El tono es confesional. Sincero. “Me resulta difícil encontrar héroes a estas alturas, así que tengo que crear mi propio héroe: yo mismo”. La escritura lírica y obstinadamente autobiográfica, desprovista de aderezos, de Charles Henry Bukowski Jr (Andernach; 1920-Los Ángeles; 1994) ha resistido el paso del tiempo –empezó a escribir en los lejanos años cuarenta; hace casi siete décadas– con una energía que sólo es comparable a la de los clásicos prematuros. Aquellos que lo son mucho antes de que casi nadie les otorgue dicha condición. Esta fortaleza es la mejor muestra de que, en la tarea autoimpuesta de configurar a su propio personaje, de crear un asidero al que poder agarrarse, el escritor norteamericano logró una enorme victoria: articular un alias –él mismo– suficientemente consistente para superar, al menos de forma aparente, el generoso alud de traumas con los que creció y se educó en los duros años de la depresión económica en Los Ángeles, donde tienen sede algunas de las numerosas embajadas del reverso del sueño americano, convertido hace tiempo en pesadilla.
Disidencias
Las edades sucesivas de MVM
Los periodistas somos como los trapecistas: hijos de lo efímero, además de (según algunos) resultado directo de otras maternidades no siempre nobles. A decir verdad, en este oficio existen dos estirpes: la de quienes no dejan jamás de jugar sobre la fragilidad del alambre –el buen periodismo requiere una extraña mezcla de prudencia y riesgo, sobre todo en tu propia casa– y aquellos que antes de poner una letra delante de otra prefieren curarse en salud y caminar por el sendero convenido, tan ajeno como inofensivo. Por si acaso. Manuel Vázquez Montalbán (Barcelona 1939-Bangkok 2003) era de los primeros. Y procuró a lo largo de su dilatada trayectoria –cuatro décadas estuvo escribiendo en prensa– no llegar nunca a parecerse a los segundos, a los que quizás otorgarles la condición de periodistas sea un acto de benevolencia.
Fouché: la política como asesinato
Fue uno de los políticos más insultados. Y, quizás justo por eso, de los más hábiles a la hora de usar las cartas a su disposición en el juego, siempre voluble, del poder. Nadie neutro puede ser objeto de tan intensa crueldad ajena. En política, igual que en la vida, sólo se odia con verdadera dedicación a aquellos capaces de quebrar la imagen que uno ha construido sobre sí mismo, aunque el procedimiento consista en poner un espejo delante del propio rostro. Ante determinadas personalidades, no existe peor afrenta.
Tipos honestos en tiempos mezquinos
Hay héroes destinados a ocupar un pedestal. Y otros que jamás disfrutarán de reconocimiento alguno, salvo que se trate de la fría medalla del olvido. Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897) fue uno de ellos. Sólo era un periodista. Sevillano cosmopolita, además. Dedicó toda su vida a una cosa: ejercer su oficio sin otra cortapisa que la que en cada momento le dictaba su conciencia. Pagó por su elección personal todos los precios posibles: zancadillas, menosprecio, violencia, exilio y ese purgatorio que podríamos llamar el vacío de la posteridad. Quizás por eso entendiera tan bien el sentido del honor de otros personajes que, en medio del marasmo de la Guerra Civil, sin reparar demasiado en las cuestiones ideológicas, que en las trincheras pasan pronto a un segundo plano (la cuestión esencial se reduce entonces a tratar de sobrevivir a la locura), intentaron hacer lo mismo que él: cumplir con lo que estimaban que era su obligación. Nada más. Nada menos.
Gestas y naufragios de un periodista
“Acabaremos en alguna buhardilla pobre de una callejuela de París.
Las cosas pintan mal. Los conservadores y los reaccionarios van ganando terreno.
Los comunistas, en cambio, están deseando dar un golpe al estilo ruso”.
–“Pues yo estaba en la higuera, sin enterarme”.
–“Amigo, no nos permitirán estar en la higuera.
Tendremos que salir corriendo a meternos en algún rincón de París… si nos dejan».
[Memorias de Pío Baroja].
No fue en una callejuela húmeda de Francia, sino en Londres. Un dolor que llegó de improviso fue el mensajero. Inflamación en el estómago. Peritonitis. Sarcoma. Telón negro. Final. El periodista Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897) murió solo en la capital británica. Desde allí trataba de hacer lo que cualquier periodista hace cuando se queda sin su periódico, que en realidad nunca es suyo: intentar seguir escribiendo en cualquier otro. Aunque sea en una hoja volandera.“Estoy bien: trabajo mucho y con poco fruto”, decía a su familia, enterrada en vida en El Ronquillo durante los años del hambre y la dictadura; una odisea –la de su mujer, sus hijos– que no pudo escribir y que amargó sus últimas horas. Repárese en la elección de la conjunción: copulativa, no adversativa.
