Desde Tácito sabemos que existe una relación directa entre el grado de corrupción moral de una sociedad y la abundancia de sus leyes, esas pragmáticas sancionadas que, como advertía Don Quijote a Sancho, muy rara vez se aplican aunque se nos presenten como si fueran la solución de todos los males terrenales. Lo que mejor explica la identidad de España no es ninguna de nuestras banderas. Tampoco el sinfín de estampitas patrióticas que son las autonomías. Es la corrupción política que aflora por los cuatro puntos cardinales de la patria, incluidos los dos departamentos insulares. La corrupción es nuestro quebranto universal. El corazón de la política indígena. La gasolina que hace moverse al sistema. La única cuestión ecuménica que nos define. La cadena exacta que nos vincula.
Política
La Sevilla clasista
Uno de los peores rasgos de la ‘Sevilla Eterna’, que representa sólo a una parte mínima de la capital de la República Indígena, y además está llena de conversos, es su acusada tendencia al zafio clasismo de los bobos solemnes. Los monaguillos, prestos a satisfacer (en pandilla) los caprichos de los ‘ayatolás’ de la Muy Leal y Muy Noble, que ya sabemos que nunca ha sido lo primero ni tampoco es lo segundo, han declarado últimamente una guerra al turismo ‘low cost’ y, especialmente, a las despedidas de soltero. Un lance de altura. Ellos, que acuden todos los años al concierto de Año Nuevo en la ópera de Viena, consideran una vulgaridad que el personal decida autónomamente cómo divertirse. Y eso que en las fiestas rige la ley de la chirigota del Selu: «Quien la lleva, la entiende». Pero aquí, en Sevilla, el mejor cahíz que existe sobre la Tierra, no puede ser. No. Sería como desnaturalizar la ciudad (¿?), dejarla sin su ‘esencia’ (que es estrictamente suya), pervertirla. Sembrar la semilla del Anticristo.
La Noria del miércoles en elmundo.es
Los nihilistas sociales
Se atribuye a Wilde (Oscar) una célebre frase que advierte, con el moralismo propio de los grandes hedonistas irónicos, que hay que tener mucho cuidado con lo que se desea porque, a veces, termina haciéndose realidad. Los hombres somos esclavos de nuestros deseos más que víctimas de nuestros fracasos. Los primeros, con frecuencia, conducen irremediablemente a los segundos. No puede decirse exactamente lo mismo del camino inverso. En el sainete Cifuentes –el título académico falso, las múltiples negaciones bíblicas, el respaldo indecoroso de un PP en horas bajas y la vulgaridad extrema del final– lo más sorprendente no es la manera que la expresidenta de Madrid ha elegido para ascender a su cadalso político, sino la certeza, visible todo el tiempo en su rostro, de no ser realmente capaz de entender los motivos que aconsejaban consumar una dimisión honrosa antes de que llegara la destitución terminal.
Los Aguafuertes del lunes en Crónica Global.
Los falsos samaritanos
NOS escribe una lectora: «Estimado Sr. Mármol, le molesto para contarle lo que me ha pasado en una residencia de ancianos de Sevilla donde tengo ingresada a mi madre. Se trata de un centro concertado. La Junta, en 36 años de autonomía, apenas si tiene residencias públicas. Hace un año, tras pedir la dependencia, nos llegó una carta -somos tres hermanos; mi padre murió- dándonos 15 días para ingresarla en una residencia privada de La Rinconada. Si no hacíamos el ingreso en este plazo perdíamos la asistencia, así que la ingresamos sin información de cuáles son las obligaciones de la empresa a la que confiábamos la salud de nuestra madre. Intentamos averiguarlo en el servicio de atención al ciudadano de la delegación de Asuntos Sociales, donde sólo se atiende de 9 a 14 horas, descontando la hora larga del desayuno y los cursos de meditación. Tras esperar dos horas, una administrativa nos dijo que lo que teníamos que hacer era ingresarla sin más. Le preguntamos por la información que las residencias, según establece el reglamento, están obligadas a dar a todos los usuarios. Nos respondieron, riéndose, que si de verdad pensábamos que esas normas se cumplían».
Las Crónicas Indígenas del sábado en El Mundo.
La movida, tradición sevillana
Uno de los síntomas más evidentes de que ya estamos en la precampaña electoral de las municipales, que siempre comienza un año antes de las elecciones, es que nuestros munícipes, esos genios del conocimiento, vuelven a hablar de la famosa ‘movida’, que en Sevilla es un problema más antiguo que la momia de San Fernando. Decimos hablar por decir algo, porque de este simpático asunto se viene discutiendo desde hace más de treinta años sin que ningún alcalde, ni los sucesivos candidatos, hayan hecho nada más que eso: hablar mucho para después, llegados al poder o instalados a la oposición, olvidarse rápidamente del asunto.
