De vez en cuando la vida nos gasta una broma y nos devuelve de golpe al tiempo de las alergias y los veranos infinitos. A la infancia, esa niñez que todavía, en contra de nuestra voluntad, aún llevamos dentro. De esos años pretéritos los recuerdos empiezan ya a ser vagos, efímeros, imposibles. Supongo que éste es uno de los síntomas de que nuestra memoria, castigada durante años con tareas absurdas, comienza a fallar. O quizás sea sólo selección natural: nuestra mente olvida lo malo y retiene con avaricia los buenos recuerdos. La memoria de los niños que fuimos para algunos es un refugio diminuto donde cobijarse ante el miedo, el espanto, de crecer. Uno siempre ha pensado que a la infancia, como dice una canción de Serrat, la mata el tiempo y la ausencia, pero de repente la vida te descubre momentos en los que vuelves a ser sólo tu nombre de pila, sin el peso de tus apellidos, que resumen tu historia familiar, esa historia que en realidad no te pertenece, porque es fruto de gestas o fracasos ajenos, y tú sólo tienes los tuyos, que son de los que debes sentirte orgulloso o decepcionado.
Literatura
El cofre del ingenio
Leo estos días un tratado sobre filosofía práctica de José Antonio Marina: Elogio y refutación del ingenio (Anagrama). Hace unos cuantos años este libro ejemplar ganó algunos premios que situaron al profesor de secundaria que es Marina entre la estrecha, y no siempre exacta, nómina de filósofos españoles. Esto es: los pensadores que no son considerados tipos raros y herméticos, sino una suerte de sabios a la manera de los antiguos consejeros espirituales. De todos los filósofos que tenemos en España apenas tres o cuatro disfrutan de esta noble condición. El primero es Savater, por supuesto. Después está Eugenio Trías. Y, por lo que parece, el tercero terminará siendo Marina. Existe un gran abismo entre ellos, no cabe duda, pero a ojos del personal los tres cumplen la misma función. Son tipos a los que muchos tenemos por listos. Señal, por otra parte, de que nos conformamos con poco y que no hemos perdido la mala costumbre de encasillar las cosas, como si nos molestase el inevitable desorden de la vida.
Nihilismos
¿Se puede ser nihilista con 25 años? ¡Y tanto que se puede! Se debe. Es casi una obligación, una forma de elección preventiva. Nadie debería estar obligado a convertirse en aquello que no desea ser. Por eso conviene no creer en nada o, en su defecto, tener querencia por apenas unos pocos, a ser posible escasos, principios espirituales. Vivir obligados a encarnar una estampa no elegida es un fracaso por adelantado. Ya que en la vida hay que fracasar, lo mejor es hacerlo manteniéndose fieles a los sueños personales. Ser nihilista a los 25, como es mi caso, es también una forma defensa ante quienes te gritan –desde el fondo de un pozo– que no vas a llegar a nada en la vida.
Borges, milonga de azul pálido
«Alto lo veo y cabal/Con el alma comedida/Capaz de no alzar la voz/Y de jugarse la vida». Jorge Luis Borges, anarquista spenceriano, escritor superlativo, un señor de porte británico que tuvo el buen gusto de nacer (involuntariamente, por supuesto) en el Buenos Aires de Almagro y Balvanera, escribió estos versos para la milonga -una pieza musical; toda una advertencia para los puristas que confunden la poesía con los libros- que dedicó a Jacinto Chiclana, un compadrito, el personaje de la orillas de la ciudad a la que canta en su primer poemario, salido de los talleres de la imprenta Serrantes en el lejano año de 1921. Trescientos ejemplares, edición de autor (pagada con sus ahorros), las páginas sin numerar e ilustración de su hermana Norah en cubierta. A Borges, entonces, sólo lo leían la familia, los amigos y los enemigos, que son los lectores más fieles que existen.
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¡Es la retórica, estúpido!
La vida no es tan sencilla al fin y al cabo.
De hecho no es más que algo que leer
y con lo que encender cigarrillos.
(Bob Dylan, Tarántula)
Ha llegado el Apocalipsis. Suenan las trompetas del último día. Un humo de sal y azufre cerca el altar sagrado de las letras. La Academia sueca ha concedido el Nobel de Literatura a un músico, un puto cantautor, un maldito escritor de canciones vulgares, ordenadas a partir de la fórmula estrofa, puente y estribillo. Es el ocaso definitivo de las humanidades, la estación término. La alfombra de honor del Grand Palais, reservada para los elegidos, va a ser mancillada por Belcebú. La tierra tiembla. El cielo se oscurece. Los volcanes expulsan fuego y piedras formando una masa informe. Los profesores se rasgan las vestiduras y arrojan los birretes por las ventanas; los poetas de provincias se arrancan los ojos. Y todavía hay tipos que dicen —y escriben— que Dylan (Bob) no ha escrito libros en el sentido estricto del término, que su arte (en el caso de que lo sea) no tiene nada que ver con la literatura y mucho menos con la poesía estricta. No es lo peor: lo imperdonable, a su juicio, es que además nunca aceptó las normas del Parnaso, que en la mitología griega era un monte donde habitaban las Musas y que desde entonces es considerado la patria metafórica de los grandes poetas.
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