La peña anarquista zamorana está de luto. Se ha muerto el maestro. El último sabio. Su deceso significa que el polen de la semilla subversiva, en este caso fruto de la cultura y de la pedagogía, disciplinas que siempre hablan en son de paz, buscando convencer en lugar de imponer, no volverá a soplar nunca más desde las maravillosas peñas de la menor de las ciudades de Castilla la Vieja.
Disidencias
Fuentes, mural mexicano
Los obituarios últimamente se han convertido (casi) en el único género posible de la crónica literaria, redundancia expresiva y, en este caso, pertinente si hablamos de metaliteratura: aquella que trata de los demonios ocultos que se esconden bajo de los libros. En lugar de descubrirnos los aciertos de la narración, la singular visión del escritor, la técnica utilizada o el mensaje de los libros, los periódicos, en los que ya no se escribe desde hace tiempo la prosa deslumbrante de hace algunas décadas, señal quizás de que por eso se van a ir muriendo poco a poco, se han llenado durante los últimos días de mayo con los réquiems de ocasión –unos magníficos, otros hechos para salir del trance– por el deceso (repentino, como casi todos) de Carlos Fuentes, uno de los grandes escritores mexicanos canónicos. Un hombre de la estirpe de Alfonso Reyes (ensayista deslumbrante), Octavio Paz (el demiurgo tranquilo) o Mariano de Azuela, a cuyo nieto, Francisco, conocí brevemente (por suerte para ambos) en una memorable noche de parranda y alcohol, llena de mezcal y tequila servido primero en los sillones de tercipelo de las boites de los hoteles de lujo y después en las cantinas más infectas de Guanajuato, trasunto de paraíso en la Nueva España. Noche tenebrosa y memorable que pasamos hablando de la revolución. Mexicana, por supuesto.
Nueva York, las huellas robadas
Las brújulas nos engañan. Los puntos cardinales mudan de sitio y lugar. Depende de dónde estés exactamente y, sobre todo, del tiempo. De la relatividad. Por eso los espacios que hoy nos parecen el centro del orbe, el lugar donde se concentran las fuerzas telúricas del mundo moderno, pueden estar, o haber sido, apenas un sucio paraje lleno de rocas, agua y vegetación triste. Ante tal descubrimiento nos sucede como a Borges con la ciudad de Buenos Aires: “A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: la juzgo tan eterna como el agua y el aire”. A Nueva York le pasa algo parecido. Nos parece que siempre estuvo ahí, en el Noreste del continente americano, rotunda y eterna. Y sin embargo hubo un tiempo en el que aquella isla, donde después se han ido cruzado buena parte de las historias, grandes y pequeñas, que explican el pasado siglo XX, fue un yermo paisaje azotado por un viento tosco, duro, sin perspectivas.
La forja secreta del diablo
“No temo nada ni quiero nada». Las renuncias nos convierten en seres indestructibles. Hunter S. Thompson (Louisville, Kentucky, 1937-Woody Creek, Colorado, 2005) escribió esto a una amiga en 1958. Empezaba a ser consciente de la dureza del oficio de escritor, que entonces se diferenciaba muy poco del periodismo. Ambos consisten en lo mismo: sentarse ante el folio y dejar que fluya el interior. Si tienes talento serás una referencia. Pero si sólo eres “un cagatintas” puedes ir y apuntarte al club de los rotarios, uno de los poderes fácticos que, según él, condicionaban el periodismo norteamericano. La suya siempre fue una senda alternativa, mayormente tremendista.
Baltimore: el final del sueño americano
Lo primero que hay que hacer, si se quiere sobrevivir, es aprender a pisar el suelo que está bajo tus pies. Patear las calles. Mirar correctamente hacia determinadas esquinas oscuras. Todo lo demás viene solo: ver, escuchar, ser capaz de reproducir con cierto grado de verosimilitud la vida real –cazar al vuelo algunos diálogos, revivir ciertas puestas en escena, experimentar algunos desengaños– y esperar. Sobre todo esperar. Todo el rato. El tiempo y los detalles secundarios son los que dan solidez a los buenos relatos. Si el periodismo, este oficio tan noble y tan en cuestión, tiene algún futuro no está ya –quizás– en los diarios impresos, ni siquiera en las tabletas tecnológicas que nos vende Steve Jobs. Está en los libros. Un formato secular –los hijos de Gutenberg– que todavía es perfecto. E imbatible.
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