La cosa, en el fondo, no deja de tener gracia. Sobre todo porque ellos nos la presentan como una lacrimosa descomunal. Nuestros queridísimos costumbristas, que siguen dándonos motivos para abandonar el placer íntimo del silencio, andan estos días sumidos en una trágica contradicción. Digamos que padecen una profunda duda ontológica. How deep is your love? En español podríamos formularla así: cómo estar (y al mismo tiempo no estar) en contra de los veladores, esa marea infinita de mesas que ha convertido lo que antes llamábamos Sevilla en una ciudad-abrevadero. No se rían. Se trata de una cuestión seria, metafísica, teológica. Nuestros costumbristas, que aspiran a imponernos su particular canon de vida, su idea de Sevilla y sus traumas de la infancia –en pantalón corto, por supuesto–, hasta el momento eran firmes partidarios de eliminar los veladores de las calles.
Sevilla
La saga/fuga de las Atarazanas
Una de las patologías indígenas más intensas es el síndrome de la pandilla. Dícese de ese mal, tan frecuente entre algunos sevillanos, para los que el cuerpo familiar y núcleo de seres afines es una unidad de destino en lo universal, la forma suprema de articulación de intereses. En la República Meridional, desde los entierros a las cruzadas, pasando por las bodas, los bautizos, las comuniones, los quinarios, las funciones principales de instituto o hechos tan vulgares como pedir cita en el médico o ir un abogado, todo procura hacerse en comandita; gracias a los célebres contactos, que es una forma de autoafirmación tan divertida como insegura. Lo de menos es que estos consorcios (de intereses) tengan cohesión interna: los miembros de una pandilla de sevillanos, partidarios de cualquier cosa que les sirva para lucir sus aspiraciones de vanidad, pasarán por alto las cuestiones éticas y los argumentos racionales si ven que sus empresas cuentan con el sustento de la tribu. Esto explica muchos de los elementos cruzados que concurren en la interminable guerra de las Atarazanas, un conflicto donde lo que se dirime es una batalla –a muerte– entre los intereses de la tribu y el talento individual.
Borges, milonga de azul pálido
«Alto lo veo y cabal/Con el alma comedida/Capaz de no alzar la voz/Y de jugarse la vida». Jorge Luis Borges, anarquista spenceriano, escritor superlativo, un señor de porte británico que tuvo el buen gusto de nacer (involuntariamente, por supuesto) en el Buenos Aires de Almagro y Balvanera, escribió estos versos para la milonga -una pieza musical; toda una advertencia para los puristas que confunden la poesía con los libros- que dedicó a Jacinto Chiclana, un compadrito, el personaje de la orillas de la ciudad a la que canta en su primer poemario, salido de los talleres de la imprenta Serrantes en el lejano año de 1921. Trescientos ejemplares, edición de autor (pagada con sus ahorros), las páginas sin numerar e ilustración de su hermana Norah en cubierta. A Borges, entonces, sólo lo leían la familia, los amigos y los enemigos, que son los lectores más fieles que existen.
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El ‘fake’ de las Ciudades Magallánicas
- Dos exdirectivos de la Fundación Atarazanas registraron la entidad en favor de la Primera Vuelta al Mundo con unos estatutos ilegales no avalados por el Pleno del Ayuntamiento.
- Núñez y Crespo, en virtud de estos estatutos particulares, se nombraron socios numerarios, atribuyéndose la gestión económica de la Red, que recibe 144.000 euros de las arcas públicas.
- El gobierno de Espadas decide condicionar su permanencia en la asociación a una “reformulación” de los estatutos que elimine las atribuciones que ejercen Núñez y Crespo.
La Red de Ciudades Magallánicas, asociación constituida por las urbes que forman parte de la ruta de la Primera Vuelta al Mundo, es un fake. Un engaño. Un negocio particular cuyo interés público está desde hace meses en cuestión. El Pleno del Ayuntamiento de Sevilla, principal sostén institucional de esta entidad, discutirá mañana una propuesta de acuerdo del gobierno local merced al cual la capital hispalense, cuna de la gesta magallánica, supedita su permanencia dentro de esta institución a la modificación de sus estatutos, que, según un informe jurídico de la Secretaría Municipal, incurren en una clara contradicción con la ley de asociaciones. Es la salida jurídica que ha encontrado la Alcaldía para poner remedio, casi dos años después, a la estafa consentida por el anterior regidor, Juan Ignacio Zoido (PP), que decidió embarcar a Sevilla en este proyecto promovido a título particular, y con un evidente afán lucrativo, por dos de los expresidentes de la Fundación Atarazanas, José Manuel Núñez de la Fuente y Rafael Crespo, que se nombraron a sí mismos cargos ejecutivos permanentes de una entidad que recibe cada año un mínimo de 144.000 euros de las arcas públicas.
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Final de trayecto #2
Los adioses están sobrevalorados. Tienen demasiada buena prensa. Despedirse es un acto de vanidad más que una señal de buena educación, porque quien lo hace da por supuesto que al mundo -los demás- le interesa saber, y puede que incluso lamenten, nuestro tránsito o cambio de estado. Siempre he pensado lo contrario: al mundo le importa un higo lo que nos pase, si salimos o entramos, si escribimos con libertad o bajo el yugo de los señoritos de la marisma meridional. La vida gira todos los días. Todos. Con o sin nosotros. Unas veces estamos arriba, oteando el panorama desde las alturas; otras descendemos a la planta baja, donde debemos arrastrar los pies como almas en vela. La existencia es así: rotunda e ingrata. El tranvía de los sueños de juventud se detiene siempre en la misma esquina secundaria y, cuando te bajas, descubres que envejecer consiste en seguir el trayecto a pie, en dirección hacia un horizonte que no termina de llegar nunca.
La Noria del sábado en El Mundo.
