Una frase, a veces, dice más que un libro entero. Entonces sabemos, sin dudarlo, que estamos ante literatura fragmentaria: la que se construye con los ladrillos que Ramón Gómez de la Serna denominó greguerías, Sánchez Ferlosio, pecios y Cioran, nuestro suicida de cabecera, que no murió de suicidio, sino de la miseria de los viejos, aforismos. Hay quien cree que esta literatura es fruto de la pereza y quien, por contra, sostiene que se trata de una división sólo apta para los verdaderos genios, frutos de un talento que no requiere ni ensayos ni moldes ortodoxos para poder explicarse.
Disidencias
Literaturas de arte menor
La estrecha mirada con la que los estudiosos compendian la literatura de nuestros días, ya sea mediante antologías o agrupamientos varios nacidos al calor de alguna firma editorial, deja siempre fuera de juego a los que denominan géneros menores, esos libros en los que los críticos no encuentran materia suficiente de glosa y relegan bajo el argumento de que sólo son literatura de consumo, superficial; caprichos narrativos en los que la estética no se encuentra escondida tras metáforas imposibles o misteriosos personajes a los que poder analizar con lucimiento personal. Suelen ser éstos libros en los que las cosas están bastante claras. No hay simulacros. Son relatos de una simpleza rotunda que versan sobre asesinatos, amores, violaciones, desengaños, ajustes de cuentas; crudeza vital, en definitiva. Muchos de ellos son literatura negra.
El suicidio de la adolescencia
El nombre de Cesare Pavese (San Stefano, 1908; Turín, 1950) está escrito con letras mayúsculas en el libro de los suicidas insignes, que es el volumen que agrupa a esos cobardes que han tenido el suficiente valor de quitarse la vida y cruzar la laguna Estigia sin los visados oficiales, que sólo se conceden si la muerte es por causa natural, debida a un asesinato, por accidente o fruto del descuido a la hora de andar por las malas tierras, que uno nunca sabe –ni sabrá– cómo ni cuándo llegará el término de los días sucesivos.
La soledad del levantador de pesas
El calor de los últimos días, comienzo de un estío odiado, nos ha traído a un filósofo muerto: E.M. Cioran, el escritor del pesimismo, el escéptico más despeinado de cuantos quedaban por los diáfanos y esperanzadores bulevares de París, ciudad de vinos y naranjas, de esparto y romanticismo, condenada a ir vaciándose poco a poco, descargándose casi, de todos aquellos malditos que un día la eligieron para vivir. Y para morir. París se vacía de sus personajes y sus mitos como las mujeres acuden a la ducha: con indudable estilo. Bañarse es saludable, pero también supone desprenderse de una parte de lo que somos. La modernidad mal entendida no gusta de los genios despeinados y, menos, de los escritores fracasados. Ya lo dijo Dylan: “No hay éxito como el fracaso; y el fracaso no es ningún éxito en absoluto”. Paradojas: Cioran representó la estética del fracaso, que no es estética en absoluto. Sólo fracaso, hambre y barba de cinco días. Es el último difunto. Uno más de los que se nos han ido este año, tan cruel con la creación concebida en términos opuestos al mercado. La originalidad en estos tiempos no cuenta si no se transforma en transacción.
¿Cuándo dejamos de divertirnos?
Los sesudos escriben. Los aburridos escriben. Los genios y los aprendices escriben; lo hacen quienes prometen y los que, por mucho que ellos se las prometan muy felices, no tienen nada que hacer. El problema es: todo el mundo escribe. O por ser más exactos: demasiados redactan creyendo que escriben. Ya casi no se diferencia la ganga de la mena, la literatura de la escritura mecánica, procedimiento que consiste en poner una palabra detrás de la otra, sin más. Vivimos en los extremos: de la literatura puramente comercial, funcional, de consumo rápido, pasamos, sin término medio, a la escritura de alambrada, donde para abrirse camino uno debe encontrar la luz en la oscuridad con un esfuerzo estéril, obras escritas para uno mismo y los amigos de la capilla.
