Antonio Machado describe en un par de versos de sus Proverbios y Cantares la diferencia entre la falsa cultura y la sabiduría: “Todo necio / confunde valor y precio”. Algo similar podríamos decir de quienes ahora cuestionan su obra con una lectura sectaria que aspira a borrar –por decreto– la cultura española en Cataluña. Acusar a Machado de ser hostil con los catalanes, manipulando sus opiniones en favor de la República, es como criticar a alguien por discrepar –civilizadamente– de sus semejantes. Un auténtico delirio que obvia los beneficios del intercambio cultural, que es el crisol que ha hecho a Cataluña tal como es: diversa. Machado entendía la cultura catalana como parte de la española –éste parece ser el pecado que no le perdonan sus inquisidores— y bebió sin problemas de algunas de sus fuentes para escribir su obra, donde se percibe la influencia de algunos de los mejores poetas y prosistas en catalán.
Literatura
Néstor Luján, ilustrado & hedonista
Para Sanz Irles, aviador acrobático.
A un hombre lo delatan sus vicios y lo definen sus pasiones. Néstor Luján, como cualquier enfant terrible, tenía dedicación plena las segundas y profesaba devoción entusiasta por los primeros. Solía decir que si no hubiera sido periodista le hubiera gustado pasar a la posteridad como lexicólogo. Estudió Románicas, claro. Las palabras le entusiasmaban casi tanto como los libros, a los que acogió en su biblioteca –la mejor hospitalidad empieza por uno mismo–, que acumuló casi 30.000 volúmenes, incluyendo las primeras ediciones que formaron parte de su singular lista de boda. Leía y escribía en tres idiomas –español, catalán y francés– y chapurreaba el gallego, aunque al elegir un seudónimo –Pickwick– optó por un personaje de Dickens. Nunca lo dijo así, pero lo suyo en realidad era la literatura comparada, que viene a ser lo mismo que decir universal. Podríamos calificarlo sin faltar a la verdad como un artista, pero él se definía a sí mismo como un artesano. Le gustaba divertirse con lo que hacía.
Democracia & dinamita
Cuando uno va a oír una conferencia, emulando a los escritores de antes camino del correspondiente ateneo o del casino provincial, se espera del ponente no tanto que diga algo original, sino que la perorata que se anuncia en los carteles sea perpetrada con talento y donosura. Los italianos lo expresan con una frase prodigiosa: se non è vero, è ben trovato. La oratoria, igual que la literatura, exige dotes retóricas. En el caso de Andrés Trapiello, escritor permanente y editor exquisito, ambas cuestiones -el fondo y la forma- se presuponen, pero esta mañana, en la segunda sesión del ciclo que Letras en Sevilla dedica a Chaves Nogales, tuvo la tentación, abortada por fortuna sobre la marcha, de resolver el envite leyendo en público un texto elaborado para una de las ediciones de Renacimiento, la casa de Abelardo Linares, ese sevillano raro que al cronista le ha obligado siempre a hacerle entrevistas vía mail, como si la agorafobia acaso no fuera un patología que hermana a los espíritus gemelos. Trapiello pretendía explicar así los motivos por los que la obra del periodista sevillano ha tardado tanto en volver a la vida, que en literatura significa tener el aprecio de los lectores.
Una crónica para elmundo.es
Chaves Nogales, levántate y anda
Un siglo después todo es igual y, al mismo tiempo, distinto. Manuel Chaves Nogales continúa fijando sus ojos en el infinito de la misma manera -mirada penetrante, ojos claros- que hace una centuria, cuando un 17 de octubre de 1917 dejaba atrás a la Sevilla pagada de sí misma, ese paraíso infernal, para buscar el aire fresco de la inteligencia lejos de los círculos endogámicos del Guadalquivir. Por delante tenía un brillante futuro y el aciago destino que incluiría una efímera república liberal, una cruenta guerra civil, dos exilios sucesivos en tierras extrañas y el infinito olvido de los cementerios, que en su caso duró cincuenta largos años. Más o menos hasta que llegó Maribel Cintas, filóloga, profesora de literatura de instituto y editora de su opera omnia, que esta mañana evocaba su vida secreta, una mezcla entre la biografía pública y la memoria íntima, en la primera conferencia del ciclo Letras en Sevilla de la Fundación Cajasol. Entre el auditorio estaban su hija, Pilar Chaves, y su nieto, Anthony.
Una crónica para elmundo.es.
Josep Pla, un ‘homenot’
Josep Pla, que irónicamente decía que no dominaba el castellano, esa lengua que tiende a construir frases muy largas que terminan “con forma de cola de pescado”, como le gustaba contar para captar la benevolencia ajena, que es la forma retórica de seducción más práctica que existe, es probablemente uno de los mejores prosistas en español del pasado siglo. Sólo se le acercan Baroja, Camba y Chaves Nogales, aunque el falso payés cosmopolita de Palafrugell citara siempre a Pérez de Ayala como ejemplo de buen escritor. Lo cierto y verdad es que frente al barroquismo adolescente y a la prosa de sonajero que tan buena prensa tuvo durante la Santa Transición, la apabullante opera omnia de Pla –30.000 páginas en 47 volúmenes publicados por Destino– ha resistido el paso del tiempo tan fresca como una lechuga recién recogida del huerto.
Las patrias infinitas de Azorín
Azorín, el seudónimo de José Martínez Ruiz, articulista y elogiado cronista parlamentario, ha pasado a la historia (de la literatura) por varias cosas: la creación del término Generación del 98, de considerable fortuna; la invención de una particular mitología castellana, destilada gracias al conocimiento de los clásicos españoles y a la fecunda subjetividad del paseante que viaja, y el paraguas rojo con el que –cuenta Manuel Vicent– se paseaba por Madrid. Menos conocida es, en cambio, su visión de las infinitas “naciones de España”, término con el que tituló una de las piezas más logradas del volumen de ensayos España clara (Doncel, 1966).
