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Literatura

Dylan, el regreso del Caballero Negro

carlosmarmol · 10 marzo, 2023 ·

“Las canciones son como los sueños: debes luchar por hacerlas realidad”. A finales de los años ochenta, meses antes del cambio de década, después de tres décadas sobre los escenarios, tras pasar en unos años desde las mesas desvencijadas del Café Wha –uno de los templos del Village de los sesenta, lleno de beatniks y ratas– a llenar teatros, vender millones de discos, amasar una fortuna, mandar a la mierda a su público, retirarse, enseñar ante una inmensa multitud de desconocidos sus heridas más íntimas y asombrar al mundo, Bob Dylan sentía que la vieja carretera había llegado a su punto final: estaba exactamente en ninguna parte. Se había convertido en una efigie. Santificado en vida, era el mármol (sagrado, pero gélido) de una estatua. Abusaba del alcohol y del tabaco. Su vida sentimental derrapaba y, aunque vivía rodeado de oro, con granjas y barcos, su ánimo equivalía al de un ermitaño. Publicaba discos y hacía tours con amigos –Tom Petty & The Heartbreakers, The Traveling Wilburys o Grateful Dead–, aunque se sentía “congelado en el tiempo secular de un museo”. Era tan inmortal como Homero, pero sus hexámetros evocaban la epopeya de unos días difuntos. Igual que Rimbaud, a medidos de los sesenta alcanzó el fuego sagrado de los dioses, pero, cual némesis del poeta de Charleville, había cometido dos errores imperdonables: no se había muerto ni retirado y su imagen de enfat terrible –que nunca respondió a su verdadera pulsión interior– daba paso la de un predicador bíblico, seducido por el evangelismo cristiano debido a una profunda crisis espiritual. No direction home. Nada conectaba con nada. Continuaba vivo, que era un gran inconveniente para sostener en el tiempo cualquier progresión mítica. “Mis interpretaciones eran rutinarias y la liturgia me aburría”. La brújula estaba rota.

Las Disidencias en Letra Global.

Rilke y las marionetas sagradas

carlosmarmol · 3 marzo, 2023 ·

El mejor método para entender a un poeta es recurrir a la intercesión de sus semejantes: otros poetas. Para desentrañar la obra de Rainer María Rilke (1875-1926), el último gran titán de la poesía moderna en alemán, sirven Borges (un cuarto de siglo posterior en la línea del tiempo) y Novalis, que le antecedió un siglo. El primero dejó escrito en el prólogo de Los conjurados una idea memorable: “Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso”. El segundo, en su poema ‘Nostalgia de la muerte’, entona un deseo ancestral: “Loada sea la noche eterna; / sea loado el sueño sin fin. / El día, con su sol, nos calentó, / una larga aflicción nos marchitó. / Dejó ya de atraernos lo lejano, / queremos regresar a la casa del Padre”.  Ambas sensaciones forjan la existencia de cualquier ser humano, sea rey o mendigo. La felicidad sin atrio y la certeza, teñida de un vago y temeroso deseo, del momentum postrero del último adiós. Rilke navega entre estas dos orillas en las Elegías de Duino, una honda meditación sobre la trascendencia humana cuya versión maestra en español, al cuidado de Andreu Jaume y Adan Kovacsics, irrumpió hace semanas en las librerías –con notable éxito, puesto que el libro acaba de alcanzar su segunda edición– cuando se cumple un siglo de su gestación, que en realidad data de 1922, aquel annus mirabilis de la literatura moderna. 

Las Disidencias en Letra Global.

