El verdadero desarrollo de una sociedad se mide por el número de bibliotecas. No hay más. Los gestores culturales, que son esos tipos que se dedican a organizar exposiciones, muestras, presentaciones y cosas, suelen medir su actividad en función de parámetros distintos, entre ellos el impacto en los medios, el porcentaje de subvención recibida, la facturación y, por supuesto, sus gustos personales y los de su pandilla. En Sevilla, ya saben, todo se mueve en círculos. La cultura indígena es una actividad gremial que exige elocuentes silencios, ilustres despistes y un estómago a prueba de sapos para no contar (de verdad) lo que pasa. Porque si lo cuentas, igual no vuelves a trabajar más. Dejan de sonreírte en los estrenos pensionados y no vuelves a pisar el Maestranza por la patilla. Así es la hermandad cultureta, cuyos más notables artistas viven -muy bien- de aparentar que son seres incomprendidos y profundos.
Sevilla
El iceberg del terror
El miedo es el lenguaje más universal que existe. No necesita palabras ni gramática. Basta con sentirlo. Tras los atentados yihadistas de Barcelona y Cambrils, que vuelven a situar a España en zona de guerra abierta, en Sevilla ha vuelto a evocarse el escalofrío colectivo de la última Semana Santa, rota por un miedo tan atávico como ficcional. El problema es que este pavor, por fortuna subjetivo, pueda convertirse cualquier día en cierto. El alcalde trata de evitarlo pidiendo calma: «Las administraciones se toman enormemente en serio la seguridad y los dispositivos policiales se refuerzan ante los grandes eventos». Queremos creerle, pero los indicios no casan exactamente con una afirmación tan categórica que, por otra parte, vincula la seguridad ciudadana exclusivamente a la Semana Santa y a la Feria, obviando que la ciudad va a tener que lidiar a partir de ahora con esta cuestión durante los 365 días al año.
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El Parnaso de Triana
Leemos en las gacetillas locales, que forman parte de nuestros divertimentos cotidianos -los extraordinarios, como comprenderán ustedes, no los vamos a contar aquí en público-, que la concejal encargada de Triana, el único barrio de Sevilla que se cree distinto a la capital de la República Indígena, siendo en realidad idéntico, está estudiando -seriamente, suponemos- una propuesta, vaya usted a saber de quién, aunque lo sospechamos, para crear en uno de sus benditos enclaves, tan elogiados por nuestros ‘poetas florales’, una especie de paseo de la fama dedicado «a sus hijos más ilustres». De entrada, no parece una denominación ‘inclusiva’, pero, como no somos de la policía lingüística del ‘susanato’, lo dejaremos pasar, aunque esperamos que no se repita; más que nada, por el porvenir político de la concejal del PSOE.
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La avaricia y la estampa
EL debate sobre la turismofobia -el fenómeno social de rechazo a los excesos derivados del turismo intensivo- es propio de las sociedades ricas o de los países muy pobres. Casi nunca sucede en los intermedios. La España oficial, que según las estadísticas no se encuentra precisamente en la primera división de la economía global, afronta este tema como si aún fuera próspera y pudiera permitirse que el 11% del PIB nacional entrase en recesión súbita. No es el caso. Ni podemos ni debemos consentirlo. Aunque el turismo no sea, al menos en el caso de Sevilla, una industria justa ni en lo laboral, ni en lo empresarial, ni en el aspecto ciudadano, sin él estaríamos bastante peor. Y seguiríamos como las sociedades mentalmente cerradas: culpando a los demás de los quebrantos cuyos causantes somos nosotros mismos.
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La ‘flânerie’ sevillana
El urbanismo, en Sevilla, va como un tiro. Es tan rápido que la vista del hombre común no alcanza a distinguir el extraordinario movimiento -la actividad, el desarrollo, la velocidad cuya poesía descubrieron con su canto a la máquina los futuristas italianos- del reposo. Aparentemente, no ocurre nada. Y, sin embargo, sucede. Ya lo creo que sucede. El equipo municipal que nos gobierna anunció este lunes, sin miedo a la canícula de agosto, y tras el tórrido mes de julio, que va a comenzar sin demora «los trámites para contratar un plan de accesibilidad universal». Trascendente, ¿verdad? Preguntamos en qué consiste la cosa. Nos explican que se trata de «un documento maestro» para analizar «las barreras que dificultan el movimiento de las personas y determinar prioridades para resolver este problema».
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