Leo en la prensa las crónicas de un espectáculo que algunos llaman fiesta literaria. Se ha celebrado en el Queen´s Elisabeth Hall de Londres. Tres grandes escritores –Vargas Llosa, Umberto Eco, Salman Rushdie– leían en público fragmentos de sus últimas novelas. Las asistencia, que tenía algo de evento circense, por aquello de ver a las fieras encerradas en una jaula (de oro) y con cierta falsa actitud de gente razonable, fue masiva. Tratándose de un espectáculo que consistía en tres señores que sólo declamaban sus textos tiene mérito que congregase, según las reseñas, a más de mil personas bajo el mismo techo. Sobre todo si reparamos en que el asunto, por supuesto, era de pago: 1.500 pesetas, igual que los libros recién publicados de los tres protagonistas y mucho menos que sus obras previas, sobre todo si se adquieren en formato de bolsillo.
Literatura
El alfabeto de Umbral
Umbral, ya se ha escrito aquí alguna que otra vez, hace tiempo que no arriesga, que va a lo seguro y que gusta, esencialmente, de repetirse –lo ha hecho siempre, pero antes lo disimulaba con maestría– y repetirnos lo mismo: las cantinelas de su ego, que cada vez son más las crónicas de sus fobias que otra cosa. El maestro que fue se evaporó hace mucho tiempo, instalándose en el plácido territorio del aburguesamiento literario. Ahora publica uno de los nuevos diccionarios de autor que edita Planeta. Ya han salido tres –magníficos– relativos a la Historia (José María Valverde), la Política (Eduardo Haro Tecglen), la Filosofía (Fernando Savater) y las Artes (Félix de Azúa).
El malabarista del silencio
Se cumplen ahora diez años de la muerte de Italo Calvino, un escritor italiano nacido en La Habana, cuyos dos asideros vitales fueron la fábula y la ironía. Su estilo, sobrio, elegante, es de los que no hemos vuelto a leer nunca más por firma interpuesta. No es raro: Calvino era único. Le gustaban los anacronismos expresivos, la conspiraciones imaginativas, el malabarismo del silencio, los artificios engendrados gracias al ingenio y los aspectos insólitos del ser humano, ese animal que recubre con hojarasca psicológica aquello que quiere ocultar, que siempre es lo mismo: su propio desamparo.
Días contados
Del periodismo como género literario se han escrito tantas sandeces (ésta es sólo una más) que uno no puede resistirse a incrementar la lista. Ser original, en esto, como en cualquier otro campo del saber, resulta imposible porque, como nos enseñaron los clásicos, en la aparente originalidad no reside la semilla ni de la literatura ni de ninguna de las artes. Todo es plagio creativo. Lo diferencial es el tratamiento, la forma, el estilo con el que se plagia.
La isla final
El ensayo literario no es un género fácil. Se aleja bastante de lo que pudiéramos llamar literatura accesible al lector medio. Suele hacerse, casi siempre, por y para especialistas. Y practica, con frecuencia, los tres grandes pecados de lo académico: pesadez estilística, excesiva erudición y detallismo huero. Por eso cuando uno encuentra un libro sobre literatura que le descubre senderos desconocidos o ciertas facetas de un estilo –un escritor no es más que un arquitecto verbal– no puede sino pellizcarse en prevención de que tal inusual descubrimiento sea incierto, inverosímil o irreal. Un espejismo provocado, como le sucedía a Alonso Quijano, por las excesivas horas de lectura robadas al sueño.
