La sátira es la invención de un cínico: Menipo de Gandara, un tipo de cuya vida se sabe poco o nada y cuya biografía oficial responde más a la imaginación que a los hechos ciertos. Según las referencias, no siempre fiables, de los cronistas clásicos, fue un esclavo liberto que se enriqueció gracias a la usura y terminó suicidándose tras perder su fortuna, cosechada mediante el sacrificio de los demás. Fue también uno de los más desinhibidos hibridistas de su época: en sus violentas diatribas morales mezclaba sin problemas la prosa con el verso, lo trágico y lo risible, lo bello y lo vulgar. Velázquez lo pintó, muchos siglos más tarde, vestido como un mendigo con cara de truhán, embozado en una capa anacrónica, con la nariz de un borrachín y esa expresión de relatividad de quien sabe –porque lo ha vivido en sus carnes– que la vida no es más que una sucesión de aspiraciones pasajeras y que hasta los mayores señores del orbe son capaces de pedir fiado, como pordioseros, para costearse sus vicios.
Disidencias
Eagleton: formas de leer el caos
“Las teorías van y vienen; pero lo único que persiste es la injusticia”. Terry Eagleton (Salford, Lancashire, 1943) está considerado uno de los pensadores más interesantes de nuestro tiempo. Todo un elogio para un intelectual calificado por algunos como neomarxista. Sus enemigos lo sitúan, con insistencia sospechosa, dentro de la filosofía radical, aunque sus fuentes vitales son básicamente pacíficas: sus experiencias personales como miembro de una humilde familia de inmigrantes en el territorio obrero del Gran Manchester. Las influencias sentimentales, en cambio, lo aproximan al cristianismo humanista, herencia quizás de sus ancestros irlandeses. Uno diría que Eagleton, además de todo esto, es también otra cosa: la muestra más patente de que los antiguos valores republicanos –cívicos más que políticos– son una excelente guía para poder diagnosticar los males de nuestra sociedad, aunque no garanticen siempre el éxito a la hora de tratar de ponerles remedio.
Galdós, un ‘flâneur’ por Barcelona
Galdós, nuestro mejor novelista de lejos, era un escritor periférico que decidió mirar el mundo desde el centro. Nació en las Islas Canarias, pero ha pasado a la historia como el cronista (mayor) del Madrid decimonónico, ese universo agrio de Fortunatas y Jacintas, funcionarios cesantes, políticos hipócritas y súbditos hambrientos que piden limosna en la puerta de las iglesias. Su obra de ficción ha resistido el paso del tiempo –que es el único juez literario que existe– y se mantiene viva, aunque su fortuna internacional sea discreta en comparación con otros escritores británicos y franceses de su tiempo. En esto tuvo mala suerte: le tocó escribir sobre un antiguo país imperial en decadencia, donde la historia oficial –monarquía y colonias de ultramar– nunca se correspondía con la real, generosa en sufrimiento, incultura y carencias materiales. Todo lo que explica a este país de locos está en sus Episodios Nacionales.
Borges y los indígenas
Borges presenta muchas analogías con Homero. Demasiadas para no sospechar. Ambos eran poetas. Ambos se quedaron ciegos. Y ambos fueron considerados por la posteridad, esa juez inmisericorde, dos sabios de su tiempo. La gran diferencia entre ellos, sin entrar en cuestiones estilísticas ni en circunstancias de espacio y tiempo, es que el primero existió en realidad mientras que la presencia del segundo sobre la Tierra es una suposición. Una convención cultural. Perfectamente podría haber sucedido que Borges no fuera más que una proyección irónica de Homero, una reencarnación secreta para la posteridad. El cambio de nombre entonces era obligado. Para despistar. Y porque en la Argentina, que este año es el país invitado al Líber, la onomástica homérica se reserva para los letristas de tango, como Manzi.
Savater, pensar sin permiso
Una vez dijo de sí mismo: «Fui un revolucionario sin ira, así que espero terminar como un conservador sin vileza». No está mal para alguien que descubrió la vitalidad del placer a partir del nihilismo. Todo un viaje. La vida intelectual de Fernando Savater (San Sebastián, 1947) se aproxima bastante a la vieja doctrina esencialista de los filósofos de la antigua escuela cínica, pero presenta algunas variaciones notables. Por ejemplo: jamás ha practicado la disciplina de la contención. Es una excelente costumbre. «El secreto de la felicidad es tener gustos sencillos y una mente compleja, el problema es que a menudo la mente es sencilla y los gustos son complejos». El hedonismo, carnal pero también espiritual, ha sido su particular forma de contradecirse, permitiéndose no obstante el lujo de convertirse en un clásico (en vida) sin caer en vulgaridad de tener que fingirse moderno.
