El amor del socialismo indígena por las causas civiles de los sevillanos va por barrios. Unas, preferentemente las que proceden de la Sevilla Eterna o aquellas que son políticamente correctas, les interesan mucho; en cambio otras, como las que impulsan las asociaciones de vecinos combativas, no son muy de su gusto. ¿Cómo averiguar en cuáles de ambos grupos puede uno ser catalogado? Pues básicamente por los hechos, no por las palabras. En esto, como en todo en esta ciudad, la cosa depende de quién seas, cómo te acompañes y, sobre todo, de si tus reivindicaciones son críticas o amables con el poder. Si los promotores del asunto son bizcochables -léase el término a la manera sevillana- recibirán subvenciones, palmaditas en la espalda, sonrisas y puede que hasta una foto oficial. Pero nuestros munícipes, con el alcalde quietista a la cabeza, se cuidarán mucho de manifestar tanta cordialidad con quienes no sólo no asienten, sino que además salen a la calle para pedir cosas de sentido común.
Montero: ni sanchista, ni susánida
Los rostros en política son como las estatuas: se esculpen. Los próceres tienden a buscar a algún artista que los idealice para una eternidad que, inevitablemente, será pasajera, pero la máscara que dibuja la verdadera faz de los políticos no son sus aspiraciones (mayúsculas) ni sus palabras, sino sus hechos. Desde que se filtró la noticia de que María Jesús Montero iba a ser la ministra de Hacienda (sin Economía) del Gobierno socialista hubo algunas almas cándidas que interpretaron su designación como un gesto del presidente hacia Susana Díaz, la Reina de la Marisma. Nada más lejos de la verdad: Su Peronísima no sólo no propuso este nombramiento, sino que se enteró más tarde que la propia Montero, que al recibir la llamada de Sánchez, el hombre de la mochila al que el destino ha colocado en la Moncloa, preguntó si contaba con la venia de la Querida Presidencia.
Los Aguafuertes del lunes en Crónica Global.
Guevara, la prosa milagrosa
No existe mejor propaganda que el arte. Aunque los politólogos y demás especies de las ciencias sociales no lleguen ni siquiera a sospecharlo, la publicidad interesada hecha en favor del poder –y también en beneficio de su contrario– nacen al mismo tiempo que la gran poesía, a la que desde el siglo XVIII alguien, maldita sea, cometió el error de empezar a denominar con el término literatura. Mentir es uno de los rasgos propios del ser humano. Pero hacerlo además con eficacia y hasta con belleza es un auténtico acto creativo. La diferencia con respecto a los tiempos actuales, en los que a esta misma práctica se le da el nombre eufemístico de comunicación institucional, es que mientras el arte es eterno, la propaganda es básicamente efímera. Envejece mal. Al contrario que el arte.
Las Disidencias del martes en #LetraGlobal
El peronismo es un plato de ducha
Fue en Granada, agua oculta que llora, paraíso andalusí, calle de Elvira, donde viven las manolas, las que se van a la Alhambra, las tres y las cuatro solas, una vestida de verde, otra de malva, y la otra con cintas en la cola; la ciudad de Lorca, el único horizonte de montañas nevadas de la República Indígena. Allí, en la Suiza meridional, sucedió el milagro, aconteció el portento y ocurrió, sí, el prodigio que confirma el poder de la Querida Presidenta para cambiar el curso de la historia y devolverle al Pueblo el bienestar que merece esta su Tierra. Si Neruda, que cantó a las inmensidades americanas, escribió un poema al humilde caldillo de congrio, una oda a la cebolla y otra a los calcetines, y Machado (Antonio) dedicó versos a las moscas, Su Peronísima ha enviado a sus pesebristas, cargos mayores y embajadores menores, a inaugurar, con trompetería gráfica, el plato de ducha que ha tenido a bien conceder -en concurrencia pública, que esto no son los ERE ni los cursos de formación de la CEA- a un octogenario con problemas para acceder a su bañera sin riesgo cierto de caída. Una gesta solidaria que debería abrir el informativo de Canal Sur.
Variaciones (sevillanas) sobre un relato de Cortázar
Nos gustaba el barrio porque, además de antiguo, tenía un aire gastado, igual que esas cosas que se quieren en exceso porque se han usado demasiado. Cobijaba los recuerdos de quienes nos precedieron, el padre de mi padre, la madre de su madre, los pasos inciertos de los progenitores compartidos, idos ya para siempre, lo mismo que cualquier día también nos marcharíamos nosotros. Ella y yo nos acostumbramos a vivir allí, aunque sin participar en los rituales indígenas. Ya saben: sacar a los santos a redoble de tambor y corneta, beber cerveza como si no hubiera mañana, orinar en los portales ajenos, dar gritos sin razón y presumir de un ingenio tan ridículo como ficticio. Obviando estas prácticas sociales, parecía ser una ciudad agradable para retirarse, aunque no hubiera un árbol sano en sus calles, quemadas por un sol prehistórico. Al principio no nos pareció un lugar muy caro. En aquel entonces, además, todavía era un sitio periférico. Quedaba a trasmano de todo, aunque sus habitantes creyeran pisar el centro del orbe y, con una insistencia patética, la comparasen con Roma.
La Noria del miércoles en elmundo.es

