Sostiene Chomsky, tan querido por los profesores de Comunicación que se consideran a sí mismos héroes en fiera y desigual lucha contra el capitalismo mediático, que la propaganda en una democracia ejerce una función equivalente al uso de la fuerza en un Estado totalitario. La diferencia, básicamente, consiste en el método: con una porra se golpea el cuerpo; con la propaganda, en cambio, se sacude al cerebro. La tesis es exacta, sobre todo, en el caso de las televisiones públicas, que han sido –y aún son– los grandes medios de masas, con permiso de las redes sociales. No existe ningún gobierno, del signo político que sea, que no crea que es una cuestión capital para llegar al poder, primero; y para retenerlo, después, utilizar de forma partidaria las corporaciones audiovisuales nacidas al cobijo del marco autonómico.
Andalucía
La libertad como escándalo
En la República Indígena vivimos inmersos un espejismo que induce a creer a muchos empleados autonómicos que la administración es una suerte de patrimonio propio, en vez de un bien compartido. Para quienes piensan así, sus derechos tienden al infinito pero sus obligaciones son relativas. Lo público, sin embargo, es de todos -no sólo de los funcionarios- porque se financia con impuestos; mientras lo privado depende -o debería- de su capacidad para captar clientes. Esta categorización teórica casi nunca se da al cien por cien: la educación, la sanidad y la dependencia se han convertido, durante los casi cuarenta años de gobiernos socialistas en la Marisma, en negocios privados que se costean con los impuestos.
Las Crónicas Indígenas en El Mundo.
El sujeto y los adjetivos
La República Indígena vive, cuarenta años después del arranque de la autonomía, una suerte de déjà vu. Este término, procedente del francés, describe la sensación, entre sorprendente y extraña, que consiste en percibir en tiempo presente un hecho sucedido en el pretérito. Los científicos lo describen como una anomalía momentánea de la memoria, pero para los políticos de la Marisma, raza ubérrima de patriotas, se trata –sin discusión– de la Historia (con mayúsculas). Básicamente porque es su historia, aunque la presenten como si fuera la nuestra. Los patriarcas de la Santa Autonomía y sus sucesores nos dan con frecuencia la chapa con este asunto. Es natural: a su edad, que con suerte algún día será también la nuestra, es humano –demasiado humano– embellecer lo que fue ordinario, camuflar lo vulgar bajo un manto de terciopelo y sacarle brillo a las medias verdades. Lo que no es lógico es que tal pandemia identitaria –en una región cuya verdadera cultura es la mezcla– seduzca a parte de las nuevas generaciones políticas, asombrosamente más pendientes de los cánticos de sus abuelos que de lo que le ocurre a su propia generación.
Las Crónicas Indígenas en El Mundo.
La escisión de Podemos en Andalucía
Los trotskistas, esos poetas insensatos que defienden la teoría de la revolución permanente, tienen una cualidad única: nunca llegan a nada en política porque su purismo los conduce, de forma irremediable, a la división constante. Vargas Llosa lo explica, con los argumentos infalibles de la ficción, en Historia de Mayta, la novela que cuenta una revuelta campesina en Jauja, una localidad de la sierra andina, en aquel tiempo casi prehistórico en el que en el Perú existían setenta partidos marxistas-leninistas arrogándose ser representantes de la ortodoxia roja. Aquellos ingenuos, entre los que había ignorantes, santos, laicos, dogmáticos y asesinos, ignoraban –escribe el Premio Nobel– que “la revolución es una larga paciencia, una infinita rutina, una terrible sordidez, las mil y una estrecheces, las mil y una vilezas”.
Los Cuadernos del Sur en La Vanguardia.
¿Cultura, hay alguien ahí?
Cuando uno decide ir a una guerra conviene tener un ejército solvente o, a lo sumo, un batallón que en el instante de iniciar una batalla no salga huyendo. Salvo en la Marisma, donde el gobierno de las derechas ha decidido acometer una ofensiva política para salvar a la República Indígena del pérfido conciliábulo formado por los sanchistas -que todavía se dicen socialistas-, los pablistas -burgueses todos, del Podemos inicial ya no queda ni el nombre- y los independentistas, esos señores sentimentales que quieren separarse de España porque dicen que son únicos, diferenciales y merecen más de lo que tienen, que ya es bastante. Pues bien: cuentas las crónicas periodísticas, y certifican además los hechos, que el presidente del Gobierno ha rubricado un acuerdo con Ada Colau, la alcaldesa de Barcelona, antigua activista en contra de los desahucios, merced al cual la Ciudad Condal va a recibir, con independencia de la parte del león que ya disfruta, de una inversión extraordinaria de 25 millones de euros -que al final serán más- para incrementar la inversión cultural en aquellos equipamientos de rango estatal existentes en Barcelona. A la cosa le han puesto el nombre de bicapitalidad cultural, pero consiste en lo de siempre: el Estado manifiesta un indudable e intenso cariño (presupuestario) a cambio de que determinados nacionalistas -como Colau, usualmente tibia ante el desafío independentista- atenúen su guerra temporalmente.
Las Crónicas Indígenas en El Mundo.
