Los periodistas gastamos tanto tiempo contando lo que le ocurre a la gente, a otra gente, incluidos los políticos y otros seres sin importancia, que rara vez tenemos tiempo para contar lo que nos pasa a nosotros. La frase parece exacta. Se podría decir, se dice, de hecho, que contar nuestra vida no es, en realidad, nuestro oficio, que nuestra función social es ser objetivos –la utopía de los que se fingen neutrales, sin serlo–, unos meros notarios de la realidad pedestre. Esto viene a ser algo así como confundir la burocracia con la literatura y la cobardía con el sentido común. Aunque una cosa sí es aproximada: nuestro pecado de origen es degenerar, en ocasiones, hacia mundos excesivamente líricos, personales.
Todas las sangres
Las leyes indígenas son como el revólver con el que los poetas futuristas jugaban a la ruleta rusa: cuando menos te lo esperas, te dispara en la cara. La globalización, la fase postrera de la posmodernidad, nos había prometido el progreso lineal de las sociedades abiertas. Los cementerios de la decepción están llenos de proclamas tan utópicas como los manifiestos de las vanguardias, más solemnes cuanto más efímeros.
Las Crónicas Indígenas del lunes en El Mundo.
Lecturas para minutos
Herman Hesse, el autor de El lobo estepario, obra cuya adoración está tan extendida como justificada, sobre todo entre quienes nos consideramos miembros de la nutrida legión de los solitarios atávicos, tiene un libro, aparentemente menor, que en su momento compuso con un título descriptivo: Lecturas para minutos. Contenía una serie de reflexiones breves en las que el ingenio, el pensamiento sintético y la hondura filosófica reinan en minifundios verbales. Alianza Editorial las reunió hace unos años en su estupenda colección de bolsillo.
La forma sin fondo
Lord Byron, el poeta romántico, escribió una frase para describir cómo era la pasión amorosa que movía a las mujeres de su tiempo: «Durante la primera pasión una mujer ama a su amante, después ama al amor». No parece que tal afirmación, esencialmente cierta, tenga que ver con el sexo, sino con el carácter. Hay quien identifica a las personas con conceptos sin reparar en que las ideas son posteriores a la realidad, rara vez al contrario. En política ocurre: los próceres dicen velar por nosotros, pero ambicionan manejar el presupuesto. Sus móviles difieren siempre de sus palabras.
Las Crónica Indígenas del lunes en El Mundo.
Fragmentarios
Una frase, a veces, dice más que un libro entero. Entonces sabemos, sin dudarlo, que estamos ante literatura fragmentaria: la que se construye con los ladrillos que Ramón Gómez de la Serna denominó greguerías, Sánchez Ferlosio, pecios y Cioran, nuestro suicida de cabecera, que no murió de suicidio, sino de la miseria de los viejos, aforismos. Hay quien cree que esta literatura es fruto de la pereza y quien, por contra, sostiene que se trata de una división sólo apta para los verdaderos genios, frutos de un talento que no requiere ni ensayos ni moldes ortodoxos para poder explicarse.
