Julio Cortázar escribió en El Perseguidor, su mejor cuento, que «las cosas verdaderamente difíciles son las que la gente corriente hace a cada momento». Todos somos héroes sin llegar a sospecharlo. Aunque en Sevilla a ciertas personas se les reconoce tal condición (supuesta) mientras que a otras se les niega con una obstinación peronista. No sé si ustedes se han fijado, estimados indígenas, pero en esta ciudad el reparto de galardones, estatuillas, homenajes y medallas dibuja siempre un circuito cerrado. Para algunos es la metáfora mayor de eso que llaman «la sociedad sevillana», que consiste en pertenecer a un determinado círculo. Ser de un clan. Estar dentro en vez de fuera. Saltar la raya que diferencia los intramuros de los extramuros mentales de nuestros ayatolás, que estos días celebran las fiestas de la Inmaculada y disfrutan con los trinos de las tunas universitarias, cuyos miembros carecen en su mayoría de las frondosas cabelleras que se les presupone a los amantes de la vida bohemia y disoluta.
Política
La caja de cerillas
El nacionalismo, cualquiera que sea su máscara, se basa en la sensación compartida de sufrir una afrenta, por lo general inexistente. Da lo mismo si procede de Cataluña, Euskadi, Galicia, Madrid, el famoso rompeolas de todas las Españas; o Andalucía, encerrada en su bucle de perpetuas deudas históricas. Es irrelevante: cualquiera de sus variantes proyecta un discurso (interesado) basado en el victimismo. No existe ningún nacionalista, sea nórdico o meridional, que no afirme sentirse ofendido –aunque la ofensa sea pura ficción– y, en consecuencia, pregone la idea de que merece una compensación, un trato de favor, un régimen jurídico singular con independencia de si éste se basa en un hecho diferencial o en un derecho particular. Todos estos llantos terminan con un autogobierno que debemos financiar todos.
Los Aguafuertes del lunes en Crónica Global.
El nacionalismo de la Marisma
Fue en Torremolinos. Como en las viejas películas de Ízaro Films. La Reina de la Marisma proclamó ante los históricos próceres de la autonomía –sólo Escuredo y Borbolla; Chaves y Griñán aguardan el juicio de los ERE–, que el nacionalismo (de los demás) es incompatible con el socialismo susánida. “Los nacionalistas levantan fronteras; los socialistas, las eliminamos; los nacionalistas buscan privilegios, nosotros defendemos la igualdad”. Por supuesto, hubo aplausos. Es de suponer que espontáneos, aunque sabiendo que los peronistas rocieros son una legión que se nutre del presupuesto común es lícito albergar ciertas dudas. Su Peronísima hizo acto seguido algo inaudito: animó “a la izquierda andaluza” a proteger “el corazón de la región” y reivindicar un 4D que el PSOE jamás ha querido conmemorar.
Las Crónicas Indígenas del sábado en El Mundo.
El faro de Alejandría
El alcalde de Sevilla es un estadista. Un tipo con porte. Un político optimista. Un hombre al que todo, absolutamente todo, le parece bien. Lo suyo es la concordia, el buen rollo, la simpatía espontánea y natural. El hombre tiende a ver la botella medio llena siempre. Es así. Tiene un carácter en positivo, nunca manifiesta sentimientos negativos. Tanto que considera que desde la Expo 92 en Sevilla no ha sucedido nada más importante, coronaciones de vírgenes aparte, que el I Foro Global de Gobiernos Locales, que hace unas semanas le permitió hablar -por los codos- de su verdadera pasión: las políticas medioambientales.
Las lágrimas de los cocodrilos
El pulso del nacionalismo contra la democracia española, que aunque imperfecta es la única que por ahora tenemos, ha provocado, como era previsible, un interminable carrusel de antiguos altos cargos autonómicos acudiendo a los juzgados para explicar ante un juez lo que todos hemos visto (varias veces) en directo: la comisión de (supuestos) delitos contra el ordenamiento constitucional. Han desfilado todos menos Puigdemont, huido a Bruselas en busca de la enésima internacionalización de un conflicto que no existe –ni existirá– porque no estamos ante un litigio político, sino frente al capricho de determinadas élites de apropiarse de lo que nos pertenece a todos: la cultura y los haberes de la Cataluña plural. El saldo de esta aventura está siendo magro; los costes, sobre todo para la sociedad catalana, tremendos.
Los Aguafuertes del lunes en Crónica Global.
