Las sociedades humanas tienen una tendencia innata a coronar a uno de sus miembros. Ocurre cíclicamente. Sin cesar. A veces no es una tendencia colectiva, sino una patología individual: uno de la tribu se entroniza a sí mismo como líder del grupo, o se designa cabecilla supremo para satisfacer los deseos del antropoide que llevamos dentro, ese otro yo que suele guiar nuestros actos, dicta nuestras emociones y describe nuestros comportamientos.
Literatura
El hombre terrestre
Mario Benedetti editó hace lustros una antología poética con Alianza en la que reúne bajo un mismo techo todos sus poemas dedicados a la rutina. Es uno de mis libros de cabecera. Sacar poesía contemporánea a la cotidianeidad es una tarea ardua, difícil, casi imposible; diríamos que incluso heroica. Quien lo intenta suele caer, y dejarnos caer a los lectores, en las garras del aburrimiento. Hacer literatura de la calle que pisamos, del guiso diario, del trabajo de las oficinas o de las horas vacías de los talleres es un sueño casi tan antiguo como la propia literatura, cuyo canto siempre se supone trascendente pero puede ser tan terrestre como la famosa cebolla a la que Pablo Neruda dedicó su célebre oda.
De los estilos literarios
Tener un discurso literario consiste, entre otros factores, en provocar extrañamiento. El escritor es el estilo y el estilo debería diferenciar al escritor de los meros redactores de palabras, escritos, artículos de opinión y aficionados a pasar a la inexistente posteridad contándonos su vida bajo el castigo de una novela primeriza. El estilo es un ritmo mental. Está dentro de la cabeza y, a veces, sale de paseo por el folio en blanco. Escribir es contar de forma personal, unívoca, distinta, limpiando el idioma de las expresiones comunes o haciendo con éstas el milagro de resucitarlas.
El escritor narciso
Leo en la prensa las crónicas de un espectáculo que algunos llaman fiesta literaria. Se ha celebrado en el Queen´s Elisabeth Hall de Londres. Tres grandes escritores –Vargas Llosa, Umberto Eco, Salman Rushdie– leían en público fragmentos de sus últimas novelas. Las asistencia, que tenía algo de evento circense, por aquello de ver a las fieras encerradas en una jaula (de oro) y con cierta falsa actitud de gente razonable, fue masiva. Tratándose de un espectáculo que consistía en tres señores que sólo declamaban sus textos tiene mérito que congregase, según las reseñas, a más de mil personas bajo el mismo techo. Sobre todo si reparamos en que el asunto, por supuesto, era de pago: 1.500 pesetas, igual que los libros recién publicados de los tres protagonistas y mucho menos que sus obras previas, sobre todo si se adquieren en formato de bolsillo.
El alfabeto de Umbral
Umbral, ya se ha escrito aquí alguna que otra vez, hace tiempo que no arriesga, que va a lo seguro y que gusta, esencialmente, de repetirse –lo ha hecho siempre, pero antes lo disimulaba con maestría– y repetirnos lo mismo: las cantinelas de su ego, que cada vez son más las crónicas de sus fobias que otra cosa. El maestro que fue se evaporó hace mucho tiempo, instalándose en el plácido territorio del aburguesamiento literario. Ahora publica uno de los nuevos diccionarios de autor que edita Planeta. Ya han salido tres –magníficos– relativos a la Historia (José María Valverde), la Política (Eduardo Haro Tecglen), la Filosofía (Fernando Savater) y las Artes (Félix de Azúa).
