Para Sanz Irles, aviador acrobático.
A un hombre lo delatan sus vicios y lo definen sus pasiones. Néstor Luján, como cualquier enfant terrible, tenía dedicación plena las segundas y profesaba devoción entusiasta por los primeros. Solía decir que si no hubiera sido periodista le hubiera gustado pasar a la posteridad como lexicólogo. Estudió Románicas, claro. Las palabras le entusiasmaban casi tanto como los libros, a los que acogió en su biblioteca –la mejor hospitalidad empieza por uno mismo–, que acumuló casi 30.000 volúmenes, incluyendo las primeras ediciones que formaron parte de su singular lista de boda. Leía y escribía en tres idiomas –español, catalán y francés– y chapurreaba el gallego, aunque al elegir un seudónimo –Pickwick– optó por un personaje de Dickens. Nunca lo dijo así, pero lo suyo en realidad era la literatura comparada, que viene a ser lo mismo que decir universal. Podríamos calificarlo sin faltar a la verdad como un artista, pero él se definía a sí mismo como un artesano. Le gustaba divertirse con lo que hacía.