Tenía 47 años cuando la pálida dama fue en su busca. Ya era premio Mariano de Cavia. Había escrito en cuatro grandes periódicos. Había publicado libros magistrales. Había viajado en avión cuando los aeroplanos no siempre llegaban, por Europa y la Unión Soviética. Estuvo también en Ifni. Buceó en los dos grandes totalitarismos de su época –fascismo y comunismo ruso; a ambos los sufrió por igual–, vio arder Asturias antes del inicio de la Guerra Civil y le tocó contar el derrumbe de la República liberal, burguesa y laica que soñó como un destino posible. Todos estos méritos no le sirvieron de nada. Cuando en noviembre de 1936 dejó Madrid tras ser despedido por el comité obrero que entonces controlaba su periódico –enorme paradoja ésta: obreros despidiendo a periodistas, tan obreros como ellos– tuvo que empezar desde cero, como un becario. Escribiendo a la pieza. Redactando discursos para los cónsules hispanoamericanos a cambio de que, con magro éxito, éstos intercedieran ante los diarios ultramarinos para que pagaran a tiempo, antes de que el hambre convirtiera el estómago en un agujero, sus míseras colaboraciones. El periodismo, ese oficio tan infame.
Los periodistas somos tipos raros. Gente molesta. No creemos en nada ni en nadie. Salvo en una cosa: el periodismo. Por tanto, cuando la noria interior que hace girar nuestra vida se quiebra, nos falta el aire. Nos quedamos sin oxígeno. Nos ahogamos. Morimos o nos dejamos morir. Igual da. Quizás por eso, como le pasó a Chaves Nogales, antes o después vivimos el día en el que el periódico se muere. Aunque siga publicándose. A Chaves Nogales, cuyo avatar biográfico compendia en El oficio de contar (Fundación Lara) María Isabel Cintas, la gran especialista en su obra, a quien debemos la recuperación post mortem del mejor periodista sevillano que vieron los tiempos pasados y –de esto estoy seguro– esperan ver los venideros, lo expulsaron del periódico que fue su mayor gesta –el madrileño Ahora– por no querer ejercer su puesto de subdirector. ¿Un periodista abandonando el timón de la nave a la deriva que siempre es un diario? A la fuerza ahorcan.
En el caso de Chaves Nogales existían indicios de que, de una u otra forma, estaba condenado de antemano. Su delito: ser ecuánime en un momento en el que esta actitud era, como es todavía hoy, un pecado mortal. No es broma. Entonces te mataban por “ser leal con el periódico sin dejar de serlo contigo mismo”. Chaves Nogales comenzó a incordiar a muchos con lo que escribía sobre su ciudad, Sevilla, a la que retrató en las hermosísimas crónicas de La ciudad. No hizo otra cosa que andar y contar –así definía el periodismo– y dignificar una profesión que entonces, igual que en este presente agrio, suele caer presa del servilismo político.
Hijo del cuerpo (Chaves Rey, su padre, fue miembro de El Liberal y cronista municipal, aunque de tal título no obtuvo más que las ingratitudes de una ciudad ingrata), empezó colaborando con cándidas poesías juveniles. Desde abajo. Se fue de Sevilla al reparar que la ciudad prefería ser una reliquia postrada sobre un pasado estéril en lugar de caminar al compás de Europa –algunos no le perdonaron su visión crítica: su esquela fue censurada en el diario Abc–, abandonando así cualquier posibilidad de dar voz a la Sevilla cosmopolita que todavía existe, aunque no se haga notar en exceso. Tras un tiempo en Córdoba –La Voz– terminó en Madrid. Primero en El Heraldo y después en la casa desaparecida: Ahora. En ambos diarios y en Estampa –una revista donde hacía nuevo periodismo casi un siglo antes de que Tom Wolfe y Norman Mailer enviaran sus crónicas a Rolling Stone– nacieron los pilares que sostienen su obra, donde habla de sí mismo dando la voz a otros –uno es periodista por su mirada: la mirada nace del temperamento– y aquilata un sistema propio de trabajo –el periodismo siempre es un método– que ha conseguido que sus artículos sobrevivan al paso del tiempo, el único señor.
Hoy es el mejor prosista español, junto a Baroja, Josep Pla y Julio Camba, de la primera mitad del pasado siglo. Toda una gesta. Sobre todo para un niño nacido en Dueñas, calle triste y silenciosa, cuya única recompensa fue una tumba sin nombre en el cementerio británico de Fulham, en Richmond Kew. Diez días después de su muerte, Franco lo condenaba “por masón y rojo”. Última broma macabra en contra de un hombre capaz de presentir su propio destino sin dejar por eso de caminar. Lo suyo era cuestión de estilo. Chaves podía escribirle una carta a Unamuno sólo para pedirle permiso para alterar el adjetivo de un artículo con el fin de lograr que el periódico fuera coherente, perfecto. Demostró que Sevilla no está condenada al periodismo chusco del costumbrismo.
“En su cabeza no había bajas pasiones, sólo análisis”, dice uno de sus hijos. Rara avis en la tierra donde Manuel Fal Conde, líder de los tradicionalistas, había gritado: “El que obedece no se equivoca nunca”. Chaves erraba a diario, en cada línea. Le costó caro. Hizo lo mismo que Belmonte –la biografía que le escribió es colosal–: seguir su propio camino, solo, con su esfuerzo personal, en un mundo radicalizado, tan preso del sectarismo como de la endogamia de los linajes. Se entiende al leer su gran obra maestra: el prólogo de A sangre y fuego. “Un hombre como yo, por insignificante que fuese, había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros”. Quizás justo por esto, por no tener a nadie jamás contento, los periodistas, que debemos ser independientes pero no neutrales, porque la realidad nunca es neutral, siendo tan poca cosa, somos tan necesarios. O, al menos, lo éramos. Hasta ahora.
Artículo publicado en Diario de Sevilla
[21 Octubre 2011]

