Alternar poesía y prosa en un mismo libro es –dicen algunos– un suicidio. Julio Cortázar, por tanto, debió ser un tipo con vocación de difunto que insistía en buscar el fondo del abismo, porque nunca dejó de hacerlo. En uno de sus textos menos conocidos –Salvo el crepúsculo– mezcla ambos códigos y, como acostumbra, sale triunfante, sin aparentar esfuerzo alguno. Advertencia rápida para osados: no es un libro fácil. Cortázar no ha sido nunca un escritor de mayorías: es amable con sus lectores pero los obliga a ascender una montaña por un itinerario que nunca es la línea recta. Las digresiones le sirven para demostrar su extraordinario domino del lenguaje –del acervo, como le llaman en el Río de la Plata– y ensayar el pulso sin límites con el que escribió hasta que una leucemia provocada por una transfusión equivocada nos dejó sin él y sin el frenillo con el que hablaba en el mismo francés de Baudelaire, traductor de su admiradísimo Poe, a quien también interpretó a su manera.
Disidencias
Libros de estío
Los estíos de infancia y espiga, aquellos veranos rurales de nuestros abuelos –quien tuviera abuelos rurales me comprenderá; en las ciudades estas cosas son algo distintas–, solían ser generosos en dos cosas: calor y lecturas. Los libros cumplían una misión terapéutica similar a la de un ventilador encendido durante las tardes de látigo soleado: servían para distraer, aprender y refrescaban un ambiente que a ratos parecía mineral y otras se sentía plomizo, pesado, inmisericorde.
‘Bon voyage’
Todo viaje es iniciático. Se busca algo, se huye de algo o de alguien, se pone la proa rumbo a algún sitio, en apariencia geográfico, pero que en realidad termina siendo un destino sentimental. La odisea de viajar consiste en esto: ir adonde no se sabe cómo son las cosas con la esperanza fútil de que sean mejores que el sitio justo donde pisamos. Este proceso, que transforma nuestra identidad, enriqueciéndola, es exclusivo de los verdaderos viajes y ajeno a sus simulacros: excursiones, expediciones a la carta y el resto de variantes del turismo industrial, donde se viaja en horda o en comandita.
Pliego de descargo
Los periodistas gastamos tanto tiempo contando lo que le ocurre a la gente, a otra gente, incluidos los políticos y otros seres sin importancia, que rara vez tenemos tiempo para contar lo que nos pasa a nosotros. La frase parece exacta. Se podría decir, se dice, de hecho, que contar nuestra vida no es, en realidad, nuestro oficio, que nuestra función social es ser objetivos –la utopía de los que se fingen neutrales, sin serlo–, unos meros notarios de la realidad pedestre. Esto viene a ser algo así como confundir la burocracia con la literatura y la cobardía con el sentido común. Aunque una cosa sí es aproximada: nuestro pecado de origen es degenerar, en ocasiones, hacia mundos excesivamente líricos, personales.
Lecturas para minutos
Herman Hesse, el autor de El lobo estepario, obra cuya adoración está tan extendida como justificada, sobre todo entre quienes nos consideramos miembros de la nutrida legión de los solitarios atávicos, tiene un libro, aparentemente menor, que en su momento compuso con un título descriptivo: Lecturas para minutos. Contenía una serie de reflexiones breves en las que el ingenio, el pensamiento sintético y la hondura filosófica reinan en minifundios verbales. Alianza Editorial las reunió hace unos años en su estupenda colección de bolsillo.
