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Literatura

Walt Whitman: memorias de un mundo hermoso y perdido

carlosmarmol · 2 mayo, 2024 ·

Todos estamos hechos de los mismos materiales: carne y huesos, aunque sean de calidades dispares. Sobre este sustrato común, como dejó dicho por escrito Shakespeare, se proyecta la materia sagrada de nuestros propios sueños, que nos convierten en criaturas tormentosas e inconfundibles. Cada una es igual a su semejante y, al tiempo, distinta. No son los anhelos íntimos los que nos individualizan. También lo hacen las vivencias y los desengaños, los fracasos y los triunfos; las experiencias ecuménicas convertidas en hechos particulares. La lista de las cosas que nos moldean es infinita: el lugar geográfico de dónde venimos o los paisajes (sucesivos) en los que nos hemos mirado. Por supuesto, también los años que hemos malgastado. Cabe deducir, pues, que la existencia, además de un milagro, es una ardua tarea de recopilación y acarreo de materiales tomados de aquí y de allá, como piedras del camino; en su mayor parte, se trata de guijarros domésticos y prosaicos. Con ellos vamos cubriendo como podemos las distintas etapas del sendero. Cada vida se parece. Cada vida es distinta.

Las Disidencias en The Objective.

Los demonios de la escuela moderna

carlosmarmol · 24 abril, 2024 ·

“La misión del poeta no es instruir, sino deleitar”. Se atribuye la autoría de esta frase a Eratóstenes de Cirene, matemático, geógrafo y astrónomo de la antigua Grecia que descubrió, entre otras cosas, que si uno fuera capaz de caminar 31,5 millones de pasos seguidos, cosa para la que hace falta tener fe, mucha voluntad y unas piernas colosales, podría circunvalar toda la Tierra. ¿Tiene importancia conocer esto? Depende. En esta época extraña en la que el conocimiento carece de suficiente espesor y el ser humano presume –con patético orgullo– de haberse vuelto imbécil, todo parece indicar que no demasiado. Si el arte es inútil, la lectura se considera un anacronismo y la concentración mental se ha convertido en un puro vestigio de los antiguos tiempos (difuntos), no es de extrañar que la sabiduría –sapere aude, proclamaban los romanos; lo decían en latín, ustedes disculpen– se considere una bella ruina arqueológica. En esta civilización de las pantallas, preludio de una inminente era post-humana, en lugar de pinturas rupestres, cuadros o fotografías, la única obra de arte que se valora es el emoticono.

Las Disidencias en The Objective.

Anatomía del nazismo: cenizas de Auschwitz, espantos de Gross-Rossend

carlosmarmol · 19 abril, 2024 ·

La muerte consiste en un tránsito, lo mismo que la existencia se reduce a una suma, no siempre afortunada, de sucesivas metamorfosis. En la cultura clásica se la representa como una breve travesía: el cruce de la laguna Estigia desde una orilla (la de los vivos) hasta otra (el lado de los difuntos). Hay quien teme llegar a este destino unívoco, que a todos nos iguala; otros, en cambio, no están convencidos de que la ribera opuesta –terra incognita, llamaban los latinos a las regiones que nos son desconocidas– exista en realidad, salvo como una piadosa alegoría de lo irremediable. Para las civilizaciones antiguas, sabias conocedoras de la realidad de las cosas terrestres, aunque las expresasen condensadas en mitos y cosmogonías, la extinción de la carne (y también la agonía del alma) era tratada desde una consoladora óptica humana. Sea por piedad o por decoro, el caso es que el finado nunca lo era por completo –se trataba de un alma en proceso de peregrinación– y la travesía fatal, que se le encomendada a Caronte, se equiparaba aun viaje fluvial hacia otro estado espiritual. Tan concreta es la idea de la muerte de los clásicos grecolatinos que al barquero había que pagarle –como tasa– una moneda de oro. El capitalismo, que no es una invención moderna, sino ancestral, nace con el viático.

Las Disidencias en Letra Global.

Ana María Moix y la Barcelona del ‘Tele/eXprés’

carlosmarmol · 12 abril, 2024 ·

El periodismo, al que suele adjudicársele la condición de primer borrador de la Historia, tiene en ocasiones la extraña capacidad de convertirse en la Historia misma. No es frecuente, pero la escritura de periódicos, de naturaleza fugaz y pasajera, a veces es capaz de condensar la atmósfera de un momento exacto en el tiempo gracias la utilización de recursos vulgares que, precisamente por poseer dicha naturaleza y condición –la vida es prosaica; la muerte, la abstracción total–, otorgan cuerpo a un pasado que el paso del tiempo y el entusiasmo de los biógrafos acostumbran a amplificar, en general sin motivo. Ya se sabe: el arte no depende sólo de la voluntad del artista. Requiere talento y ese milagro que consiste en transformar lo que es banal en algo extraordinario. Esto es lo que hace el magnífico libro que Amarillo Editora, un sello joven comandado por Ester Vallejo, editora que antes ha sido librera, acaba de publicar con casi una treintena de las entrevistas (muchas de ellas colosales) que Ana María Moix (1947-2014) hizo a comienzos de la década de los setenta a personajes culturales de la Barcelona de hace medio siglo. Todas publicadas en Tele/eXprés, un periódico nacido a mediados de los sesenta y el primero de capital privado (era propiedad de la familia Godó, editora de La Vanguardia) que se publicó en la Ciudad Condal después de la Guerra Civil. El Tele fue uno de los intentos de dar cabida en la prensa –hipotecada por el absurdo diktat de la censura franquista– a las aspiraciones de cambio social.

Las Disidencias en Letra Global.

Ósip Mandelstam, la memoria sensorial de Rusia

carlosmarmol · 4 abril, 2024 ·

La vida, sobre todo para quien la está viviendo en primera persona, parece una narración. Sin embargo, la existencia no sigue trama alguna, dista de tener un rumbo cierto –por mucho que la voluntad quiera gobernar el barco siempre es la tempestad la que se impone– y tampoco dispone de lógica. La novela de nuestra vida (amarga) la escribimos –literal o figuradamente– nosotros. Por eso, al hacer balance de los años perdidos, es mucho más honesto componer un álbum de recuerdos con las escenas que nuestra memoria ha podido salvar de la devastación del tiempo que inventar una peripecia lineal con principio, desarrollo y crepúsculo. Roland Barthes descolocó a sus lectores, y a buena parte del sanedrín académico de su tiempo –años sesenta–, cuando decidió condensar su autobiografía en una selección de imágenes y objetos, como si sus huellas sobre la Tierra que encerrasen en el catálogo de una exposición. Optó además por contar su vida en tercera persona, simulando que el protagonista del relato era otro hombre –en parte, era verdad– y obligando a que su caracterización dependiera de la resolución de un enigma. Toda una misión imposible: no es posible desentrañar un yo que ya no existe porque se ha ido diluyendo con el curso natural de la vida.

Las Disidencias en The Objective.

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Ilustraciones: Daniel Rosell