El golpe primitivo

Los grandes aniversarios, además de autocomplacientes, son proclives a desmentir a sus propios organizadores. Ocurre en las celebraciones familiares y también con las efemérides políticas. El desafío independentista a la democracia española, que aunque insatisfactoria es mejor a cualquier distopía tribal conducida por los CDR, los célebres escuadrones del neofascismo catalanufo, recibió en su día desde distintas tribunas la denominación –feliz-de golpismo posmoderno, una expresión que Daniel Gascón, coordinador de la revista Letras Libres en España, convirtió en el título de un ensayo publicado por la siempre alerta editorial Debate. Los Aguafuertes del lunes en Crónica Global.

Gaziel, por supuesto

La diferencia entre un buen y un mal escritor de periódicos –que no otra cosa somos los periodistas– se percibe en apenas una cuartilla, en el quicio de un párrafo, en la elección de un adjetivo. Nuestro oficio es efímero y fugaz, pero a veces nos regala esa eternidad involuntaria que consiste en seguir hablando en una página muda cuya sinfonía interpreta la maravillosa orquesta de la sintaxis años después de que hayamos muerto. Pocos son los periodistas que han logrado este milagro: sobrevivir a sus días trascendiendo su condición de documentalistas, voces de un tiempo y un espacio concretos, relatores de esa forma de prosaísmo que denominamos la actualidad, por no llamarla la vida, la única realidad que tenemos enfrente. […]

La estabilidad era yo

Ya tenemos al teatrillo de las Cinco Llagas, esa casa de la patria, dispuesto a salir a las calles igual que La Barraca, la célebre compañía de la Segunda República, pero sin poetas –son incompatibles con el peronismo rociero– y sin vocación pedagógica. Esta función, queridos indígenas, se sustenta ahora en la propaganda y en la mentira, los dos únicos argumentos de una comedia donde los bufones son los heraldos, los hombres de honor son los pesebristas y el circo sólo tiene una estrella: Ella. Su Peronísima había planificado –es de suponer que con su equipo, pero cualquiera sabe– una puesta en escena para el anuncio del adelanto electoral más parecida a la toma de posesión de Putin –ese inequívoco […]

Cositas buenas

El alcalde de la capital de la República Indígena, el socialista Juan Espadas, nuestro admirado quietista, es un optimista incorregible. Mayestático. Infatigable. Siempre ve la botella medio llena. Incluso cuando está vacía o, simplemente, no hay botella. Su optimismo genético -aunque sería más exacto llamarlo ceguera interesada- es tal que no sólo ve éxitos por doquier, sino que atisba oportunidades hasta debajo de los adoquines. Si se colapsa una buena parte de Sevilla -sucedió sin ir más lejos el pasado fin de semana- por la falta de previsión de su gobierno y la ausencia de suficientes policías locales, nos dice que la ciudad “bulle”. La Noria del miércoles en elmundo.es

La carta de ajuste

Uno de los rasgos definitorios –y definitivos– de la antigua socialdemocracia española, mayormente paternalista y de vida más bien breve, es el relativismo político. Las cosas, para sus dirigentes, no son como son, sino como conviene que sean según cada momento concreto. La realidad tampoco es unívoca, sino un fenómeno relativo. Y la ética y el sentido de la moral –elijan ustedes el término que más les guste– son cuestiones perfectamente aéreas, asuntos sin trascendencia que lo mismo que se invocan (en público) se niegan (en privado), consagrando de esta manera el único principio de conducta válido: la ambivalencia. Nuestros socialistas son gente con tan poca fe que sólo creen en su particular conveniencia. Los Aguafuertes del lunes en Crónica Global.