Miniaturas de la España de posguerra

carlosmarmol · 24 febrero, 2023 ·

El incienso y la mística, igual que el perfume o la religión, sirven para disimular, mediante el olor y la trascendencia espiritual, las miserias humanas. Dotan de una apariencia soportable el sucio prosaísmo de la vida. A veces incluso perpetúan el espíritu de la epopeya en un tiempo donde la épica ya es un objeto arqueológico. Debajo de la grandeur habita la tramoya de la vulgaridad. La vida no es más que una puesta en escena. Los géneros literarios ayudan expresar sus humores, incluida la ambigüedad, uno de los rasgos de las buenas novelas. Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) ha escrito a lo largo de las últimas cuatro décadas, desde su debut como uno de los nombres más interesantes de la nueva narrativa de los años ochenta, aquella generación que fue más editorial que vital, y en la que muchos de los nombres que empezaron como secundarios han resistido el paso del tiempo bastante mejor que los supuestos actores principales, algunas de ellas. Libros que, sin duda, van a perdurar. Si se repasan las novelas sobre la España que existió entre las vísperas y el colofón de la Transición el nombre de Pisón es ineludible. 

Las Disidencias en Letra Global.

La era (totalitaria) de la ‘postliteratura’

carlosmarmol · 17 febrero, 2023 ·

Los optimistas proclaman con satisfacción que vivimos una nueva revolución cultural. El término, a la luz de la historia reciente, resulta inquietante. Así que, de partida, enunciaremos nuestra encrucijada de forma simple. O eres un individuo libre o perteneces a algunas de las actuales tribus que, en mayor o menor medida, aspiran a administrar tu libertad. O piensas por ti mismo o militas (en beneficio de otros). O lees y escribes o te conviertes en un activista similar a los clérigos medievales. O creas arte o haces política. Pensamiento versus devoción. O eres devoto de la Santa Inquisición o defiendes el derecho a la heterodoxia.  “Which Side Are You On?”, cantaba en 1931 en una canción Florence Reece, esposa del líder del sindicato minero de Harlan County (Kentucky). Estamos inmersos en una guerra y, entre los bandos existe una grieta que en los últimos diez años se ha convertido en un precipicio. Como todas las cosas cuya formulación se reduce a las proclamas, en realidad hablamos de una cuestión compleja. ¿Cómo es posible que los ismos de la corrección política –esa galaxia donde orbitan los feminismos posmodernos, las últimas teologías queer, la intelligentsia trans, los nacionalismos populistas o los telepredicadores woke– hayan suplantado el papel que durante el siglo XX tuvo el comunismo y, mucho antes, la Iglesia? 

Las Disidencias en Letra Global.

Arqueología y leyenda de Nueva York

carlosmarmol · 10 febrero, 2023 ·

“De cuando en cuando, para espantar los pensamientos de muerte y desolación, me levanto temprano y me acerco al mercado de pescado de Fulton. Suelo llegar hacia las cinco y media y me doy una vuelta por el mercado viejo y el mercado nuevo (…) A esa hora, poco antes de que comience el trajín, en los puestos rebosantes se amontonan entre cuarenta y sesenta especies de pescado y marisco procedentes de la Costa Este, la Costa Oeste, el Golfo de México y media docena de países extranjeros. El amanecer brumoso de los muelles, el jaleo que arman los pescaderos, el olor a algas y el espectáculo de esa abundancia me producen siempre un bienestar que a veces raya en la euforia”. Josep Mitchell (1908-1996) era un tipo extraño y sencillo. Le bastaba mezclarse con la realidad, en este caso en uno de los vientres de la Nueva York que existió entre los años treinta y los sesenta, emparedada entre el crack de la bolsa de Wall Street y la cultura pop, para reconciliarse con la trascendencia de la existencia. De inmediato olvidaba, aunque fuera de forma pasajera, los sinsabores de su profesión –el periodismo de batalla–, que le obligaba a caminar sin descanso, hablar con desconocidos y resumir sus impresiones en unas cuartillas, no siempre pagadas como debieran. Con una trayectoria tan ordinaria, nadie hubiera dicho que en su estrecho esqueleto –cobijado de los fríos y el relente del Hudson por un terno de tres piezas, al que coronaba un sombrero Stetson– habitaba el Homero que escribiría la epopeya (sin épica) de la gran metrópolis norteamericana de principios del siglo XX.

Las Disidencias en Letra Global.

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Ilustraciones: Daniel Rosell