Los grandes hombres son aquellos que cambian el rumbo de las cosas y dividen en dos a la historia. Al menos, eso dice cierta tradición historiográfica que acostumbra a mezclar la biografía de algunos con las crónicas de todos. O lo que es lo mismo: que prefiere contar la historia común a través de la vida de sólo unos pocos. Se trata de un error extendido y frecuente éste de analizar a los pueblos a partir de la vida de un único individuo. Suele dar resultados parciales, poco rigurosos en términos académicos, pero es mucho más simple y, muchas veces, más rentable desde el punto de vista estrictamente comercial. También resulta más atractivo para aquellos que son aficionados al convencimiento fácil.
Literatura
Literaturas académicas
Los ensayos académicos suelen ser losas pesadas, troncos a los que hincarles el diente, por muy afilada que creamos tener la dentadura, no resulta agradable y rara vez es un ejercicio gratificante. Digamos que este tipo de libros son cualquier cosa menos libros felices. El esfuerzo al que obliga la mordida –dícese del sacrificio intelectual que implica desentrañar un manual lleno de citas ajenas y escasa aportación propia– puede equiparase a los mitológicos trabajos de Hércules. O a las míticas fundaciones de las urbes imaginarias, de las que tan buena literatura hicieron Calvino, Onetti o García Márquez, por poner algunos ejemplos.
El rey de la tribu
Las sociedades humanas tienen una tendencia innata a coronar a uno de sus miembros. Ocurre cíclicamente. Sin cesar. A veces no es una tendencia colectiva, sino una patología individual: uno de la tribu se entroniza a sí mismo como líder del grupo, o se designa cabecilla supremo para satisfacer los deseos del antropoide que llevamos dentro, ese otro yo que suele guiar nuestros actos, dicta nuestras emociones y describe nuestros comportamientos.
El hombre terrestre
Mario Benedetti editó hace lustros una antología poética con Alianza en la que reúne bajo un mismo techo todos sus poemas dedicados a la rutina. Es uno de mis libros de cabecera. Sacar poesía contemporánea a la cotidianeidad es una tarea ardua, difícil, casi imposible; diríamos que incluso heroica. Quien lo intenta suele caer, y dejarnos caer a los lectores, en las garras del aburrimiento. Hacer literatura de la calle que pisamos, del guiso diario, del trabajo de las oficinas o de las horas vacías de los talleres es un sueño casi tan antiguo como la propia literatura, cuyo canto siempre se supone trascendente pero puede ser tan terrestre como la famosa cebolla a la que Pablo Neruda dedicó su célebre oda.
De los estilos literarios
Tener un discurso literario consiste, entre otros factores, en provocar extrañamiento. El escritor es el estilo y el estilo debería diferenciar al escritor de los meros redactores de palabras, escritos, artículos de opinión y aficionados a pasar a la inexistente posteridad contándonos su vida bajo el castigo de una novela primeriza. El estilo es un ritmo mental. Está dentro de la cabeza y, a veces, sale de paseo por el folio en blanco. Escribir es contar de forma personal, unívoca, distinta, limpiando el idioma de las expresiones comunes o haciendo con éstas el milagro de resucitarlas.
