera sólo un hombre tierno, horrorizado ante la vida. Charles Henry Bukowski Junior (Andernach, 1920-Los Ángeles, 1994), Hank para los amigos, Chinaski para todos los demás, que dejó un epitafio entre lacónico y ambiguo –Don’t try [Ni lo intentes]–, resucita quince años después de su muerte por leucemia en Los Ángeles, su ciudad, su universo, gracias a la reedición de dos de sus míticos volumenes de poemas, inéditos en español, y a la salida de imprenta de una miscelánea de textos que rescatan relatos, artículos, memorias y destellos de su sentido de la escritura, marcada por la efectividad y por su brutal sinceridad. Lírico y crudo. Sin medias tintas.
Liberalismo patrio
El escritor peruano Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936) no cree en los mundos perfectos. Toda una paradoja si se tiene en cuenta que su concepción de la novela es la de un demiurgo: alguien que distribuye la trama, los recursos técnicos, el estilo y la cadencia del relato en función del efecto preciso que pretende casuar. Su visión de la realidad, en especial en lo que se refiere al poliedro político que es su patria, ha discurrido casi siempre por meandros y caminos irregulares, pues de tal condición son los senderos americanos, donde la línea recta, salvo en el Norte, es una ilusión óptica. Su nueva colección de artículos y ensayos, que la editorial Aguilar trae ahora a las librerías bajo el título de Sables y Utopías, versa sobre los vaivenes del destino en ese ancho y ajeno subcontinente que es América Latina. La tierra de la libertad. Donde su conquista resulta tan complicada. Casi imposible.
