Cuando el destino y el tiempo, que casi todo lo gobiernan, hizo pasar a mejor vida (o al vacío, tan previsible) a Fernando Pessoa, el poeta lisboeta, Saramago, que le puso el nombre de uno de sus múltiples heterónimos a la que quizás sea su mejor novela –El año de la muerte de Ricardo Reis–, escribió que el extraño vate del abrigo y las gafas, aquel oficinista solterón con cierto aire de inglés perdido por las calles de Baixa, murió “casi ignorado por las multitudes”. Decididamente, no ha sido su caso. Saramago fallece dejando atrás el máximo galardón de las letras públicas –el Nobel, tan certero en unas ocasiones como ciego en otras– y a un ejército de aduladores, admiradores y cofrades que consideran que en su obra vienen a encerrarse las claves de una forma de entender el mundo basada en cierto concepto del compromiso político y moral. ¿Literatura? Parece una cuestión secundaria.
Literatura
Extravíos y carreteras secundarias
Es prácticamente un milagro. ¿Qué cosa? Pues que en estos tiempos de turismo de masas, low cost y ofertas last minute, cuando algunos creen que viajar consiste en hacer excursiones regladas, todavía sobreviva un digno representante de la vieja estirpe del viajero ilustrado. No deja de ser tan extraño como maravilloso. Ya saben: alguien que deja sin dolor, más bien con cierta alegría, el supuesto hogar –si es que existen las patrias– y se marcha, generalmente solo, y con un mísero billete de ida o una bolsa de ropa vieja, a cumplir con el hermoso sueño que algunos, casi todos, tuvimos de niños: poner de pie un punto en el mapa. Ser capaz de representar físicamente lo que hasta entonces no era más que un nombre. Un sitio cualquiera. Un espacio desconocido.
Elogio del soldado, menosprecio de retaguardia
Los relatos sobre la Guerra Civil componen una compleja y extraña partitura en la que las notas, en algunos casos bajo la forma del ruido estridente, tienen tanta importancia como los silencios. Ambos cuentan. La narración oficial del conflicto, que los ganadores presentaron como una cruzada, es un primer movimiento de tono wagneriano, obsesionado con justificar la rebelión militar y obviar las escenas de exterminio sistemático. Los perdedores, primero en el exilio, y mucho más tarde gracias a la restauración de la democracia formal que gobierna España, desarrollaron sus propios argumentos en una segunda pieza, en la que se rinde tributo a los caídos ante el fascismo y a aquellos que tuvieron que marcharse huyendo de un régimen asesino, cerril y bendecido por la Iglesia católica. Los testimonios de la tercera España, entre ellos los deslumbrantes textos de Chaves Nogales, no han podido llegar a las academias, los foros y las librerías hasta demasiadas décadas más tarde. En ellos se cuenta la Guerra Civil más amarga: la de quienes se sabían perdedores ganasen unos u otros.
Una crónica para elmundo.es.
Arturo Barea, presente histórico
Ian Gibson es irlandés de nacimiento, hispanista por vocación y un consumado ironista que, a la manera de Bernard Shaw, su paisano insular, recurre a la sonrisa para quitarle trascendencia a una vida que, como escribió su admirado Federico García Lorca en la Oda a Walt Whitman, «no es noble, ni buena, ni sagrada». Especialmente si acontece entre los dos paréntesis de horror que encierran cualquier guerra civil. Por ejemplo, la española. Entre el despiste fingido y la sobria inteligencia de los sabios, como intimidado por los micrófonos inalámbricos que quisieron ponerle en la cabeza para hablar en público, el escritor, vecino de Lavapiés, dedicó hoy su intervención en el ciclo Letras en Sevilla organizado por la Fundación Cajasol a hacer una lectura comentada de La forja de un rebelde, la trilogía que Arturo Barea, escritor sin academia, dedicó a contar su visión -en primera persona- de la Guerra Civil.
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La conciencia de la guerra civil
«La Guerra Civil fue todo menos simple». Con esta frase el historiador Juan Pablo Fusi, uno de los nombres claves de la investigación académica sobre nuestro pasado más reciente, catedrático de la Universidad Complutense, discípulo del insigne Raymond Carr, premio Montaigne de ensayo europeo, inauguró hoy el ciclo Letras en Sevilla, organizado por la Fundación Cajasol, que empezó con la mala noticia de la ausencia -por enfermedad- que uno de los más esperados participantes: el británico Paul Preston. Su ausencia en estas jornadas, coordinadas por Arturo Pérez Reverte y Jesús Vigorra, se cubrirá con un homenaje a la labor de los hispanistas británicos por su contribución al relato de la historia de España, que -según Reverte- «debe quitarse a los políticos y ser devuelta a los historiadores».
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