Yo tenía diecinueve años, que, según Leonard Cohen, es la edad de los poetas aunque no hayan escrito todavía ni un maldito verso. Venía con las manos llenas de comas que no sabía dónde poner y una cabeza revuelta con los sueños que el tiempo ha ido desbaratando. Llegué solo. Me paré ante la puerta. Carmen me hizo pasar: “Sigue hasta el final, niño, que es donde está la redacción”. Dejé atrás el vestíbulo, enfilé el pasillo (breve) e irrumpí, con más inconsciencia que certeza, en una sala amplia y vacía, sujeta por columnas llenas de recortes y almanaques, donde un par de tipos se lanzaban papeles desde los escritorios. Tiraban a dar. Uno de ellos se había hecho un sombrero con el periódico y retaba al otro, algo más joven, para que colara el gurruño de papel en la papelera. Lo intentó: la bola de periódico rebotó en el borde y cayó al suelo.
Periodismo
La risa en los entierros
La vida es lo que te pasa por delante mientras haces el periódico. Un buen día el diario que siempre habías querido desaparece (aunque siga publicándose; esto ya es lo de menos) y te quedas solo, desnudo frente a la vida, tan ancha como ajena. Da cierto vértigo. Aunque mirándolo despacio, con sosiego, la inseguridad repentina nos regala una grata enseñanza: la existencia y la libertad valen bastante más que cualquier periódico. El problema, de cualquier forma, no es del mundo. Nunca lo es: el mundo siempre ha sido así. El problema sólo es de uno. De nadie más. Por otra parte, el pecado original resulta a todas luces imperdonable: no debe quererse como si fuera algo propio aquello que en realidad siempre fue ajeno. Es un lujo que uno no puede permitirse ni en el orden espiritual. Aunque sin experimentar por lo menos una sola vez en la vida este noble sentimiento no es posible construir nada perdurable. Puro. Auténtico. Mucho menos un diario, que debe ser el espejo de la realidad.
