No existe, salvo milagros contados, libro, periódico, revista o publicación impresa sin su ración de erratas. Los malpensados creen que son las hijas de la torpeza del escritor, errores de escritura del arriba firmante. No les falta algo razón, aunque sea sólo una parte de todas las causas posibles. Las erratas son consecuencia de una transcripción apresurada, de reescrituras que empeoran lo ya escrito, el fruto agrio de las habituales confusiones ante la máquina de escribir que llamamos ordenador. Son como las heridas que llevan los libros en la piel. Cicatrizan cuando el lector es piadoso. Cuando no nos da este gusto se vuelven costurones en la mejilla de un libro, al que arruinan el rostro, la imagen, la carrera –si es que los libros todavía van a alguna parte– y cualquier estimación posible.
Disidencias
Barojiana (obituario sostenido)
La muerte de un gran escritor es la excusa perfecta para escribir sobre literatura. Sirve, por ejemplo, para darse golpes en el pecho. Y también permite, en caso de necesidad, revolcarse en la arena de una playa desconocida lanzando carcajadas. Reírse de la muerte, igual que de tantas otras cosas de la vida, es una costumbre saludable. Incluso aunque sea en el último instante. Otros, en semejante trance, prefieren blasfemar. La elección individual la determina el carácter. Supongo que la última aspiración de un escribano difunto debe ser burlarse de su propio deceso. Sobre todo cuando tu obra se ha convertido en el abono del árbol muerto que servirá para que crezca otro. No se puede dejar mejor herencia: prolongar la condena –que también es paraíso– de la escritura en los demás.
Plagas de langosta
Un antiguo son cubano, en un derroche de machismo caribeño, dice que las mujeres son como las gallinas: cuando su gallo se muere a cualquier pollo se arriman. La sentencia es tan injusta con el sexo femenino como ingeniosa, pero no sólo es aplicable al caso concreto de las viudas –y viudos–, sino a otros muchos tipos de relaciones, no siempre sentimentales o carnales. Entre los críticos y los escritores, sin ir más lejos, casa a la perfección. Estos días anda el gallinero de las letras disperso discutiendo si el tiempo terminará dando más importancia a determinadas obras literarias o prevalecerá el juicio –siempre censor, lo cual no quiere decir que sea malo– de los analistas de los grandes periódicos. Como toda controversia, este intercambio de pareceres tiene bastante de sano –la unanimidad es mucho más preocupante– pero también de estúpido. El tiempo no va a salvar a nadie.
Sísifo sin esmoquin
El calendario oficial destina varios días al asunto de los premios literarios. No se habla de otra cosa en la República de las Letras. De nuevo perdiendo el tiempo. Debe ser inevitable o una suerte de obligación absurda, pero el caso es que el foco del universo literario (local, que no es universo alguno) anda ocupado con el laurel y los galardones, en vez de con los libros. Todo es vanidad en el mundo, al fin y al cabo. La epidemia no obedece sólo al premio planetario –cuya dotación es inversamente proporcional a su calidad–, sino a la designación oficial del preboste de turno para la cita del Nobel, premio del que se han escrito demasiadas cosas, por lo general arbitrarias. Que a uno le den el Nobel viene a ser, según la mayoría de los análisis, como entrar en el Parnaso. Uno siempre ha pensado que el paraíso (de las letras) reside lejos de Estocolmo: las páginas de las obras de nuestro canon particular, propio, individual. El espacio del lector.
Polifonía y nostalgia
Las sequías son una maldición, incluidas las literarias. De todas las ausencias que hoy día se sufren la más terrible es la falta de agua, que en términos vitales es equiparable –en el campo del arte– a la incapacidad creativa. Carecer de agua es para echarse a temblar, lo mismo que la falta de entusiasmo frente al folio en blanco, esa tristeza de las alacenas vacías. Los filósofos orientales decían que la vida se complica si uno se la toma con impaciencia endémica y no aprende a estarse quieto. Puede que tengan razón, pero darles gusto nos resulta imposible: somos hijos del descontento y de su hermana gemela, la utopía. En la metafísica moderna –que no es metafísica– la cosa consiste en elegir un bando: o eres o tienes. No hay más. Algunos tienen bastante pero no son nada. Otros carecen de todo y son mucho, casi demasiado. Quienes aprenden a tenerse a sí mismos –cosa que consiste en saber decir no– van teniendo algo.
