El idioma, como todas las cosas verdaderamente grandes, es un caudal en el que ningún poder –salvo el individual– puede meter la mano. Los dueños del lenguaje somos todos. Uno a uno. La fuerza de cualquier lengua radica en la suma anónima. El alfabeto con el que escribimos tiene letras limitadas. Las combinaciones fónicas con las que pronunciamos las palabras que expresan nuestra personalidad están restringidas a un número finito. Pero gracias a la ley de la combinación, que multiplica las opciones, la lengua es una herramienta más efectiva que cualquier imperio: comunica nuestra identidad a los demás y nos permite ordenar el mundo. Tanto para comprenderlo como para rechazarlo.
Literatura
París, hacia 1920
La última vez que estuve en París buscaba a una persona que se llamaba igual que yo. Idéntico nombre, edad aproximada y un rostro similar. La búsqueda se había iniciado, muchos años antes, al Sur, muy cerca de África. Y terminó, con el pretexto de unas vacaciones de invierno, en la capital francesa, que entonces me pareció gigantesca, más inmensa e inabarcable que la primera vez que la pisé. París ha sido desde entonces un refugio recurrente, el espacio de la búsqueda. Uno se escapa a sus calles en cuanto tiene ocasión y el dinero –ese capricho que gobierna nuestro destino– lo permite. Como mínimo, una vez cada bienio. Siempre se regresa con la misma satisfacción: el placer renovado de que los sueños, pese a todas las evidencias, todavía son posibles.
El hogar de las palabras
Cuenta Francisco Umbral en La noche que llegué al Café Gijón (Destino), uno de sus mejores libros de memorias, que en realidad recrea de nuevo la misma autoficción de siempre, que entre la fauna de escritores, literatos, creídos, actores, vividores, mujeres liberadas, lésbicas sorprendentes, homosexuales pronunciados y prohombres que pululaban en aquel entonces por sus mesas con tapas de mármol, buscando el éxito en el mismo Madrid donde el escritor perseguía el Parnaso por el procedimiento rupestre de aporrear las teclas de una máquina de escribir –“mi ametralladora”, decía imitando, sin decirlo, a Bukowski–, que había un personaje singular llamado Eusebio García Luengo o algo así, aunque el nombre no importa demasiado.
Las horas de Josep Pla
La sabiduría, como los buenos alimentos, es una cuestión que lleva su tiempo. No se adquiere de la noche a la mañana. Por el contrario, es resultado de la lenta maceración de los días, las arduas lecturas, la contemplación y una propensión especial –vicio nada frecuente– a lo que podríamos llamar la curiosidad de los impertinentes. Esto es: el interés por cualquier cosa que resulte desconocida. Dicho en términos negativos: el odio hacia las orejeras mentales. En un mundo donde la prepotencia y la soberbia de los ignorantes son la norma habitual, y casi diríamos que también una fe profana e indestructible, relativizar las cosas, hacer una pausa antes de emitir cualquier juicio, es un ejercicio de agradecer, sobre todo cuando el resultado resulta ser un bordado de prosa amena, alejada de las habituales perdiciones egocéntricas.
El tiempo, la ausencia, el pincel
De vez en cuando la vida nos gasta una broma y nos devuelve de golpe al tiempo de las alergias y los veranos infinitos. A la infancia, esa niñez que todavía, en contra de nuestra voluntad, aún llevamos dentro. De esos años pretéritos los recuerdos empiezan ya a ser vagos, efímeros, imposibles. Supongo que éste es uno de los síntomas de que nuestra memoria, castigada durante años con tareas absurdas, comienza a fallar. O quizás sea sólo selección natural: nuestra mente olvida lo malo y retiene con avaricia los buenos recuerdos. La memoria de los niños que fuimos para algunos es un refugio diminuto donde cobijarse ante el miedo, el espanto, de crecer. Uno siempre ha pensado que a la infancia, como dice una canción de Serrat, la mata el tiempo y la ausencia, pero de repente la vida te descubre momentos en los que vuelves a ser sólo tu nombre de pila, sin el peso de tus apellidos, que resumen tu historia familiar, esa historia que en realidad no te pertenece, porque es fruto de gestas o fracasos ajenos, y tú sólo tienes los tuyos, que son de los que debes sentirte orgulloso o decepcionado.
